Diego Igeño
No soy lo que quise ser, no tengo lo que quise tener, no vivo lo que quise vivir, tampoco sueño lo que quise soñar. No estoy donde quise estar, ni siento lo que quise sentir. Y, a pesar de todo ello, soy feliz.
Porque me rodeo de la gente que quiero que me rodeen y me resbala tanta mala persona como he hallado en mi camino, porque pienso aquello que quiero pensar –y lo expreso, mal que pese-, porque me gusta lo que siempre me gustó (un buen libro, una buena canción, una buena tertulia con los amigos…), porque te encontré a ti entre tantas y además me regalaste a ellas, porque de todas las maneras de vivir he asumido con elegancia la que tengo y porque mi mente sigue siendo consciente de todo lo que soy y he vivido.
Por eso, por ser consciente aún, me doy cuenta de tantos y tantos nombres que formaron parte de nuestra cotidianidad y que hace mucho que transitaron hacia el otro lado. Todos ellos conformaron un ramillete de holas y adioses, de tiempos compartidos o simplemente de instantes fugaces al haberse cruzado con nosotros en algún momento por las calles del pueblo. Al ir cumpliendo años, te das cuentas de que los que se fueron son legión. Sin embargo, de vez en cuando vuelven a tu cabeza. El detonante puede ser cualquiera: una foto antigua (que cada vez me gustan más), una conversación nostálgica con los “colegas”, de esas que comienzan con “¿te acuerdas de…?”, un sueño incluso. Entonces empiezan a surgir, como figuras espectrales, las imágenes de los que ya no están. Hoy, ocioso, mi mente ha vagado y se ha encontrado con una galería de personajes inolvidables que formaron parte de nuestras vivencias infantiles y juveniles. La de quien amenazó con una pistolita de juguete a José Luis Perales al punto de ponerlo lívido, la de quien con su voz ronca, su cigarrillo en la boca y su cubata en la mano formó parte del atrezzo del “Chaplin” y otros muchos bares de Aguilar, la del que iba por las calles haciendo sonar continuamente la calderilla de su bolsillo, la de aquel otro a quien le gustaba gritar a pleno pulmón “viva mi Córdoba bueno”, la del que se erigía en improvisado guardia de circulación en todos los cruces; la de ese, cuyo recuerdo está tintado del blanco y negro del lejano pasado, que provocaba la hilaridad de la chiquillería rematando la conversación con la retahíla “arre hijo pu, hijo pu, hijo pu”. Había también quien soñaba con magnas proezas inexistentes mientras te escudriñaba con sus pequeños y vivos ojillos y las compartía con quien quisiera oírlas, o el que imaginaba mundos poblados por el “alma de los bichos”. Me enternezco cuando rememoro aquel amor otoñal que tanto dio que hablar a un pueblo desocupado. Ahora lo evoco todo con el mayor de los respetos. La pátina del tiempo ha provocado esa visión algo romántica y edulcorada de aquello y mi deseo de compartir ese recuerdo con todos los lectores.

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