Misterios no revelados en la historia devocional de Santa María del Soterraño (I)

Sobre el hallazgo de la Imagen

Coincidiendo con la celebración del 400 aniversario del patronazgo sobre Aguilar de la imagen de Santa María del Soterraño, dedicaremos varios artículos de Aguilar Digital a intentar dilucidar algunos de los muchos misterios y enigmas que rodean los avatares históricos y artísticos de tan vetusta Imagen.

A través de estos trabajos se expondrán algunas de las conjeturas que pretendía tratar en la conferencia solicitada por la cofradía, y que fue prohibida exprofeso por la perversa decisión del cura párroco de Aguilar, “Don” Tomas Palomares.

Partimos para este estudio del hecho más significativo en la historiografía de la imagen, como es su incierto hallazgo en torno al año 1530, coincidiendo con las obras de ampliación de la iglesia parroquial. Según el texto conservado, la “casualidad” quiso que, al fabricarse el cimiento de la columna antepenúltima del templo, se hallase una bóveda de ladrillo donde se ocultaba una imagen de la Virgen, que sería rescatada y repuesta al culto.

Este relato se encuentra impreso en el borde de la página 278v del libro de bautismos número XI de la Parroquia Mayor, texto que ya de por sí compone la primera incógnita para la que no contamos con resolución definitiva. Según se deduce el escrito pudo realizarse en el año 1613, al coincidir esa fecha con los bautizos que refleja el propio legajo. De ser así el hecho pretérito del hallazgo se rememoró dos años después de que la Virgen volviese al templo parroquial desde la ermita de San Sebastián, y setenta transcurridos desde los hechos que se narran. Aunque como conoceremos al final del artículo, también sería razonable creer que quizás el apunte fue mucho más tardío, y pudo realizarse a finales del siglo XIX o Principios del XX.

Por información verbal conocemos también que el texto primario fue ampliado en su contenido a principios del siglo XX, siendo el autor de la nueva aportación el sacerdote local Antonio Galisteo, sin poderse determinar, por la imposibilidad de acceder al documento actualmente, qué parte del mismo era la originaria, y cual fue la aportación del citado cura. Para el que no conozca el contenido del texto, Palma Varo lo refleja sucintamente en su libro diciendo que:

En 1530 y coincidiendo con la obras de ampliación del templo parroquial, al hacer la excavación para preparar el cimiento de la columna que hay entre la entrada al Baptisterio y el Coro Bajo se descubrió una bóveda hecha de roscas de ladrillo moruno, y continuando después la excavación con sumo cuidado, se puso al descubierto una especie de silo en el que había una imagen de la virgen con su vestido de seda descolorido y cubierta con un lienzo crudo que la preservaba de la humedad y del polvo.

Esta narración recoge el núcleo de la noticia, completada por el propio Palma Varo con otros datos que describen el traslado de la imagen desde la “cueva” hasta el altar mayor, y el posterior periplo de estancias que tuvo hasta su vuelta al templo parroquial.

De este relato está probado documentalmente que, efectivamente, en esos años del siglo XVI se realizaron las obras que dotaron al templo de su extensión actual, costeadas por la Marquesa de Priego, doña Catalina Fernández de Córdoba. No dudamos de que se produjese el descubrimiento de la Imagen en ese tiempo, aunque el hecho de que el apunte no especifique fecha exacta, induce a creer que el anónimo autor lo debió redactar de oídas o recordando un “hecho” que sucedió mucho tiempo antes, ocasionando dudas y vacilaciones históricas que se mantienen en la dilatada alegoría devocional de la Imagen.

Poco más podemos indagar sobre ello, interesándonos otras cuestiones principales en esta historia, como sería el desvelar las causas que motivaron la ocultación. Esta cuestión plantea aún mayor incertidumbre, ya que solo se conoce la exegesis que sobre el asunto recoge Palma Varo en su libro, donde el Ilustre Cronista nos remite nada menos que a los años centrales del siglo IX, relacionándolo con la supuesta destrucción de una iglesia “Casienista” existente en la Poley musulmana.

Esta hipótesis carece de base documental, y cualquier versado en el arte religioso la desecharía rápidamente al deducir, por los rasgos estilísticos que presenta la Imagen, que ésta se realizó bastantes siglos después de la fecha que Palma Varo asigna a la destrucción del templo sectario. Desconocemos otros supuestos que acrediten la razón o motivo del soterramiento, pero si podemos plantear como conjetura una explicación que, por extraña que parezca, puede tener, aunque sea remotamente, visos de realidad histórica, ya que se relaciona con lo sucedido a otras imágenes similares. La teoría que planteamos determinaría que la Imagen se ocultó con la intencionalidad de que fuese encontrada con la realización de las obras de ampliación del templo, por lo que podía llevar poco tiempo oculta.

Para avalar esta suposición remitimos al lector a las leyendas más clásicas en la historia devocional de las imágenes marianas en España, y especialmente en Andalucía, donde este fenómeno se intensificaría a raíz de la reconquista cristiana, con especial apogeo en los siglos XIV, XV. La literatura religiosa recoge las diferentes tipologías y causas que determinaron cada uno de estos hallazgos y descubrimientos, ofreciendo una extensa diversidad de lugares donde se encontraron las imágenes, así como un amplio catálogo de los oficios que ejercían las personas que protagonizaron estos hechos. Se tiene constancia de hallazgo de imágenes en pozos, todo tipo de árboles, cuevas y grutas, etc, ejerciendo los descubridores el oficio de pastores, soldados, cazadores, etc.

Por poner algunos ejemplos significativos de los muchos que podríamos citar en la provincia de Córdoba, aludiremos al hallazgo en una higuera de la imagen de la Virgen de la Fuensanta en la capital, el encuentro de la Virgen de Luna en una encina de la serranía cordobesa, el descubrimiento de la Virgen de la Piedad de Iznajar en una caja de plomo soterrada, o la visión de la Virgen de la Sierra de Cabra en una cueva del Picacho de la Subbética . Esta inventiva es aplicable también a las dos devociones más importantes de Andalucía, como constituyen la Virgen de la Cabeza, localizada por el pastor de Colomera entre las piedras del cerro del Cabezo de Sierra Morena, o la Virgen del Rocío, descubierta en una encina de las marismas onubenses por el pastor de Villamanrique.

No ponemos en duda la veracidad de estos hallazgos, muchos de ellos totalmente datados en fechas y personas que protagonizaron el episodio, incluso con casuística acreditativa de los motivos que originaron la desaparición previa de las imágenes, estando probado también que hubo ocultaciones claramente intencionadas y programadas para estimular la devoción popular con objetivos muy concretos y variados, que iban desde el interés por construir o levantar templos cristianos, sacralizar espacios naturales, arengar a la gente para participar en batallas contra los sarracenos, etc.

Generalmente, se confería al hallazgo el carácter de misterio y prodigio que avalaba la intervención divina en el mismo, y se solía relacionar con leyendas que manifestaban los portentoso del fenómeno sucedido. Las más usuales fueron las que acreditaban que las imágenes hablaban al protagonista solicitándole distintas prebendas, que iban desde la construcción de un templo en el lugar del hallazgo, el anuncio de alguna victoria en batallas, o hacer fluir una fuente o venero con aguas curativas, etc. Para que el protagonista del hallazgo o demás personas encomendadas en los fines indicados, pudiesen atestiguar el carácter milagroso del fenómeno, se rememoraban sucesos que describían cómo la imagen encontrada volvía prodigiosamente al lugar del hallazgo, o cómo el medio en que era transportada, generalmente un carro tirado por bueyes, se quedaba parado sin que los animales pudiesen avanzar.

Centrándonos en los hechos sucedidos en Aguilar, relatados en el libro de bautismos de la Parroquia, podemos concluir que éstos tienen visos de autenticidad en cuanto a la coincidencia en la cronología con las obras del templo y la fecha en que se data el suceso. A partir de ahí, todo queda bajo la nebulosa de la leyenda, descartándose totalmente la conjetura de Palma Varo que razonaba el motivo de la ocultación.

Se escondiese o no con la intencionalidad de que fuese encontrada posteriormente, sí están marcadas las diferencias tipológicas que se dan en el caso de Aguilar con respecto a los supuestos antes descritos, tanto por lo tardío del hecho, primer tercio del siglo XVI, cuando los más usuales se dieron en los siglos XIV y XV, como por la carencia de una fábula que indujese a creer que el hallazgo no hubiese sido fortuito, descartándose cualquier trascendencia más allá de la pura casualidad, premeditada o no. Tampoco se deduce del texto, y sobre todo de la forma en que se narra el hallazgo, que éste se pudiese vincular con una pretensión concreta, como sería la de estimular la continuidad de las obras de ampliación del templo, aunque según lo describe Palma Varo, el suceso se celebró con unas solemnes fiestas que incluyeron el traslado de la Virgen, repuesta ya con nuevas vestiduras, hasta la ermita de la Candelaria, en una procesión a la que asistieron el clero, el pueblo, el Concejo, y los Marqueses de Priego.

Desconocemos si esta aseveración de Palma Varo se manifiesta expresamente en la nota o apunte del libro de bautismos, y si es así, si corresponde a la parte originaria del texto o a la añadidura que realizó el cura Antonio Galisteo. Sea como fuere, esta cuestión nos introduce en una de las temáticas que trataremos ya en el siguiente capitulo, como son las supuestas fechas de los traslados, las cábalas del patronazgo, y el origen de la advocación actual.

Todas las conjeturas planteadas hasta ahora se sustentan en el texto del libro de bautismos, ampliado por el cura Galisteo, y publicado en la obra de Palma Varo. Pero siendo rigurosos con la investigación, debemos plantear también la teoría de que dicho texto obedeciese a una leyenda articulada por personas piadosas. Estas dudas surgen al comprobar que los cronistas de siglos anteriores no se hicieron eco de un hecho tan trascendental, lo que resulta altamente sospechoso. De todos ellos, es el escribano de cabildo Franco y Areco, quien, posiblemente copiando a eruditos anteriores, como López de Cárdenas, recogió con mayor detalle la ilustrada historia de Aguilar, en la que dedica un capitulo a la Parroquia Mayor, situando los orígenes del templo y los avatares sufridos, entre ellos las obras del año 1530, pero nada refiere del hallazgo de la Imagen, y ni siquiera refiere la advocación actual de Santa María Soterraño.

No es entendible esta laguna histórica sobre la Virgen del Soterraño, máxime cuando estos eruditos debieron consultar los libros de bautismos para conformar las genealogías que recogen en sus escritos. Es poco entendible que Franco y Areco, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, no descubriese el apunte del libro de bautismos, y más que no dejase ninguna reseña sobre la Virgen del Soterraño.

Para interpretar esta carencia de noticias formulamos varias cábalas que podrían avalar disquisiciones sobre el tema. Por un lado podríamos admitir que, efectivamente, estos cronistas no se hicieran eco del hecho por desconocimiento del del apunte, pero también podría ser veraz que tal apunte, aunque está escrito en un legajo de 1613, se realizase en siglo posteriores, como pudo ser el último tercio del siglo XIX o primeros años del siglo XX, periodo en el que la Imagen adquirió un notable protagonismo debido a la promoción que de la misma hicieron el sacerdote Antonio Galisteo y el ilustrado arcipreste de la Parroquia, Epifanio Jiménez.

Estas dos personas fueron los precursores de la devoción a la  Virgen del Soterraño en una de las etapa más florecientes de su hsitoria, poniendo en marcha distintas iniciativas que conoceremos en el próximo capítulo, y entre ellas pudo estar la de fomentar la leyenda del hayazgo recreando los supuestos hechos que acontecieron en las obras de ampliación del templo a principios del siglo XVI, siendo ellos los únicos  autores el apunte conservado en el libro de Bautismo.

Antonio Maestre Ballesteros