Diego Igeño
Es uno de los versos del himno “Gaudeamus igitur” que me hace reflexionar sobre el último capítulo que muchos estamos viviendo, condicionando nuestra biografía, y que nos lleva a la percepción de que los de nuestra quinta nos hemos convertido en una generación sándwich que a estas alturas está atrapada entre una más joven (los hijos), cada vez más lejana, y otra mayor (los padres) que ya intuimos a la vuelta de la esquina.
La visión diaria de la senectud nos hace pensar en cuestiones diversas. Una de ellas es la de si realmente vale la pena que nuestra esperanza de vida crezca y crezca -aunque precisamente ahora por culpa del covid asistimos a un descenso inédito en años- cuando ese crecimiento, desgraciadamente cada vez con más frecuencia, no siempre va acompañado ni de calidad por causa de un deterioro físico importante, ni de la propia conciencia de ser perdida entre los vericuetos del alzhéimer y la demencia senil. Con estos mimbres, ¿viene a cuento asumir aquella frase que le leíamos a Mafalda hace tiempo “si vivir es durar prefiero una canción de los Beatles a un Long Play de los Boston Top”? La respuesta la dejo al criterio de todos ustedes, si bien les transmito una opinión recabada: un vecino del “triángulo de la vida”, donde se domicilian tres casos de longevidad, me decía que visto lo visto prefería irse antes “pa’l cortijo de los callaos”.
También nuestra presente situación propicia que veamos cara a cara a la dama de la guadaña y que, a menudo, conversemos con ella para imaginar las mil muertes que nos esperan quién sabe dónde. Ese es un asunto muy serio que ha preocupado a filósofos y, cómo no, también a las gentes de la calle, esas a las que el otro día oíamos en una desenfadada conversación callejera fijar los objetivos de su usada vida en comer, dormir y salir a dar un paseíto “que bastante hemos bregado ya”. Esa declaración de intenciones se podrá llevar a la práctica, claro está, entre los intersticios que ofrece la “hiperpastillación” a la que les condenan los múltiples achaques. Y siempre y cuando se tenga la suerte de llegar a ese punto de la existencia porque últimamente las esquelas se esfuerzan en enseñarnos sus fauces y a recordarnos que estamos aquí de prestado. Porque a la postre la única verdad indubitable es, volviendo al “Gaudeamus”, que “nos habebit humus” y que “vita nostra brevis est, breve finietur”. Y quienes tengan el consuelo de la vida eterna, no está mal. Pero… ¿y los que hemos renunciado a ese chollo?
Con todas estas elucubraciones, y alguna más, dándole perico al torno, la cama se convierte en un lugar inhóspito que cada noche se puebla de fantasmas de todos los pelajes. Y eso que dicen que, si se tiene la conciencia tranquila, se duerme como un bebé. Será que no es mi caso y las noches se me hacen eternas, insufribles, al punto del delirio y el “hastaaquíhemosllegao”. Porque al día siguiente, vuelta a empezar. Menos mal que nos vamos acorazando y así capotearemos con lo que el destino nos tenga reservado. Y menos mal, también, que hacemos de los repetidos dichos de nuestros padres -“aprovechemos los buenos momentos que los malos vienen solos” y “todo tiene remedio en esta vida menos la muerte”- una enseñanza que nos permitirá aguantar el chaparrón.

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