Un  Bando de Carnaval del siglo XIX

Cuando es ya inminente la llegada del Carnaval 2014 reproducimos en esta sección dedicada a  la historia local el Bando que publicó el alcalde José Carmona Castellano en 1883 para regular la celebración de estas fiestas en nuestro pueblo en dicho año. De todos es conocido que al igual que sucedió con la Semana Santa, antítesis de las Fiestas de Carnaval, estas celebraciones ancestrales han surcado en su larga trayectoria histórica periodos de prohibiciones y regulaciones auspiciadas por las medidas otorgadas por las autoridades religiosas y políticas de esos tiempos.

Estas prohibiciones marcaron ciclos de auge o decadencia en unas fiestas que se han caracterizado siempre por el fuerte respaldo popular que han concitado, elemento éste que las ha proyectado y preservado en el tiempo, evitando su total desaparición. Precisamente este año se cumplen tres décadas de la refundación del Carnaval de Aguilar tras haber sufrido este el confinamiento  de los 40 años de dictadura franquista en los que su celebración estuvo prohibida y perseguida.

En 1984 renacía el Carnaval de Aguilar, y tal como muestran los legajos antiguos, un siglo antes, en 1883, se permitía su celebración en nuestro pueblo pero bajo unos condicionantes muy concretos, que restaban la independencia necesaria para el desarrollo de una Fiesta cuya esencia es fundamentalmente la libertad de expresión y  reunión.

El Carnaval de 1883 estuvo encuadrado en un periodo político muy concreto, como fue la Restauración,  y dentro de los tres años comprendidos entre febrero de 1881 -llamada de los fusionistas al poder- y enero de 1884 -fin del gobierno de la Izquierda Dinástica, ciclo político en el  que se dio cierta permisividad con esta fiesta, aunque como muestra el Bando Municipal muy reglamentada y controlada.

  Don José Carmona Castellano, Alcalde accidental de esta Ciudad

 

Hago Saber

 

Que por el artículo diecisiete de las Ordenanzas Municipales queda prohibido que las máscaras durante los tres días de Carnaval, acudan por las calles después de la oración, no pudiendo estas usar trajes de eclesiásticos, de orden religiosa, ni funcionarios públicos, no pudiendo usar armas de ninguna clase, a pesar de que lo requiera el traje del disfraz.

En su virtud y para que no se haga incurrencia, espero de la sensatez  de este vecindario  me evitaren el disgusto por más sensible que me sea de castigar los infractores con las penas que  marcan dichas ordenanzas.

Aguilar febrero 1883.

 

Antonio Maestre Ballesteros