casDe cuando Aguilar estaba en la Frontera

El siglo XIII fue, como es bien sabido, el siglo de la conquista de Andalucía o, para ser más precisos, del territorio que hasta el siglo XIX se conoció como Andalucía y que comprendía los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla. Iniciada por Fernando III, continuada por Alfonso X y concluida por Sancho IV, las tierras del Guadalquivir y de la Baja Andalucía se incorporaron, con todas las consecuencias y de forma definitiva, a la corona de Castilla. Así pues, durante el reinado del Rey Sabio (1252-1284) Andalucía fue, simultáneamente, tierra de conquista, tierra de repoblación y tierra de frontera. Y como tierra de conquista y de frontera, su repoblación estuvo marcada por un acusado carácter militar que hizo de la sociedad andaluza del siglo XIII “una sociedad organizada para la guerra”. Ahora bien, la necesidad de saldar las campañas de conquista y recompensar a los caballeros por los servicios militares prestados a la Corona, el interés del monarca por repoblar cuanto antes un amplísimo espacio recién anexionado, y, sobre todo, el peligro que entrañaba la proximidad del enemigo nazarí llevaron a Alfonso X a conceder a la nobleza seglar y eclesiástica señoríos en la misma raya limítrofe. En el presente artículo analizamos fundamentalmente la naturaleza de dichos señoríos, así como su papel decisivo en la defensa del territorio. Tras hacer una primera valoración de los dominios entregados por Fernando III en tierras andaluzas, entramos de lleno en el estudio de esa compleja y pragmática política alfonsí consistente en la concesión de territorios fronterizos a miembros de la nobleza, entre los que se puede diferenciar perfectamente cuatro categorías: familiares del monarca, ricoshombres castellanos y leoneses, sedes episcopales y órdenes militares.

Señoríos nobiliarios en la frontera de Granada durante el reinado de Alfonso X

La frontera nacida de las campañas militares emprendidas por Fernando III y Alfonso en Andalucía unía Cartagena con Tarifa y discurría por el límite natural que separa el valle del Guadalquivir de las cordilleras Béticas. Esta raya divisoria trazada “de barra a barra”, como expresa la fórmula cancilleresca habitual, pasaba por un sinfín de valles, puertos y tajos, donde la defensa de la marca se antojaba más factible y donde la división administrativa de la misma tendió consecuentemente a su fragmentación18. En el Bajo Guadalquivir, la delimitación entre el reino de Castilla y el emirato nazarí comenzaba allí donde la campiña daba paso a las primeras estribaciones de los montes del Terciario, mientras que en el Alto, dibujaba una línea casi equidistante entre las montañas penibéticas y Sierra Morena. Se trataba, en definitiva, de un paisaje rico en cuencas y desfiladeros, sobre todo en el antiguo reino de Jaén, contexto que propició una intensa proliferación de señoríos. Así es. La configuración orográfica de la primera línea de frontera impuso una extraordinaria atomización de poderes, amén de condicionar también las técnicas poliorcéticas practicadas19.

Las concesiones reales de villas y castillos fronterizos a miembros de la nobleza respondían a dos razones principalmente: premiar el esfuerzo de los caballeros que habían participado en la conquista y asegurar la defensa de las plazas ganadas. No obstante, hubo discrepancias a la hora de decidir cuál sería la naturaleza de los nuevos señoríos. El príncipe don Alfonso propuso que las donaciones de villas y tierras a los nobles tuvieran la condición de feudos, lo que llevaba implícito la obligación por parte de los beneficiarios de prestar vasallaje a la Corona y, en este sentido, quiso el infante que los ricoshombres y maestres de las Órdenes “fiziessen guerra et paz daquellos heredamientos por mí o por aquél que fuesse rey de Castella et de León después de días del rey mío padre”20. Era en toda regla el auxilium del viejo derecho feudal.

Sin embargo, esta pretensión chocaba frontalmente con los intereses de algunos nobles, que consideraban los donadíos como una recompensa que hacía el monarca por los servicios militares prestados y, en consecuencia, no debían tener ningún tipo de contraprestación. A la postre, prevaleció la idea del infante heredero de manera que en la práctica totalidad de los diplomas que expidió concediendo señoríos –una vez hubo accedido al trono- leemos la cláusula “que fagan por nos guerra y paz”.

En fechas muy tempranas se produjeron las primeras concesiones de dominios fronterizos a ricoshombres y magnates del reino. Pero había diversidad entre los beneficiarios y tenentes: unos eran miembros de la propia familia real, otros pertenecían a la rancia nobleza castellana, otros eran titulares de sedes episcopales y, por último, hubo también señoríos donados a las órdenes militares. Por este orden, nos disponemos a analizar las características de cada uno de ellos.

Ricoshombres y caballeros

Los nobles castellanos y leoneses también recibieron señoríos en la frontera. De aquéllos que fueron concedidos en tiempos de Fernando III –como el de Sancho Martínez de Jódar- ya hemos adelantado algo. Don Sancho Martínez de Jódar recibió de don Fernando, como recompensa por su activa participación en las campañas de conquista, la tenencia vitalicia de los castillos de Chincoya y Ablir, en el reino de Jaén35. El monarca debió de otorgárselos recién conseguidas las plazas, habida cuenta que ya en abril de 124336, cuando todavía no había sido ocupada la ciudad de Jaén, Fernando III donaba ambas fortalezas al concejo de Baeza que las recibiría “post mortem ipsius Sancii Martini”, es decir, una vez fallecido el magnate. Por el privilegio de concesión de Chincoya y Ablir a Baeza sabemos que los derechos del de Jódar sobre este señorío jiennense eran vitalicios y que se trataba de plazas pobladas por mudéjares, quienes pagaban algún tipo de tributo (“redditus”) tanto al rey como al propio Sancho Martínez37. La tenencia perduraba aún en julio de 1260, fecha en la que Alfonso X optó por conceder los castillos de Chincoya, Cuadros y Neblín38 a la catedral de Jaén, que los tendría“después de días de Sancho Martínez”39. Asimismo, en marzo de 1269 el monarca confirió al magnate castellano la Torre de Garcíez con todo su término40. Según Antonio Ballesteros, las razones de esta donación alfonsí estarían relacionadas con los servicios que recientemente había ofrecido don Sancho Martínez en la frontera, “acaso en relación con el auxilio prestado a los Ashqilula”41. De todas maneras, todavía en abril de 1273 el castillo de Garcíez seguía en manos del concejo de Baeza porque el día 21 de ese mes don Alfonso ordenaba a los jurados reales de la villa que hicieran entrega de la fortaleza al caballero castellano42. Tras la muerte de Sancho Martínez43, Chincoya y Ablir no pasaron a depender ni del concejo baezano, ni de la Iglesia de Jaén, como inicialmente se había previsto, sino que fueron concedidas a un tal don Bretón44. Sancho Martínez de Jódar fue, por tanto, un poderoso señor del Alto Guadalquivir, con propiedades también en el Aljarafe sevillano45, curtido en la guerra fronteriza46 y, como buen conocedor de Andalucía, llegó a desempeñar el cargo de adelantado mayor de la Frontera entre junio de 1253 y abril de 1258.

De menor entidad que el de don Sancho Martínez fue el señorío que don Diego Sánchez de Funes poseyó en el valle del Guadalbullón, también en el reino jiennense. Allí el magnate controló las fortalezas fronterizas de Carchel y Cazalla. Carchel había sido donada por Alfonso X a don Pascual, obispo de Jaén, en julio de 125347, pero en abril de 1271 Diego Sánchez y la Iglesia jaenesa llegaban a un acuerdo sobre el reparto de los diezmos de Carchel y Cazalla, indicio incuestionable de la tenencia de estas fortalezas por el noble castellano. Ignoramos desde cuándo se venía produciendo esta situación aunque sí sabemos que en mayo de 1271 ya habría acabado porque a mediados de ese mes el rey concedía a la catedral de Jaén 50 maravedís alfonsíes sobre las rentas del almojarifazgo de la ciudad a cambio del recinto de Carchel48. Sobre la evolución posterior de Cazalla no existen noticias

Al igual que don Sancho Martínez, don Diego Sánchez era un hombre experimentado en la guerra de frontera50, detentor también –como acabamos de ver- de un pequeño señorío en el sector frontero del reino de Jaén y, tras el repartimiento de Sevilla, de otro mucho más extenso en el término de Tejada51,y, como aquél, fue titular igualmente del oficio de adelantado fronterizo, ocupando el puesto en dos momentos distintos: el primero, entre junio de 1258 y enero de 1261, y el segundo, entre junio de 1272 y marzo de 1273. Además de los señoríos de estos significados caballeros de frontera, sobresalen los dominios que Alfonso X asignó a don Nuño González de Lara, el primer magnate del reino.

Uno de ellos fue el alcázar de la villa de Écija, la primera posesión que tuvo don Alfonso en Andalucía siendo aún infante y que, en algún momento, perteneció a la reina doña Violante52. El otro residió en el alcázar de Jerez, que don Nuño confió a su vasallo Garci Gómez Carrillo53. El señor de Lara ostentó la tenencia de la fortaleza jerezana hasta la sublevación mudéjar de 1264, y la del alcázar astigitano hasta su muerte ante las murallas de la propia Écija, en 1275. Don Nuño recibió también un donadío mayor en el repartimiento de Sevilla, como correspondía a su condición de ricohombre principal del reino54.

Existieron otras tenencias nobiliario-seglares en la misma línea de frontera, aunque con titulares menos relevantes que los antes citados. Uno de ellos fue don Gonzalo Yáñez Dovinal, señor de la villa y castillo de Aguilar desde que en abril de 1257 le fueran otorgados a perpetuidad por el rey don Alfonso55. En las mismas condiciones, es decir, “por juro de heredad para siempre jamás”, donó Alfonso X, en julio de 1258, la fronteriza aldea de Bornos, “que es en término de Archos”, al caballero aragonés don Per del Castel56, “por seruiçio que nos fiziestes” aduce el documento57. Finalmente, sabemos que al menos desde 1260 la familia Arias poseyó una enorme hacienda en la villa de Espejo, sobre la que el caballero frontero don Pay Arias de Castro, cuyo nombre aparece por primera vez en un documento fechado el 16 de abril de ese año, fundaría su propio señorío algunos años más tarde.