San_felicianoLos milagros de San Feliciano o la estafa de los curas de Aguilar

La investigación en la prensa histórica nos revela en ocasiones noticias curiosas de hechos sucedidos en Aguilar, de los que no teníamos ninguna constancia documental, ni tampoco habían pervivido en la memoria colectiva. Son muchos y diferentes los temas sobre los que tratan estas noticias, vinculándose la que revelamos hoy con la manipulación de la  religión o beatería en beneficio, en este caso, de varios curas residentes y nativos de Aguilar.

Los milagros y prodigios vinculados a santos o vírgenes es cuestión común en la historia de la iglesia. Paralelo a ellos se han forjado también las grandes estafas, muchas de ellas reconocidas por la propia iglesia a lo largo de la historia. Timos que han tenido siempre como objetivo último el expoliar económicamente a la gente, bien en beneficio de la propia Iglesia o de alguno de sus miembros o ministros. Solo desde la fe de un creyente se admite los fenómenos o prodigios que los católicos llaman milagros, y que para un ateo o agnóstico no deja de ser una estafa en toda regla.

El relato que trascribimos a continuación, es un ejemplo de cómo se vivió en el Aguilar de mediados del siglo XIX un fraude de estas características, promovido y auspiciado por el clero local, a cuya cabeza se encontraba un sacerdote local que, con toda la agudeza del mundo, unió su genealogía a la de un santo italiano: San Feliciano, y ni corto ni perezoso se plantó en la misma Roma para traerse hasta su pueblo de la campiña cordobesa una imagen del citado mártir.

Tal como prueba el relato enviado por el corresponsal local del  periódico madrileño (El Espectador) el 27 de julio de 1845, el verdadero interés de este cura no fue otro que el de, aprovechando la superchería de la gente, rentabilizar la piedad y beatería de la sociedad de la época.

Cuenta el relato:

Un eclesiástico de Aguilar hubo de  averiguar que en su genealogía figuraba San Feliciano, y para aumentar el timbre de la familia con el mejor de todos ellos, ha traído una efigie del Santo  nada menos que de Roma. Tan luego que llegó a su casa fueron muchas personas a visitar al huésped, y con la mejor fe, por supuesto, principiaron a cundir que era un santo extremadamente milagroso .Para el vulgo que propende a creer todo lo que le maravilla, no pasaban desapercibidas tales nuevas, y multitud de personas se agruparon a rogarle según sus deseos o necesidades.

Como era tanta la concurrencia, aún de los pueblos bien distantes, fue menester poner coto  al desorden que causaba el bullicio, y al efecto se constituyeron algunos eclesiásticos en la sala donde se hallaba el santo y no permitían que ninguna persona permaneciese allí mucho tiempo. Era muy raro que no se publicasen dos o tres milagros potentes, por cuya razón acrecía más y más la devoción hacia el santo. Vendían sus estampas, aunque mal hechas, a buen precio en la puerta de la iglesia, adentro recogían bastante limosna, y después daban a cada cual de los que entraban a orar una cintita tocada en la urna donde se custodiaba el santo sin exigir retribución, pero invitando a ella con fervor y buen éxito.

Así las cosas, y cuando los eclesiásticos estaban reuniendo un capital muy decente, el señor jefe político, incrédulo como el que más, ha impedido la vista del santo mandando trasladarle a una iglesia, y entregar la cera a un convento de monjas, según me han dicho, con lo cual precisamente se ha enojado el santo, y se ha enfriado la devoción que había, de tal manera que se acabaron los milagros y  las limosnas.

El explícito texto, permite rememorar unos hechos que ponen de relieve la trama de pillaje y fraude montada por el clero local, y desbarataba por el Jefe Superior Político de la Provincia (Gobernador Civil), que puso al santo en su sitio: la iglesia, donde parece ser se acabaron todos sus supuestos prodigios.

Aún así es de resaltar la entelequia del cura local que unió su genealogía a la del santo italiano que, según está datado, vivió en el siglo segundo de nuestra era.

Antonio Maestre Ballesteros