(A Carmen Pedraza con el amor del espacio y el tiempo que nos tocó compartir)

Tiempo para soñar, para luchar, para celebrar o llorar. Tiempo plácido o alborotado…Infernal.

El tiempo tienen tantas dimensiones subjetivas y objetivas, que es esa categoría abstracta que cada uno interpreta según las circunstancias o el entorno en el que vive.

Es una referencia en el transcurso de los días o las noches, de las estaciones, o ese elemento necesario para que alguien pueda analizar o dimensionar los acontecimientos de su vida. Esta es la acepción del tiempo que me interesa, porque a pesar de que él ha tatuado en mi cuerpo una morfología determinada, unas arrugas concretas, un color predominante en mi pelo; el tiempo ha conseguido que detenga la prisa de lo cotidiano para mirar con interés lo que me rodea.

Nacer para crecer

Contemplar a la infancia es revelador. Esa recién estrenada inocencia, esa falta de filtros sociales que consiguen que ellos y ellas sean espontáneos o carentes de rubor ante sus actos te hacen creer, que cuando no estamos mediatizados sólo buscamos sobrevivir en nuestro medio de la mejor forma posible: que nos alimenten, que nos protejan, que nos den afectividad, que cuiden de nuestro bienestar físico; es el principal afán de esta etapa que sólo persigue crecer para continuar la misión de nuestra especie. Somos como cualquier ser vivo que intenta desarrollarse en un universo que no nos pidió permiso para estar.

Crecer para aprender

Después llega la adolescencia con todas sus contradicciones. Pertenecer a la raza humana es más difícil que ser integrante del mundo mineral o vegetal. Nos hacemos preguntas constantes acerca de nuestra existencia. Preguntas sobre aquello que nos sirve o nos aleja de nuestra naturaleza primitiva. La adolescencia es como un choque de trenes entre nuestra supervivencia y la razón consciente de la misma: ¿Qué somos y para qué somos?

Vamos tomando nota, pensando que nuestra naturaleza es más compleja que la de una planta o un mineral. Aunque tengamos el mismo ciclo vital, hay algo que nos diferencia de ellas.

Son la razón y las emociones, es la búsqueda incansable de un sentido de utilidad y trascendencia, ya que somos incapaces de comprender que esa capacidad de raciocinio de la que hemos sido dotados, sólo sirva para perpetuar una especie que tiende a la autodestrucción.

Aprender para ser

Llegamos a una etapa imprecisa en la que el recuerdo del origen es lejano y la rebeldía de la adolescencia se apacigua ante las continuas evidencias de que no es el mundo el que se va a adaptar a ti, sino tú al mundo. En la que comienzas a atisbar que únicamente tenemos sentido si es para aportar algo a lo que ya existe: que tu paso por este universo sea significativo para ti y para los que te rodean, que amarte y amar es el mayor valor que vas a conseguir en este devenir humano; ya que todo lo que daña tiende al olvido por puro mecanismo de defensa.

El mejor aprendizaje que entiendo es la afirmación de uno mismo en el espacio o el tiempo que nos ha tocado vivir, haciendo que tu vida y la de los que te rodean sea mejor, porque tú lo has hecho posible.

Ser para compartir

…Y si llegados a ese momento en el que el tiempo te ha dado la oportunidad de pasar por todas las etapas o fases, en las que nuestra capacidad de pensar o de sentir nos pusieran frente al espejo y nos preguntaran: ¿para qué has cruzado este desierto? Y te dieras cuenta de que lo has cruzado para caminar con otros, para sentir con otros, para compartir el pan y el vino que nuestras manos elaboraron por el simple placer de ver reír o llorar a otros en las mismas circunstancias que tú lloras o ríes, por sentirnos identificados con nuestros semejantes.

Sólo porque formas parte de algo más importante que tú mismo.

Carmen Zurera Maestre

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