Dionisos, el dios griego del vino que idolatraban los Ipagrenses

Custodia el Museo Arqueológico Provincial de Córdoba una escultura romana en bronce que representa a Dionisos (dios del vino), una pieza de un valor histórico y artístico excepcional que fue descubierta en nuestro pueblo hace medio siglo, y que hasta ahora no había sido exaltada como merece en su lugar de origen. Por eso el Ayuntamiento la expondrá a gran tamaño en la rotonda de entrada al casco urbano (Casa Viejas), convirtiéndola así en un elemento icónico de la localidad.

 Dionisos, conocido como Baco por los romanos, es una de las figuras más interesantes de la mitología grecorromana. Este singular dios presidía sobre el vino y la cosecha de la vid, y era junto a la diosa Deméter una de las dos autoridades más importantes relacionadas a la tierra y el cultivo. Si bien Dionisos presidia sobre la viticultura y el cultivo y la recolección de la vid, una de sus características más interesantes es que este también presidía sobre el teatro, el éxtasis religioso y la locura ritual.

Dionisos fue el último dios en entrar al Olimpo, por esta razón en unas oportunidades se le considera como parte del mismo y en otras se le considera como fuera, y su lugar es ocupado por la diosa Hestia. Otro detalle de Dionisos es que este, al ser el hijo de Zeus y Sémele, una mujer mortal, no era en ocasiones considerado como un dios propiamente dicho, y era relegado al estatus de semidiós o de héroe.

Esta dicotomía siempre llevó a Dionisos a verse a sí mismo como un paria entre los dioses del Olimpo. Curiosamente, a su vez, el mismo es una de las deidades más antiguas de la cultura griega, con evidencias de su culto extendiéndose a miles de años en el pasado, sobre todo en Micenas.

Su antigüedad llevó a que la imagen con la cual era representado cambie considerablemente con el paso de los siglos. Si bien en un principio era adorado como un dios de larga barba y mediana edad, con el paso del tiempo se comenzó a adorar la imagen de Dionisos como un dios lampiño, joven y jovial.

La escultura de Dionisos hallada en Aguilar de la Frontera

En época romana el bronce jugó un papel muy importante en diferentes aspectos dentro de los espacios domésticos, no sólo con valor utilitario, sino también con un carácter de culto y ornamental, relacionados en la mayoría de los casos con el mundo de las divinidades y la mitología grecolatina. La gran demanda de este tipo de efigies hizo que existiesen talleres donde se creaban y también donde se restauraban cuando sufrían algún deterioro.

 La existencia de un taller de esas características en el paraje de Las Minas de Aguilar, en las inmediaciones del Cerro Romano, pudo motivar el hallazgo casual en 1970 de la escultura de Dionisos y la cabeza de otro efebo de bronce, así como otras “escorias de fundición” material que denota el uso del supuesto obrador de elaboración de bronces o más probablemente de fundición de piezas metálicas. La figura  y cabeza encontradas en Aguilar pudieron realizarse entre la segunda mitad del siglo I después de Cristo y la primera mitad del siglo II.

Tras su descubrimiento, ambas piezas pasaron a formar parte de la colección del Museo Arqueológico de Córdoba, donde se conservan, y cuya autorización ha permitido realizar al escultor aguilarense, Ricardo Llamas León, la reproducción a gran tamaño que decora ya la rotonda de acceso al pueblo.

El Dionisos de Aguilar tiene una altura de  60 cm, y se trata de una escultura de bulto redondo o exenta que representa un chiquillo, es decir, una representación de un hombre joven desnudo, si exceptuamos las sandalias con las que se calza; está de pie y apoya el cuerpo sobre su pierna derecha, mientras que la izquierda está ligeramente retrasada con forme al plano general de la figura y flexionada, de forma que no apoyaría el pie sobre la línea hipotética del suelo. De ello resulta un ligero movimiento a la derecha, aunque el torso ha sido concebido de forma frontal. Así mismo, la cabeza se inclina en esta dirección. El rostro es de bellas proporciones y efigia a un adolescente; en general, posee unas facciones suaves, redondeadas, de expresión serena. Los ojos tienen los párpados remarcados, así como los lacrimales. Los globos oculares debieron llevar sobre el bronce otro material y las pupilas debieron estar pintadas, aunque en la actualidad no se conservan. Los cabellos se reparten en dos bandas, divididas por una raya central y a ambos lados de ésta se disponen los mechones simétricos en forma de corazón; el cabello se recoge en la parte posterior de la cabeza en una especie de moño del que escapan unos mechones que caen sobre los hombros en rizados bucles y dejan al descubierto las orejas.

El cuerpo, de proporciones infantiles, presenta miembros redondeados en los que, si bien se  comienza a marcar la musculatura, no ha adquirido aun formas propias de una edad más madura. El brazo derecho está extendido y doblado hacia arriba a la altura del codo, con la mano cerrada alrededor de un atributo, hoy perdido, pero que posiblemente se tratase de thyrsus; el brazo contrario no se conserva, aunque la posición general de la figura hace suponer que debió situarse paralelo al cuerpo sosteniendo algún otro atributo, por ejemplo, un Kantharos o un racimo de uva, en función de su identificación con Dionysos, que proponemos. En efecto, y a pesar de la ausencia de atributos, el análisis formal de la escultura lleva a la identificación de la misma con Dionysos adolescente.   

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