Carta a los Reyes de Oriente

Diego Igeño
Queridos Reyes Magos:
Espero que al recibo de la presente se encuentren bien. Ya sé que son muchos años a sus espaldas, pero confío en que su carácter mágico les impida sufrir los achaques propios de la vejez y lleguen a tiempo con el cargamento que todos, chicos y grandes, anhelamos. Nosotros bien, gracias, aunque cansados de ver que esto no se acaba nunca -cuando escribo estas líneas nos han comunicado 130 nuevos contagios- y de que las peores consecuencias siempre caigan en las mismas debilitadas espaldas.
Mientras redacto esta carta, estoy pensando que hay que ver cómo ha cambiado el cuento. Toda la vida realizando su viaje de Oriente a nuestros hogares en humildes camellos y ahora resulta que somos los españoles los que mandamos a un rey para allí, aunque se trate de un emérito. Eso sí, su medio de transporte es algo más suntuoso, qué duda cabe. Además, al igual que VV.MM. también ha viajado con las sacas llenas pero no de juguetes y regalos varios sino de contante y sonante. Eso sí, seguro que no tendrá vuestra generosidad para repartirlo entre los niños del emirato donde ha fijado su residencia. De hecho, pensamos que a esos pequeños no los conocerá siquiera, salvo a aquellos que frecuenten el lujosísimo hotel donde se alberga.
En el gusto por los hoteles caros se parece a su abuelo, el decimotercero de los Alfonsos, que pasó los últimos años de su vida en uno de Roma. No es en lo único que se asemeja a los suyos. También ha heredado la borbonísima afición a las faldas ajenas. Eso de segar en otros prados siempre les ha encantado. No lo pueden remediar.
Nuestro anterior monarca comparte el rasgo de mago con VV.MM., queridísimos Reyes de la ilusión. ¿Cómo si no ha podido pasar de ser un príncipe con una mano “alante” y otra atrás, ninguneado por el “clan del Pardo”, a rey de oros?
En su camino hacia Oriente, Su Majestad Emérita ha dejado demasiadas cosas en el camino. Quizás la más importante haya sido su prestigio. Tenía todas las papeletas de pasar a la Historia como uno de nuestros mejores monarcas, pero desgraciadamente su afición desmedida por el vil metal lo ha impedido. Ha malgastado el crédito ganado durante tantos años por un quíteme allá esas comisiones y por unos polvos “corinnescos” que han devenido lodos judiciales.
En fin, el asunto daría para mucho más. Permítanme, por tanto, Majestades, que acabe aquí esta breve misiva. Espero tan solo que, con su paciencia, tolerancia y saber infinitos, no se sientan molestos por lo dicho y que se acuerden de mí con su esplendidez habitual. Los espero con impaciencia. Yo, por mi parte, les aseguro que me he portado bien en el año que se fue y que es mi intención seguir siendo bueno a lo largo de 2022 en la esperanza de evitar el terrible carbón con que “obsequian” a los que no han estado a la altura de las circunstancias. Y puesto que lo contrario de vivir es no arriesgarse, me comprometo a meterme otro año más en todos los jardines habidos y por haber.
Vuestro afectísimo.
P.S.: Dado el estado actual de Correos he dudado si remitir esta carta como paquete para garantizar la pronta entrega o hacérosla llega por Aguilar Digital ya que este medio llega a todos los rincones del planeta. Finalmente, he optado por esta última opción.
Con mi despiste habitual he olvidado hacer mi pedido: solo pido cantidades enormes de salud, bienestar, cultura y progreso para todos.

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