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El fútbol no me interesa absolutamente nada. Hace muchos años que no veo un partido de fútbol, por la sencilla razón de que no encuentro placer estético en ello. Creo que el fútbol, como el resto de los deportes de masas hoy en día, es simple y llanamente un negocio que mueve miles de millones y que pone de manifiesto la peor cara del capitalismo: la avaricia, la insolidaridad, la competitividad desmedida, etc.. ¿Y a qué viene todo esto? Evidentemente, al mundial de Sudáfrica. Como he dicho, yo, el otro día, no estuve sentado frente al televisor viendo el partido de la selección española. Así que no sé si los jugadores españoles jugaron bien o mal, si sudaron o no la camiseta o si el árbitro se tragó dos o cuarenta y cuatro penaltis. Y sin embargo, alucino. Alucino con la gente que sale en la televisión con rostros compungidos, alucino con los medios de comunicación, alucino con ese ataque de patriotismo verbenero (un inciso: decía el poeta Ángel González, que sí era aficionado al fútbol, que cuando jugaba la selección y veía todas esas banderas rojigualdas, le entraba un ataque de pánico). En fin, que alucino bastante. La mayoría de los aficionados de este país piensan (o pensaban, hoy tal vez ya han cambiado de opinión) que España va a ser campeona del mundo. Aunque no hubiesen jugado ni un solo minuto y teniendo en contra el peso innegable de la historia. Para mí, lo que ocurrió en el partido de fútbol entre Suiza y España, no deja de ser una gran metáfora de lo que abunda en este país: una falta de humildad que tira de espaldas. Es como si viviéramos en una burbuja que nos aisla del resto del mundo y sólo nos deja ver lo que queremos. Aún recuerdo al presidente Zapatero, no hace mucho, decir que la economía española era la séptima del mundo, por delante de Italia, y que muy pronto adelantaría a la francesa. Unos meses después, estamos a la cola de Europa en todo, salvo en desempleo y en recortes sociales, que en eso, este país sí que es campeón del mundo mundial. Con la selección ocurre exactamente lo mismo: los que iban a ser campeones del mundo, un equipo repleto de estrellas con sueldos estratosféricos, perdieron con Suiza. En fin, no hay nada como la realidad para poner las cosas en el sitio que le corresponden. 
Por otra parte, cuando uno se entera de las primas que cobrarían los jugadores de la selección si se proclamasen campeones del mundo, a uno le entra una mala leche increíble. Y es que en el hipotético e improbable caso de que la selección española ganase el mundial, cada uno de los veintitrés jugadores se llevaría para su paraíso fiscal particular, la escalofriante cifra de 600.000 euros, es decir, cien millones de pesetitas (yo, por lo que pueda pasar, voy a recuperar el término peseta porque me da que el euro va a durar poco). Con la que tenemos encima, plantear siquiera que alguien pueda ganar esa cantidad jugando al fútbol, me parece una auténtica aberración. Así que, por el bien de la hacienda pública, espero y deseo que la selección no gane el mundial. Mucho más barato nos saldrá a todos. Y además ese dinero se podrá emplear en otros menesteres más provechosos para la sociedad.

Rafael Calero Palma