Autor: Rafael Espino Navarro 

Conocí a Ramón Povedano, hace ya más de 25 años. Presidia yo por aquel entonces el Club Ciclista Aguilarense. Un pequeño y humilde Club, que nacía cargado de muchas y grandes ilusiones el día 4 de enero del año 1986. Por esa fecha Ramón, aún no sabía nada de nuestra breve existencia. 

Pasaron los primeros años en los cuales un intenso y frenético trabajo, catapultaron al Club Ciclista Aguilarense a los primeros puestos del ranking provincial de equipos ciclistas. A ello contribuyo sin duda la labor desarrollada en la Escuela de Ciclismo de Aguilar de la Frontera, en la cual en apenas tres años de duro trabajo y entrenamiento se consiguieron resultados satisfactorios a nivel provincial y autonómico, consiguiéndose ganar de forma consecutiva durante más de tres temporadas, los campeonatos provinciales de cadetes y el campeonato de Andalucía en la misma categoría, además de la Challenge Provincial de Ciclismo, en la modalidad de equipos. 

Esta actividad, que no pasó desapercibida en la localidad, pues en apenas esos escasos tres primeros años, se pasó de no contar con prácticamente nada a tener un equipo de corredores alevines, otro de cadetes y otro de juveniles. A contar también con una sede social (donde se impartían las clases de teórica y se preparaban las tácticas de las carreras por equipos) en la calle Andalucía, cedida sin ninguna pretensión y mucha colaboración por Juanito “el del Gran Bar”, un gimnasio donde poder ampliar las actividades de musculación y suplir los entrenamientos en épocas en que las inclemencias del tiempo no dejaban que se practicasen al aire libre, los desplazamientos que se realizaban al velódromo de Herrera (Sevilla), amablemente cedido por el Ayuntamiento de esta localidad, un coche para los desplazamientos, material de equipo y repuesto y muchas, muchas ganas de trabajar, hicieron que Ramón Povedano, se acercase una tarde del otoño del año 1987 a la sede social del Club, para hablar conmigo. 

Ramón, era un hombre reservado, muy… muy tímido y contaba ya en ese año con 44 años de edad. Para mi sorpresa, me manifestó nada más hablar conmigo su intención de volver a federarse y su empeño en volver a competir en la categoría de “veteranos”, después de mucho tiempo de haber abandonado el contacto con el mundo del ciclismo. 

Dos días más tarde, había comprado una humilde bicicleta de carreras. Intento sin éxito volver a recuperar su vieja bicicleta, que tantos buenos recuerdos le traía, y que le vendió a un panadero de la localidad, pero este se negó a romper el acuerdo de venta, por lo que Ramón, tuvo que desistir de recuperar su vieja máquina y adquirir una bicicleta de carreras nueva. 

Apenas una semana más tarde, su entrenamiento semanal consistía en rodar dos horas diarias por las carreteras limítrofes a Aguilar de la Frontera. Fuimos a Córdoba, una tarde los dos, a comienzos de las primavera de 1988, a la Federación Cordobesa de Ciclismo (en la calle Carbonell y Morand) y el Club Ciclista Aguilarense le sacó su licencia de corredor “veterano”, con la cual tenía desde ese mismo momento el acceso libre a las competiciones de su categoría, a las que el de nuevo ilusionado quería volver. 

Resolvimos que su primera carrera para volver a la competición, debería de ser en la localidad de Carcabuey, y comenzamos juntos su preparación. Cientos de horas de duro entrenamiento, por las sierras de Cabra, Lucena, Montilla y Priego de Córdoba, conformaron parte de la planificación ideal.

 Aún recuerdo, algunos domingos del mes de mayo de ese año, 1988, en los cuales ambos, él y yo, realizamos recorridos muy cercanos al centenar de kilómetros. Recuerdo su impecable estilo de escalador, subiendo el puerto del Mojón en Cabra, sus impenetrables ojos, inyectados en sangre, subiendo sin desfallecer las rampas más duras, su tesón, su coraje, su arrojo, su saber. 

Ramón, sin duda alguna si algo había conocido en la vida era una alta dosis de sufrimiento. Y ese sufrimiento aplicado a su afición, al ciclismo lo elevó y aún seguía elevándolo a lo más alto. Me contaba durante las interminables horas de entrenamiento conjunto, multitud de anécdotas vividas entre las que de forma muy especial recordaba sus inicios en el ciclismo, llenos de fracasos y de desalientos personales, de la mano de un cura de la localidad, que hacía las veces de patrocinador y mecenas de su habilidad sobre las dos ruedas. 

La vida, le marco, y dejó en el heridas mucho más hondas y más imborrables que las que dejaron en sus delgadas piernas las caídas sobre el asfalto. 

Su habilidad, técnica y conocimiento del medio, las puso al servicio de los chavales que empezaban a aprender a correr. Muchas tardes, compartía conmigo las clases teóricas y tácticas, que sin duda alguna todavía recordaran los jóvenes corredores que asistieron a las mismas, y a los que hoy todavía después del tiempo transcurrido, estoy seguro que recordaran de forma entrañable. 

Ramón asistió a Carcabuey a correr su carrera. Antes de eso, viajo con nosotros a multitud de escenarios (Chiclana, Córdoba, Torremolinos, Ubrique, etc…), donde el Club Ciclista Aguilarense, comenzaba a cosechar el triunfo, la admiración y el respecto del resto de entidades y corredores afines a este mundo deportivo. 

Recuerdo aún emocionado su reencuentro con personajes de leyenda en la provincia, Rafael Mesa Raigón, los hermanos Gómez del Moral, que nada más verle aparecer, se acercaban a él para estrecharle la mano y darle un fuerte abrazo, sincero y emotivo. Era conocido en todos los círculos del ciclismo provincial y también regional. Ramón Povedano, formaba parte de la leyenda que antaño el mismo había creado.

 “ … Ramón, era de otro planeta. No había nadie que le ganase. Podía, estar todo el día trabajando en el campo. Pillar una borrachera por la noche. Pero al día siguiente, cuando en la línea de salida, lo vías aparecer, ya sabias que no tenías nada que hacer. Ramón corría y nos dejaba a todos tirados, llegaba siempre a meta solo y mucho antes que todos los demás”. 

Su vuelta a la “competición”, no fue muy afortunada. Ese día Ramón, sufrió dos aparatosas caídas de la bicicleta. Ninguna de las dos le hizo desistir de volver a subir sobre la misma y terminar la carrera en un honroso quinto lugar. 

Su experiencia, y saber hacer y estar sobre la bicicleta, nos ayudó. Ayudo a muchas personas, su entrega, su afición, su querer ganar y saber sufrir, nos enseñó que lo verdaderamente importante es hacer lo que quieres hacer, conseguir lo que quieres conseguir, no importe lo que cueste, con determinación y entusiasmo.

 Querer ganar, … saber sufrir, podría haber sido perfectamente la frase que resumiera parte de su vida, sin embargo, me viene a la mente ahora una de las muchas historias deportivas que vivó y que me contó y que creo que puede ser un ejemplo perfectamente válido para resumir su paso por este deporte, que siempre quiso y añoro. Sirvan estas humildes palabras, de alguien que le conoció y que compartió durante un buen número de horas el rodar junto a él para rendir un homenaje póstumo a un gran aficionado del ciclismo en Aguilar de la Frontera. 

En mayo de 1963, contando Ramón Povedano Gómez, con solo 22 años, protagonizó una de las mayores hazañas deportivas de la época. Ramón Povedano, atravesó toda España, desde Aguilar de la Frontera (Córdoba) hasta Barcelona, subido y pedaleando en su bicicleta. Recorrió más de 1500 kilómetros por las carreteras de la época, solo para acudir a participar en una carrera ciclista “El Cinturón de Cataluña”.

Leyó en un periódico deportivo, donde y cuando se habría de celebrar la carrera y decidió participar en ella. Apareció en Barcelona, sola 6 días más tarde de salir de Aguilar de la Frontera. Llevaba un chándal del equipo ciclista de “Gómez del Moral” . Su aspecto de muchacho enjuto y abrasado por el sol, llamo la atención de algunos periodistas, que se hicieron eco de la noticia a nivel nacional al conocer su proeza.

Ramón tomo parte en la competición, en un equipo improvisado por algunos otros corredores (ya que él no tenía equipo), y en el que corrieron junto a él en el equipo mixto, Máximo Gómez, Luís José Grifol y Juan Hervás, en una competición de un solo día con un recorrido de 145 kilómetros. Entre los equipos que tomaron parte en la carrera se encontraban equipos franceses, galeses y holandeses”. 

La prensa de la época llamaría a Ramón Povedano, en no pocas veces “gigante de la ruta”.