Autor: Rafael Espino Navarro                                                                               

                                              “aún queda pendiente el abrazo, el final de la pesadilla, el beso,  la flor en el lugar preciso de la cicatriz.

                                                                                                                                                                    Pedro Guerra.- 

        El pasado sábado día 9 de junio, tras la entrega que AREMEHISA (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera) (Córdoba) realizó a los familiares de las personas “desaparecidas” identificadas a través de las pruebas genéticas de ADN, José Bonilla Varo, fue inhumado en el cementerio municipal de Aguilar de la Frontera. 

       José Bonilla Varo, fue asesinado el 28 de julio de 1936, cuatro días después de la caída del pueblo en manos de las tropas sublevadas contra la II República. Era un trabajador del campo, tenía 34 años y salió de casa para ir beber agua en la fuente, cuando pasó “un camión y se lo llevó″. 

       Su nieto Rafael Raya Bonilla entregó los restos de su abuelo, a su madre, tal y como lo había soñado siendo un niño. Rafael Raya casi toda la vida ha esperado poder ver cumplido este sueño.     

      Su mujer “supo que lo habían llevado al cuartel de la Guardia Civil y fue a llevarle un pedazo de pan y una manta”, pero el guardia de turno le dijo que su marido “no necesitaba de nada, porque lo habían matado”.  Mi abuelo “no estaba afiliado a ningún partido político” y tenía cinco hijos pequeños, entre  ellos mi madre, que entonces tenía cinco años. 

        José Bonilla Varo, ha sido la segunda persona de esta localidad, localizada, exhumada, identificada, entregada a la familia e inhumada en Aguilar de la Frontera. Dos años antes, en agosto del 2010, lo fue  Antonio Manuel Palma Moreno. 

        “solo deseo poder recuperar los restos de una gente que están enterrados como perros.”  

       En su nieto Rafael Raya, han confluido circunstancias extraordinarias, que unidas a su enorme humanidad, sencillez y naturalidad, han hecho posible que otra familia más, esta vez la suya,  pueda sobreponerse a una larga espera. Su compromiso y determinación y su solidaridad convertida en instinto han constituido para los que hemos tenido la oportunidad y el honor de haber trabajado a su lado todo un código ético, además de un manual de dignidad humana. 

         “… mi madre siempre ha dicho que no entra en este cementerio hasta que sepa donde se encuentran los restos de su padre.”                                                

 

                Su madre, pudo por fin entrar en el cementerio local y recoger los restos de su padre. Entre sollozos. Dando las gracias. Su hijo apenas pudo articular palabra. Muchas emociones, muchos recuerdos unidos en un solo momento. Si pudo por fin decirle orgulloso a su madre  con infinita ternura… “aquí tienes los restos de tu padre”. 

                  “… quien mató a mi abuelo, ha muerto y si tiene un hijo o un nieto, no tiene la culpa”. 

                   “… en los libros de historia, no hay nada de esto. ¿Cómo puede una persona que tiene una carrera universitaria, pensar que esto es reabrir heridas? pregunta Rafael Raya. Aquí en este pueblo, quien dice eso son las personas que tienen más estudios; pero que los que somos más incultos, vemos la realidad mejor que esas personas.”  

                    “… los hijos directos de las víctimas de la represión “siguen teniendo miedo”, como mi madre, que nunca ha querido hablar de esto porque le inculcaron el temor desde pequeña, diciéndole “ ¡… si hablas te matan…¡” , “¡… si hablas te matan…¡”.   

                  En tan larga espera, sin duda alguna el tiempo no ha tenido dimensión, todos los días, meses y años han parecido interminables. El sábado, para otra familia en Aguilar, esa larga espera, llego a su fin, pudiendo vivir un caudal de nuevas sensaciones que hacen que el camino termine y los sentimientos, sobrecogidos, anuncien el final de otra pesadilla.