Me ha correspondido el honor de presentaros a la persona a la que tributamos, en este sencillo acto, un más que merecido homenaje y reconocimiento, cumpliendo así el anhelo de muchos aguilarenses en los que nuestro protagonista ha dejado una huella indeleble de amistad y compañerismo durante las dos últimas décadas que lleva viviendo en nuestro pueblo.

La popularidad adquirida entre personas de distintos ámbitos sociales de nuestra localidad le confiere el que sea reconocido fácilmente si se le nombra como Paco “el escultor”, aunque su verdadero nombre es Francisco Márquez Luque, y ronda ya los ochenta años.

Paco es una persona afable, de principios escorados a la izquierda y de una riqueza interior inmensa, lo que unido a su dilatada experiencia y fácil oratoria, marcada por la calidez que le confiere el acento argentino, lo convierte en un gran conversador y comunicador, como puede constatar cualquier persona, sea niño, joven, o mayor, que llegue a su encuentro en el pequeño taller que regenta, en la calle María Coronel,  al que acude a diario para ejercitarse en la tarea que más le reconforta: el modelado en barro y la talla en piedra. Paco ama tanto este oficio, que pese a su edad y achaques no ceja en la labor desinteresada de instruir en el mismo a cuantos se interesan por aprenderlo.

Para quienes lo conocen, seguro que no le descubro nada nuevo con mis palabras, pero si alguien de los presentes no ha tenido aún la oportunidad de entablar una conversación con él, yo le invito a que viva esa experiencia, ya que con la cordialidad que le caracteriza, Paco le relatará los mil avatares transcurridos en su ajetreada vida, y sobre todo, le contará con pasión el apego que siente por su trabajo y por el arte en general.

Al nuevo interlocutor le garantizo que quedará admirado por la facilidad con que Paco  relata mil y una historias y aventuras que le resultarán altamente instructivas, ya que además de descubrir a una persona de gran sensibilidad artística, percibirá cómo a través del verbo, en Paco se revelan valores muy apreciados en una persona, como son la  honestidad, la coherencia personal, la humanidad y solidaridad con los demás, etc.

Si nos adentramos en su historia vital, descubriremos que Paco nació en Montilla en el año 1933 y que fue el tercer hijo de una familia humilde, pero con algunos recursos, ya que su padre era mecánico de coches y tenía una viña. Fue el tercero de siete hermanos, y entre los recuerdos de su infancia, no todos buenos, descuella la admiración que sentía por su abuelo materno, un hombre excepcional con una capacidad creativa admirable.

En los 18 años que Paco vivió en Montilla, fue a la escuela de los Salesianos y se le reconocía como un niño bueno que no hacía travesuras ni se peleaba, dispuesto siempre a ayudar a los más necesitados, llegando incluso, influenciado por el ambiente del colegio, a querer hacerse cura, opción que fue descartando a medida que se hacía mayor e iba percibiendo la realidad de las cosas.

Pocos años estuvo en el colegio, ya que comenzó a trabajar muy joven. Con sólo 9 años entró de aprendiz en la relojería su tío Julián Luque, hermano de su madre. Taller donde adquirió conocimientos básicos de este oficio que le fueron muy útiles para otros trabajos.

Paco heredó de su admirado abuelo materno la inquietud de crear, hecho que se reflejaba en su temprana afición a tallar y modelar, tarea que realizaba desde muy niño con las pastillas de jabón que encontraba en su casa, o creando figuritas con barro.

La vida de Francisco Márquez, adquiriría una deriva insospechada a principios de la década de 1950 cuando su padre decide emigrar con toda la familia hasta Argentina, inducido por la posibilidad de encontrar el trabajo que escaseaba en su pueblo natal, viaje para el que tuvieron que vender todas las propiedades que tenían en Montilla.

La llegada a Buenos Aires se produjo el 13 de noviembre de 1951, y nada mas llegar sufriríam el primer infortunio, ya que el familiar argentino al que habían confiado su futuro, no sólo no les ayudó, sino que les robó el  poco dinero que llevaban al cambio de la moneda.

Por suerte, en ese tiempo había en Argentina una gran demanda de trabajo y pronto remontaron la situación y alcanzaron a construirse una vivienda familiar. El propio Paco ha señalado en alguna ocasión que fueron años muy duros para su familia, y también para él que inició su actividad profesional como asalariado en la joyería de un Rumano. Después se colocó en una fábrica de vidrio y comenzó a estudiar por las noches en una escuela de adultos. La casualidad quiso que la esposa del director de la escuela conociese las habilidades de Paco en el dibujo y la talla, siendo esta mujer quien le incitó a que se matriculase en la Escuela de Bellas Artes.

Para ingresar en dicha Escuela se le exigía a Paco el renunciar a la nacionalidad española, y abrazar la argentina, sacrificio emocional que Paco no admitió, por lo que se vio obligado a matricularme en una academia, concretamente en la de Melbar, donde recibió durante siete años la base docta de su oficio y profesión, contando con profesores como Sasones y Tirones que llegaron a ser reconocidos escultores argentinos.

Tras el periodo formativo, Paco inició una larga trayectoria profesional que le llevó a contar con un taller de varios hornos en el que llegaron a trabajar hasta 10 operarios. Del taller saldría numerosas esculturas, algunas de gran tamaño, destinadas a jardines y plazas públicas de diversas ciudades argentinas, constituyendo esta una de las etapas más felices y fructíferas de su vida. Esta bonanza se vería truncada con la crisis que padeció la Argentina a raíz de los golpes militares que sumieron a al país en la miseria.

El recuerdo de España siempre estuvo presente en la vida de Paco y su familia, como es pauta en las familias de todos los emigrantes. Y aunque pensó en venir a visitar su tierra natal en muchas ocasiones, las circunstancias familiares no se lo permitieron hasta 40 años después de haberse ido. Fue a raíz de sufrir dos infartos que sintió la necesidad imperiosa de volver a España, temiendo que la salud se lo impidiese definitivamente.

Es en 1987 cuando Paco, con 57 años ya, vuelve a España de visita, y se queda sorprendido por el Progreso que había en nuestro país. Volvió a Buenos Aires, pues tenía la responsabilidad de cuidar de su madre, y tras el fallecimiento de ésta, Paco decide volver nuevamente a España, esta vez con la intención de quedarse definitivamente. A su vuelta a Montilla encontró trabajo como monitor de cantería y escultura en la Escuela Taller.

A través de familiares comunes, Paco conoció al aguilarense Manolo Bérchez, con el que hizo una gran amistad, a raíz de la cual Paco viviría, según nos ha contado, el suceso más bonito de su vida, que fue el de conocer a su mujer. Desde entonces traslada su residencia a Aguilar, sitiándose un vecino más del pueblo.

Ya en Aguilar paco ha realizado una prolífica cantidad de esculturas, que están repartidas por muchos pueblos de la provincia y otras ciudades de España, siendo la última la que presentamos esta noche dedicada al poeta Miguel Hernández.

Paco se siente hoy un aguilarense más, y lo verdaderamente trascendente es que muchos aguilarenses lo sentimos muy próximo, no solo por sus méritos profesionales o artísticos, sino por la ejemplaridad de su conducta y la calidez humana que dispensa a todos los que hemos tenido la suerte de conocerlo y contar con su amistad.

Quisiera concluir esta breve semblanza, con una frase de Paco que para mí confina el sentir íntimo que éste tiene hacia nuestro Pueblo. Me la relató un día que hablábamos amigablemente, y ante la pregunta de que si añoraba su tierra, Montilla, me constató sentenciando:

“Cuando estaba en Buenos Aires echaba en falta todos los días a Montilla, no me ocurre lo mismo en Aguilar. Es como si ser montillano y aguilarense fuese lo mismo”.

Creo que no cabe mayor declaración de amor a un pueblo foráneo que el sentirlo con el mismo apego que uno tiene a la tierra que le vio nacer. Por eso Paco, al confesar que siente en igualdad a Montilla y Aguilar, nos muestra la prueba indeleble de que es, por merito propio, un hijo más del pueblo, en el que encontró el mayor tesoro que le ha regalado la vida: su compañera Antonia.

Concluyo este breve relato con las palabras que Paco Márquez dedicó a la escultura que presentamos esta noche:

Me contaba que el busto de Miguel Hernández lo había realizado como homenaje y la admiración que había sentido siempre por  este poeta, sobre todo por los valores que tuvo y defendió en su vida. Dice Paco que fue un ejemplo insuperable de integridad y humanidad llevada a lo máxima expresión, como fue entregar su vida por defender estos principios y sus ideales comunistas. Yo lo admiro mucho, me cuenta Paco, y me gustaría que mi escultura sirviese para que las nuevas generaciones tengan presente su ejemplo.

 

Antonio Maestre Ballesteros