Diego Igeño

Vivir en pueblos más o menos pequeños tiene, como ocurre con todo, ventajas e inconvenientes. Entre las primeras, se ha hablado hasta la saciedad de la tranquilidad. Con esa palabra no nos referimos a la ausencia de ruidos ambientales -porque en este aspecto concreto Aguilar es un verdadero infierno-, sino al hecho de que no existan grandes sobresaltos de orden público ni altas tasas de delincuencia lo que te permite, por ejemplo, criar a tus hijos con un sosiego inexistente en las grandes urbes.

Luego está la sensación de arraigo, de saber que no eres un personaje anónimo perdido entre la masa, a la manera del alienado hombre existencialista, sino un individuo con profundas raíces y ramificaciones y muchos conocidos con los que compartir todo lo compartible. En este sentido es fácil sentirte alguien y no un ciudadano-borrego (aunque de este término podrían derivarse connotaciones que nos llevarían por otros vericuetos). Además, para los que tienen una sobredosis de ego les viene bien sentirse al menos cabeza de ratón.

Sin embargo, estamos muy lejos de vivir en un medio idílico por lo que yo denomino la teoría de los espejos rotos, nada que ver por cierto con la conocida “noches de los cristales rotos” (aunque si a algunos les valiera…). Es uno de los grandes males de las comunidades chicas y cerradas, entre las que por supuesto incluimos a Aguilar. Al haberse fracturado los espejos en que miramos nuestro interior nunca nos percibimos tal y como somos por lo que esto nos arroga la autoridad de analizar y desmenuzar las vidas de los otros. En ellas destripamos comportamientos inadecuados y conductas reprensibles: quién le ha puesto los cuernos a quien, la que se ha quedado embarazada, las palizas que le dan a Fulanita, que quién se habrá creído Mengano que es si no tiene dónde caerse muerto, que si Zutano es un ladrón y así un largo repertorio de censuras, las mismas que veríamos en nosotros mismos de contar en casa con espejos intactos. Por eso, quizás preferimos que sigan rotos porque, de lo contrario, lo que proyectarían sería una imagen de nosotros parecida a la que mostraba el retrato de Dorian Gray con la que nos enfrentaríamos a lo peor de cada uno. Ahí veríamos nuestro verdadero rostro, ese en el que aparecen nuestras imperfecciones, nuestros múltiples defectos, nuestras miserias, nuestras envidias y nuestro terrible aburrimiento. Pienso, empero, que vale la pena correr ese riesgo, que urge llamar a un cristalero que arregle los espejos de casa para que dejen de enseñarnos una deformación grotesca de los demás al modo de Valle Inclán y para que, ante la contemplación de lo que realmente somos, nos haga más humildes y empáticos y consiga que volvamos la vista hacia nosotros mismos, hacia nuestras propias vidas y dejemos de hurgar en las del prójimo. En definitiva, que dejemos de tener como norma de conducta la ley del embudo. O dicho en un lenguaje que la mayoría -cristianos o no- conocerá: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lucas, 6:37).

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