Antonio Maestre Ballesteros.

Anales de la aldea de Zapateros II

Además de la demarcación de los solares que delimitaron la primera calle de la aldea, durante el último tercio del siglo XVIII se produjo otro hecho importante en la historia del poblado, como fue la reconstrucción del primitivo templo o iglesia que existía en el Llano o plaza de la aldea, constituyendo este hecho uno de los hitos patrimoniales  más importantes en  la  historia religiosa de Zapateros, ya que en 1787 se materializa una iniciativa ciudadana encaminada a  reconstruir la primitiva capilla que, según el documento, se encontraba en ruinas. Como hemos aventurado, por los datos conocidos creemos que la primera iglesia que existió en este lugar pudo erigirse a finales del siglo XVII y debió ser bastante reducida en tamaño y precaria en sus materiales constructivos. No existe ningún dato que describa o de idea de su interior, y sólo sabemos, por un inventario del Castillo de Aguilar, fechado en el año 1745,  que los Marqueses de Priego habían dado  en limosna un tirapedrero  de bronce desfogonado para hacer una campana a dicha ermita.

El manuscrito constituye un documento valiosísimo ya que, además de constatar la situación de ruina que presentaba el templo, nos aporta interesantes noticias sobre otros aspectos relacionados con los vecinos de la aldea y moradores del pago de Zapateros durante el último tercio del siglo XVIII. El texto se divide en tres apartados, coincidentes con cada una de las tres  Entidades gubernativas a que recurrieron estos vecinos solicitado socorro económico para llevar a cabo su objetivo. Como no podía ser de otra forma, los 15 colonos  firmantes apelaron en primera instancia al Obispado de Córdoba, y  fueron:  

Francisco Jiménez, Juan Gómez, Francisco Rodríguez,  Andrés de Aranda, Antonio de Arrollo, Juan Alcalá, Joaquín García, Fernando García de Doblas el mayor, Juan de Arrollo, Francisco Antonio Carrillo, Antonio Bergel, Juan Muñoz, Juan Leiva, Jerónimo de Varo y Manuel Ponferrada, quienes se declararon moradores en el partido de Zapateros comprendido en el término común del Marquesado de Priego.

Describían en primer lugar su situación diciendo que:  con motivo de las muchas haciendas que se hallaban en él pago de Zapateros,  y habiéndose construido bastantes casas, de suerte que en breve, si siguen, vendrán a formar una población regular, cuyo vecindario, que hoy consiste en cincuenta moradores acudía para cumplir con el precepto de la misa a una antigua iglesia que de antigua fábrica se hallaba en él, en la que se administraban los santos sacramentos de la penitencia y la eucaristía cuando lo apetecían sus feligreses, y el pasto espiritual por medio de los oradores evangélicos que a su instancia y costa lograban de muy tarde en tarde.

 Prosigue el  escrito diciendo que: dicha iglesia, con el motivo de las abundantísimas lluvias experimentadas generalmente  en los ante próximos años, vino a parar al estado de su ruina, y antes de que ésta se experimentara, por mayo del anterior, presentaron una necesidad al Ilustrísimo Señor Obispo de la ciudad de Córdoba para que se dignara dar providencia que fuera de su agrado a fin de que se remediase citada iglesia y no vinera a parar en su total ruina como ha sucedido, ofreciendo nuestra ayuda como tan deseosos del bien espiritual. 

Esta circular la enviaron los colonos en el mes de mayo,  y no habiéndose alcanzado ninguna respuesta, optaron por dirigirse en el mes de enero al Marques de Priego como poseedor de las tierra y los diezmos que pagaban sus vecinos, del que tampoco alcanzaron ayuda alguna. Por último nos revela el legajo que hubo un tercer intentó por encontrar auxilio para el empeño propuesto dirigiendo la solicitud al mismísimo rey, proveyéndose para ello de un procurador. 

Nada sabemos si finalmente se consiguió algún tipo de ayuda para la restauración de la iglesia. Tampoco podemos concretar en que fecha se ejecutó dicha obra, aunque existen noticias datadas en 1803 que indican que ya debía estar abierta nuevamente al culto, por lo que podemos situar su reconstrucción en la última década del siglo XVIII.

En estos últimos años de la centuria se produjo también un hecho que indica que se había consolidado ya definitivamente el incremento de vecinos  en la aldea y de colonos en el pago de Zapateros, al constatarse que, en 1793, se produce una nueva parcelación de solares en los terrenos concejiles que lindaban al camino que atravesaba la aladea. En total se señalaron 13 nuevos solares por el Alarife Pedro Muñoz de Varo con la supervisión del regidor Manuel María Gordejuela, quien fue comisionado por el Ayuntamiento de Aguilar para este fin.

Como es notorio, la aldea de Zapateros presentaba a finales del siglo XVIII caracteres propios, aunque incipientes, de una entidad poblacional. Aún así, faltaba por dotar al poblado de varios servicios básicos imprescindibles para la habitabilidad del lugar, resaltados en las demandas que  de manera asidua hacían sus moradores. Alguno de estos servicios, como fue el contar con una escuela y un cementerio,  se alcanzarían en las primeras décadas del siglo XIX.

Uno de los vecinos más destacados de este periodo fue Fernando de Doblas Gamboa,  quien sobresalió en el terreno social y religioso protagonizando, junto a otros personajes como el primer cura asignado a Zapateros, Don Antonio Iberos, o el hermano mayor de la cofradía de la Virgen de la Salud, Fernando Jiménez de la Buena, aspiraciones esenciales para el progreso social y  cultural  de la aldea. Un pequeño acercamiento a la biografía de Fernando de Doblas nos descubre que  pudo pertenecer al linaje de los Doblas que protagonizaron el primer reparto de solares en la aldea, y por lo tanto ser uno de los vecinos más antiguos de ella. Debió tener un estatus económico superior al general, y se aprecia una  personalidad condicionada por fuertes convicciones religiosas,  distinguiéndose por el servicio y apego que tuvo a la iglesia de Zapateros, y su vinculación a la Virgen de la Salud a través el cargo de mayordomo en su cofradía. Toda esta labor en el ámbito religioso y devocional se pone de relieve en un escrito que dirige al cabildo de Aguilar en 1803,  manifestando que desde mucho tiempo atrás, movido por un espíritu de religión, venía cuidando la iglesia de Zapateros.

Con este escrito Fernando de Doblas solicitaba a las autoridades de Aguilar que le cediesen una porción de terreno concejil existente junto a la iglesia, para levantar de su peculio una casa destinada a acoger una escuela de primeras letras. Dicha casa quedaría vinculada, además, al cuidado de la propia iglesia, ya que el maestro que en ella habitase debería, en contraprestación, cuidar del aseo y limpieza de la misma tal como él lo venía haciendo desde tiempo atrás. La respuesta del Ayuntamiento de Aguilar fue afirmativa, por lo que podemos manifestar que desde 1803 la aldea contó con una escuela promovida por el personaje descrito.

 Alcanzado el objetivo de contar con una escuela, durante estos años se materializarían también otros proyectos importantes como fue la elevación a la condición de iglesia auxiliar del templo de la aldea,  y el de contar con el primer cementerio de la población. 

Entre las personas que protagonizaron estos logros hay que citar al ya señalado mayordomo, al hermano Mayor de la cofradía, Fernando Jiménez de la Buena, y el cura Antonio Iberos. Éste  último podo llegar a Zapateros en las primeras décadas del siglo, enviando por el Obispo Pedro Antonio de Trevilla, quien regía la diócesis cordobesa desde el año 1805. Se datan en este tiempo también las primeras referencias documentales a la Virgen de la Salud,  acreditándose la intensa devoción que despertaba ya en el poblado este icono mariano, del que desconocemos su procedencia ni la fecha y causa que motivó su llegada a Zapateros. Sólo como hipótesis podemos situar dicho acontecimiento en los años finales del sigo XVIII y relacionarlo, con algunas reservas, con la reconstrucción del templo. También acredita los legajos que posiblemente desde esta reconstrucción, dicha iglesia se puso bajo la advocación de la Virgen de la Salud, compartida al unísono o posteriormente con la de  San Jerónimo.

Precisamente en el año 1811 se produjo un hecho transcendente en relación a la vinculación del templo con la Imagen, como fue la ampliación de la nave de la iglesia con la fábrica de un recinto propio para la virgen en terrenos que fueron comprados o donados a la cofradía.

Foto inventario iglesia.

Sin duda, este documento resulta  trascendental para valorar el apego religioso de los vecinos del lugar y conocer el patrimonio que atesoraba la iglesia. Además del detallado catalogo de enseres, pinturas, imágenes, etc, el manuscrito toma relevancia al detallar el nombre de alguno de los donantes. El ajuar del cura, así como los utensilios necesarios para el culto divino y expedición de los sacramentos, habían sido donados por el obispado y algunos vecinos anónimos.

 En cuanto a las imágenes que recibían culto en la iglesia, se nos revela que Doña Andrea de Aguilar era la camarera de la Virgen de la Salud y custodiaba sus vestidos, y que la imagen de San José había sido donada por Luis Alcalá, vecino de la aldea. También detalla que las imágenes de la Virgen del Carmen y el Cristo Crucificado fueron donadas por la Señora Cruz Salgado vecina de Zapateros. Señala el documento que  existía en la aldea un rosario público para el que se contaba con un estandarte, los faroles y campanitas, propias de este tipo de culto, todo costeado por el sacristán  Fernando de Doblas Gamboa.

También registra los distintos lienzos que adornaban el templo, y que formaban parte de su patrimonio artístico y devocional. En este sentido detalla que existían cinco cuadros grandes que donó doña Andrea Gamero, vecina de Aguilar. También se apunta un cuadro de Nuestra Señora de Belén donado por la camarera de la Virgen de la Salud, doña Andrea Aguilar. Un cuadro grande de San Antonio, donado por Antonio Doblas. Un cuadro Grande de Nuestra Señora del Rosario donado por Fernando Doblas Gamboa. Una lámina de San Cayetano donado por la hermandad de la virgen.

Justo un año después de realizarse el inventario, en 1812, se incorporó al patrimonio del templo un elemento imprescindible para alcanzar el deseo que tenían los vecinos de que se declarase parroquia dicho templo, y con ello poder recibir todos los sacramentos, especialmente el del bautismo.

Como hemos indicado, en este tiempo se alcanzó otro importante logro para estos vecinos y colonos del pago agrario, como fue el contar con un cementerio. Curiosamente este proyecto lo promocionaría Bernardo Jiménez, en su condición de hermano mayor de la cofradía, aludiendo a la nueva legislación promulgada por Carlos III en 1787, por la que se obligaba a la delimitación de cementerios rurales en todo el reino. Pedía para tal fin el sobrante de terreno concejil existente junto a la iglesia y ofrecía los recursos económicos con que contaba la cofradía para construirlo. El proyecto recibió todos los beneplácitos y fue aprobado por la autoridad civil  y bendecido por la eclesiástica.

Iglesia, escuela y  cementerio, además de un embrionario callejero, determinaban una población que afrontaba en esas fechas otras importante conquistas en su trayectoria histórica, en este caso conquistas  políticas,  como fueron las derivadas del cambio que ocasionó la caída del Antiguo Régimen, heredero del Estado feudal,  sustituido por el  nuevo  que consagraba las libertades que dimanaron de la Constitución Liberal de 1812, legislación que elevó la consideración administrativa del poblado a la de Pedanía de Aguilar, reconociéndole derechos políticos a sus moradores que antes no tenían. La Constitución gaditana consignaba con respecto a los municipios que adquirirían ésta condición sólo los que contasen con más de mil vecinos, cantidad muy lejana aún para una aldea que presentaba en esos años un censo de  250 habitantes, a tenor de las cifras que reflejan los documentos.

La nueva situación jurídica otorgó a Zapateros el derecho a contar con un alcalde pedáneo que representase a sus vecinos ante el Ayuntamiento de Aguilar, aunque tal nombramiento se lo arrogaba el cabildo  aguilarense, eso sí, supeditado  a que lo ostentase un vecino y residente en la aldea. De esta forma los pedáneos se convertirían en un miembro nato más de la élite social y política que tenía potestad sobre los vecinos de Zapateros.

Firma pedáneo y sello

 Del primer alcalde pedáneo que tenemos constancia, Manuel Fernández, sabemos que fue un labrador de 46 años, natural de Lucena, que habitaba en la calle Doblas en 1826. En años siguientes ejercería el cargo Álvaro Alcalá, también labrador natural de Lucena avecindado en la aldea, y Francisco Javier Navarro, quien con la condición de propietario, y siendo oriundo de Aguilar, vivía en la aldea, en la plaza de la Libertad. Poco tiempo después asumiría esta responsabilidad su hijo Joaquín Navarro, quien protagonizaría alguno de los episodios más relevantes en esas décadas de la primera mitad del siglo XIX, y que conoceremos con mayor detalla posteriormente.

Tal como refleja la referencia biográfica de los primeros alcaldes pedáneos, y corrobora el padrón de habitantes de Aguilar 1826, primero en el que se recoge un apéndice con las calles y vecinos de la aldea, casi la totalidad de los residentes en la misma no habían nacido en  ella, siendo oriundos, mayoritariamente de Lucena y Aguilar, y en menor medida de Monturque. Según este padrón el grueso de vecinos  se dedicaba a las labores agrícolas,  había un total de 45 jornaleros,  y además se contabilizaban 4 labradores, 4 capataces, 1 posadero, 1 fiel medidor, 1 asolero, 1 zapatero, 1 cura, 1 comandante de realistas, y 2 maestros.

La presencia de los labradores y la incorporación en años siguientes de hacendados y propietarios,  instituiría una pequeña burguesía local, protagonista de los episodios sociales más destacados de esos años, la mayoría de ellos con un transfundo político claro. Efectivamente, por este tiempo había tomado ya carta de naturaleza en la aldea los avatares sociopolíticos que convulsionaron a la sociedad española decimonónica, vinculados en muchas ocasiones al relevo del alcalde pedáneo, que solía suceder cada vez que se hacían con las riendas del Ayuntamiento de Aguilar alguna fuerza política. De esta forma el alcalde pedáneo de Zapateros era deudor siempre de las controversias políticas que se vivían en la villa.

La importancia poblacional y el cambio jurídico – social que se estaba experimentando en esos años lo pone de relieve nuevamente el dato que recoge las actas capitulares de Aguilar correspondientes al año 1836, en las que se constata que, por primera vez, la población de la aldea debía contribuir a las incautaciones impuestas por el Estado para el sostenimiento del Ejercito. Concretamente a Zapateros se le exigió que enviase a Córdoba, con sus propios medios, 100 arrobas de vino, y aclara el texto que dicho requerimientos se hacía  teniendo en consideración que en las circunstancias presentes la aldea no había sufrido pensión alguna ni había suministrado cosa alguna. En este año se produjo un duro revés para la reducida población de la aldea,  como fue el saqueo que sufrió la misma por las tropas del Carlista General Narváez, cuando se retiraban de la expedición que habían tenido en Andalucía. 

 Los vaivenes políticos de este periodo tendrían repercusión también en el escueto callejero del poblado, ya que las primitivas nomenclaturas fueron sustituidas como consecuencia de las alternancias en el poder de los bandos políticos de la época. Así nos encontramos que el callejero de 1830 abarcaba a las calles Doblas, Aguilar, Pozo, Huerto, Plaza de la Paz, Sol, Selvo y Plaza de San Jerónimo. Cuatro años después, el callejero comprendía tan sólo cinco calles, denominadas: Plaza de la Paz, calle Agua, Doblas, Plaza de la Gracia, y calle Lucena.

Hay que significar que no sólo en la primitiva plaza de San Jerónimo se concentraban los lagares existentes en la aldea, sino que en estos años se había extendido este tipo de construcciones por todo el callejero, hasta el punto de que su presencia debió perfilar la estética urbana de Zapateros. En el padrón de 1836 se contabilizaban un total de 9 casas lagar repartidas por las siguientes calles: calle Pozo; calle Aguilar, Plaza de la Libertad. calle del Agua; y  plaza de la Gracia.

En los años postreros de la primera mitad del siglo XIX se originó uno de los episodios políticos más significativos de todo el siglo, a raíz del movimiento vecinal independentista que engendró en muchas aldeas las leyes emanadas de los gobiernos Progresistas y Liberales que se sucedieron al frente del ejecutivo de la Nación. Estas ideas arraigarían en la mayoría de las entidades poblacionales menores,  promoviendo su autonomía de las  villas a las que estaban adscritas jurídicamente. Así ocurrió, por ejemplo, en la provincia de Córdoba, con la aldea de la Guijarrosa en el año 1836,  en contra del ayuntamiento de la Rambla.

El propio Ayuntamiento de Aguilar vivió un episodio de estas características con Zapateros, donde germinó también un movimiento segregacionista  que contó con gran fuerza, a tenor de la documentación que generó. Según estos legajos, en el mes de julio de 1842 se había enviado ya una solicitud con tal fin al General Espartero, regente en esos años y se había solicitado por la Diputación la confección de un padrón de habitantes de Zapateros .

El proceso emancipador siguió su curso ya que en el mes de Agosto la Diputación requirió  de nuevo a las autoridades locales para que les remitiese más  datos sobre la aldea, en esta ocasión relacionados con los edificios públicos existentes en la misma y la posible utilidad de los mismos para ser destinados a cárcel, Casa ayuntamiento y pósito. También solicitaba conocer ¿Cuántos vecinos sabían leer y escribir en la aldea, qué propiedades disfrutaban estos vecinos, y que débitos tenían a favor de los fondos de Propios y Pósito. Este documento especificaba ya  claramente que dicha información se requería para el expediente mandado formar por el Gobierno para la emancipación de Zapateros.

 Al frente de esta  iniciativa se situaron el alcalde Pedáneo Joaquín Navarro, los hermanos Pedro y Manuel Fernández, Rafael del Pino, Jerónimos Reyes,  y Francisco Javier Navarro. Se trataba de un selecto grupo de componentes de la burguesía económica que se había asentado en la aldea durante esos años, apareciendo los citados en los padrones de riqueza como hacendados y propietarios.

No podemos calibrar el respaldo popular que pudo tener esta idea, pero queda claro que sí contaba con el de la incipiente jerarquía económica y política de la aldea. Sin mermar el trasfondo político que pudiera haber alentado la acción emprendida por estas personas, ponemos el acento también en el claro beneficio económico que suponía para ellos, principalmente,  el liberarse de las imposiciones fiscales que aplicaba el Ayuntamiento de Aguilar a las tierras de labor y bienes pecuarios de estos hacendados.

No hemos hallado documentos que reflejen con qué disposición se afrontó en Aguilar  la  demanda de libertad de los aldeanos, pero la decisión que tomó el Ayuntamiento,  de cesar fulminante al alcalde pedáneo Juaquín Navarro, uno de los principales promotores del proyecto, no deja lugar a la dudas. Esta medida indica claramente que la Corporación aguilarense fue contraria a la emancipación, consiguiendo, además, frenar temporalmente la iniciativa durante más de 70 años.

El malogrado proyecto separatista daría pie a uno de los litigios más enconados que protagonizaron los vecinos de la aldea contra el Ayuntamiento de Aguilar durante todo el siglo XIX. El punto de inflexión fue la precipitada sustitución del alcalde pedáneo Joaquín Navarro, y el nombramiento para dicho cargo de Francisco Albalá. Esta medida fue considerada por los promotores de la intentona independentista como una clara represalia, por lo que inmediatamente plantearon una demanda ante la Diputación Provincial, refutando la ilegalidad de dicho nombramiento al incumplir la exigencia legal de que el alcalde pedáneo residiese en la aldea, requisito que según ellos no cumplía Francisco Albalá, demás de denunciar otros espetos sobre la conducta del nuevo pedáneo.

En primera instancia el Ayuntamiento desatendió el requisitorio de la Diputación, viéndose obligada ésta a exigir con mayor contundencia un informe sobre los hechos denunciados desde la aldea. Ante este ultimátum, el alcalde de Aguilar decide abrir diligencias  e interrogar a los vecinos de Zapateros, entre ellos los 43 que habían firmado el manifiesto de apoyo a Joaquín Navarro, y también al propio Francisco Albalá. Éste en su descargo, aclaró que tras desplazarse a Aguilar durante tres días para asistir al desposorio de su hija, Rafael del Pino y otros vecinos de la aldea habían fraguado el escrito que presentaron a la Diputación.

En total el expediente recoge 73 declaraciones, poniéndose de relieve que, tal como expresó el propio Joaquín Navarro, la demanda que presentaron en Diputación la había redactado un abogado a iniciativa de él mismo, de Rafael del Pino, y de Pedro y Manuel Fernández, quienes se encargaron de recoger las firmas de los demás vecinos. Muy parecidas fueron las declaraciones de los principales implicados, mientras la tónica general del resto de declarantes fue la de exculparse de todo y derivar la responsabilidad en los promotores de la rebelión. Conocidas las declaraciones, el Ayuntamiento de Aguilar elevó a la  Diputación un extenso informe defendiendo la legalidad del nombramiento y la honorabilidad y gestión al frente de la pedanía de Francisco Albalá,  denostando la gestión de Joaquín Navarro en ese terreno.

En el aspecto jurídico se  defendió el ayuntamiento argumentando que la población de Zapateros no era más que un barrio es esa villa y como tal constituía el séptimo cuartel de ella, y a cada uno de los cuales nombraba el Ayuntamiento a principio de cada año un celador o alcalde llamado de barrio, en la forma y como lo prescribía el artículo 186 de la ley de 3 de febrero de 1823. Según el Ayuntamiento la elección que en enero último había hecho de Francisco Albalá para que sirviera dicho destino en la expresada aldea, era irrefutablemente  legal, y como tal lo sostenía el Ayuntamiento con toda la fuerza que le daba la ley.

Posiblemente no debía tener el mismo estatus el cargo de alcalde de barrio que el de alcalde pedáneo. Pero esta fue la defensa por parte del Ayuntamiento a una cuestión con un trasfondo claramente político y personal contra Joaquín Navarro, tal como lo prueba el hecho de que poco tiempo después, y tras los correspondientes cambios políticos en la Corporación Municipal de Aguilar, Joaquín Navarro volviese a ser alcalde pedáneo de Zapateros.

La llegada del Cura Pedro Luque a la aldea en la década de 1840 dio pie a la formación de un inventario de la iglesia que presenta la particularidad de contener un apartado concreto del camarín de la Virgen de la Salud, lo que arroja información muy valiosa para conocer los enseres que atesoraba la imagen, algunos de calidad como eran la dos coronas, un cetro y una media luna de plata, y otros significativos como era el trono, 4 barras de palio y el estandarte con la pintura de la virgen, lo que indica claramente que ya se procesionaba la imagen por las calle de la aldea.

Superada la primera mitad de la centuria, los avatares políticos propios del siglo XIX se agudizarían aún más en la sociedad zapatereña, divida en grupos sociales partidarios de  opciones políticas rivales y antagónicas. El acusado incremento de población que se experimentaba en esos años, generado en gran medida por la propia demografía de la aldea,  convertiría la necesidad de ampliar el casco urbano de Zapateros con nuevas viviendas en una de las reivindicaciones más constantes de los aldeanos, y una de las causas que los enfrentará nuevamente al Ayuntamiento de Aguilar. Parece ser que tras ser desatendida la petición de un nuevo repartimiento de solares en terrenos concejiles, un grupo de vecinos encabezado  por Paulino Martínez, Juan Doblas, Antonio Doblas, Ramón García, Joaquín Muñoz, José Agrás, Juan Carmona, Antonio Castilla, José Pintado, Álvaro Muñoz, Antonio Romero, Rafael Ruiz y Francisco Carmona, recurren a la intermediación del Gobernador Civil para obligar al Ayuntamiento Aguilarense a practicar dicho reparto o parcelación. Finalmente, y tras varios años de litigio, fue el Gobierno Civil quien en 1863 decide llegar a un acuerdo con los vecinos solicitantes, adquiriendo para ellos terrenos colindantes a la aldea y ampliar así el casco urbano de la misma.

Pero sin duda, uno de los proyectos constructivos más ambiciosos que se fechan al inicio de la década de 1860 y que no se culmina hasta una década después, fue el de la construcción de la nueva Iglesia de Zapateros, correspondiente a la que a llegado hasta nuestro días con varias reformas.

Efectivamente, y para aclarar alguna información errónea sobre el tema, la construcción de la actual iglesia de Zapateros no comienza a gestarse hasta el año 1860. El 24 de julio de 1861 se notificaba desde el ministerio de Gracia y Justicia la aprobación de un fondo de 56.000 reales para tal fin, cantidad que sería duplicada posteriormente por la propia casa real. Para la realización del proyecto y controlar la inversión fue preceptivo la constitución de una Junta fiscalizadora que quedó erigida en la reunión celebrada en el ayuntamiento de Aguilar  bajo la presidencia de su alcalde  Rodrigo de Varo  y el arcipreste de la Parroquia del Soterraño Lorenzo José conde el día 5 de septiembre de 1861. Los componentes de la Junta interventora por parte de Zapateros, y por lo tanto, los principales promotores del proyecto fueron el cura de al aldea, Francisco Flores, el alcalde pedáneo Joaquín Navarro, Andrés Muñoz Calvo, hacendado, y el presbítero Rafael del Pino Berlanga en representación de su padre Rafael del Pino Burgos, como mayor contribuyente de la aldea.

Del escrito de constitución de esta Junta se desprende que el proyecto originario respondía a la idea de reedificar  la vieja iglesia en el mismo solar que ocupaba. Pero debió producirse un punto de inflexión, a partir del cual se concibe un proyecto constructivo mucho más ambicioso, como fue el levantar un templo más amplio que el anterior, para lo que se hacía necesario, en primer lugar, contar con un nuevo espacio de ubicación, ya que la iglesia vieja lindaba al cementerio, hecho que imposibilitaba su ampliación.

Desconocemos los pormenores de las gestiones realizadas al respecto, pero sí muestran los documentos conservados que la problemática se solventó con bastante rapidez, ya que en octubre de 1861 se firmaba el poder del sacerdote zapatereño, residente en Sevilla, José María Jiménez, cediendo los terrenos necesarios para tal fin. En total  donó 860 metros cuadrados del corralón de la casa lagar que el sacerdote había heredado de sus padres en la calle Carrera nº 10 de la aldea. El contar con los terrenos y los primeros fondos permitió inicial las obras, aunque éstas pronto quedarían suspendidas por falta de recursos económicos, prolongándose su realización durante casi una década. La llegada de algunas aportaciones del Obispado para la continuación de las obras al inicio de la década de 1870 permitió avanzar en el proyecto, constatándose que ya estaría levantada la planta del templo, lo que permitió destinarlo provisionalmente para escuela.

Aún tendrían que transcurrir algunos años más para que se colmatara dicho proyecto, revelándose el año 1874, en pleno sexenio revolucionario, y durante el primer ciclo republicano de España, como año en el que pudo abrir al culto la nueva iglesia. En el mes de junio de 1874 llegaban a Zapateros, en varios carros tirados por bueyes, los enseres para el culto remitidos desde el Obispado para la nueva iglesia de Zapateros.

Entre estos enseres, y como elementos más destacados de los mismos, se encontraban los tres retablos que albergaría la nueva iglesia, entre ellos el retablo mayor, elementos que pudieron ser retirados de algún templo o convento cordobés con motivo de las leyes desamortizadoras que se ejecutaron en ese siglo. Algunos especialistas apuntan que el retablo mayor pudo provenir del extinto convento de las Dueñas en Córdoba.