Sor Modesta en el recuerdo

Para varias generaciones de aguilarenses, que superan ya, en edad, la mitad del siglo, Sor Modesta constituye un referente emocional que les remite a los primeros recuerdos de una infancia que transcurrió entre hábitos monjiles y aromas desprendidos del viejo jazmín que llenaba de verdor y blancas flores el rincón sombrío del patio escolar.

Educadora de niños, su bondad y corpulencia fue divisa y guía de una chiquillería que asediaba con gritos la indulgente caridad de esta mujer, y llenaban de vida los blanqueados y empedrados corrales del antiguo hospital de Santa Brígida.

Sor Modesta fue el alma de una escuela de grandes ventanales y sillas de enea donde la santa paciencia de la monja buena soportaba hasta límites imprevisibles las diabluras de inocentes niños.

Su mirada, espejo del alma, rebosaba a raudales el inmisericorde estoicismo necesario para lidiar con una caterva de niños reclutados de las calles,  y sometidos a las reducidas fronteras de una clase delimitada por varias hilera de sillas bajas que instauraban el orden en los educandos reunidos en torno a la omnipresente figura de la voluminosa monja.