Antonio González Martínez Foto 1 - copiaEn el tiempo de Cuaresma dedicamos el capítulo de esta sección a uno de los artistas más sobresalientes que trabajaron para la Semana Santa de Aguilar en los años de posguerra. Está acreditada su autoría en varios tronos y otros elementos religiosos que se estrenaron en ese periodo, y determinaron en gran medida la estética de la Semana Santa de Aguilar de mediados del siglo XX. Un magnífico trabajo biográfico y curricular realizado por Antonio Luís Jiménez Barranco nos descubre la figura de este tallista y escultor sevillano, afincado en la vecina ciudad de Montilla.

ANTONIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ «EL TALLISTA». UNA PRIMERA APROXIMACIÓN A SU VIDA Y OBRA.

En su tarjeta de presentación rezaba: “Antonio González Martínez – Tallista / Escultor / Dorador Restaurador – Sánchez Molero, 6 – Montilla”. Un membrete cuyas tres líneas pueden resumirse a una sola palabra: Artista.

Nacido el 1 de enero de 1917 en Morón de la Frontera (Sevilla), Antonio es fruto del matrimonio de Manuel González Clavijo y Josefa Martínez Muñoz . Muy pronto se traslada a Sevilla para iniciar su formación en la Escuela de Artes y Oficios, en la que cursa dos años, y más tarde ingresará en la Academia de Bellas Artes, destacándose en las asignaturas de Dibujo Artístico y Lineal.

Con tan solo 10 años compagina los estudios reglados con el aprendizaje del oficio en el taller de carpintería del hispalense Rafael Blanco durante cuatro años. Cumplidos los 18 años y tras cuatro años como ayudante de tallista, en 1935, alcanza la categoría de oficial de taller.

Un año después irrumpe la Guerra Civil. Avanzada la contienda, Antonio González es llamado a filas por la Comandancia de Morón, su pueblo natal, para incorporarse al servicio militar, siendo destinado al Regimiento de Infantería de Cádiz nº 33. Dada la situación estratégica en que Montilla queda tras los primeros compases de la guerra, nuestra ciudad alberga gran cantidad de tropas que se dirigen al frente. Una de las unidades que permanece es el Regimiento en el que se halla destinado nuestro biografiado. Precisamente, durante sus días montillanos conoce a la que será su esposa y madre de sus ocho hijos, la joven montillana María Josefa Polonio Luque.2

Finalizada su etapa castrense, Antonio es licenciado en diciembre de 1939 y regresa a Sevilla donde vuelve a ocupar su puesto de trabajo, el cual le había sido reservado. Allí continúa hasta septiembre de 1940, fecha en que decide marchar a Montilla para formar una familia junto a su prometida, con la que había iniciado una relación antes de que su regimiento abandonase nuestra ciudad.

Una vez en Montilla, se instala en un hostal de la calle antigua Mesones (hoy Hermanos Garnelo) y comienza a trabajar en la carpintería de Alberto Leiva Garrido, quien le ofrece todo tipo de facilidades y es acogido como uno más de la familia. Leiva le ofrece un banco de trabajo en su propio taller de la calle  Enfermería, donde nuestro joven maestro acomete sus primeros trabajos artísticos.

El 7 de diciembre de 1941, en la Parroquia de Santiago, contrae matrimonio con María Josefa, hija de Rafael Polonio y Francisca Luque, que, como hemos referido antes, será la madre de su numerosa prole . El matrimonio fijará su hogar familiar primero en la calle Don Gonzalo y después en la calle Sánchez Molero nº 6, el mismo edificio donde ubica su propio taller.

La posguerra fue un período de exaltación religiosa, habida cuenta del precedente republicano en que la fe católica fue oprimida y perseguida. Fueron los años del retorno de la religiosidad popular a la vida pública, cuya consecuencia se reflejará en las cofradías y hermandades, que recomponen, renuevan e incrementan su patrimonio.

Son lustros de infinitas horas de lápiz, papel, carboncillo y gubia en el taller de Antonio González, como ahora iremos desgranando. Dados los numerosos encargos, el maestro no duda en introducir en su taller a varios aprendices, llegando a crear, con el tiempo, una verdadera escuela.

El estilo de sus dibujos se fundamenta en las formas emanadas de la tradición barroca andaluza, si bien bucea en otros estilos anteriores (p. ej., el Gótico), tal como lo prueba uno de sus primeros trabajos en nuestra ciudad, cual es la tapa de la pila bautismal de la Parroquia de Santiago, que talla en 1941, completando así la laboriosa carpintería de la pieza realizada por su mentor, el montillano Alberto Leiva.

A partir de entonces se prodiga el buen hacer de gubias, escoplos y cinceles. De esta manera, se abre en su trayectoria profesional una larga etapa donde predominan los tronos y pasos para las cofradías montillanas y de la provincia. En todos ellos quedarán plasmados sus inconfundibles altorrelieves, donde el artista materializa su dominio de la proporción, el equilibrio y la anatomía.

En nuestra ciudad trabajará primeramente para la hermandad de Jesús Nazareno, en la talla y dorado del paso de palio de la Virgen de Dolores, estrenado en 1942. Un año después realiza la cruz, el trono y faroles para el Cristo de la Yedra, además de restaurar las imágenes del Señor Rescatado, Jesús Nazareno y San Juan.Foto 3

Asimismo, la hermandad de Jesús de las Prisiones le encomendará la restauración de Jesús en la Oración del Huerto en 1944, mismo año en que realiza la talla del nuevo paso y varas de palio de la Virgen de la Esperanza, policromado en verde y pan de plata. Aunque el sello más personal de Antonio González Martínez en la hermandad de El Prendimiento se puede contemplar al inicio del cortejo procesional del Jueves Santo, ya que también realizó la cruz de guía.

Como antes anunciamos, para la cofradía del Cristo de Zacatecas –de la que era hermano– realizó la cruz arbórea, el trono, faroles y vara del hermano mayor, todo para ser estrenado el Martes Santo de 1945. La suspensión de esta procesión en 1954 hizo que su patrimonio recalara en otras cofradías de la localidad. En la actualidad la cruz soporta al exánime Cristo del Perdón, el trono porta a Jesús Recatado la mañana del Viernes Santo y la vara del hermano mayor está desaparecida.

Al año siguiente de de la fundación de la hermandad de Cristo Resucitado (1948), Antonio González realizó el trono de su titular, siendo la cartela que preside el frontal del paso (busto de Dolorosa) uno de los elementos más sobresaliente de este trabajo, digno de su maestría. Pasados algunos años, la cofradía le encomendaría la restauración del titular, que presentaba problemas estructurales en su parte inferior.

Sin embargo, una de sus principales obras se materializó para la cofradía de Nuestra Señora del Rosario: nos referimos a los respiraderos del trono procesional, reciclados como basamento del tabernáculo sito en la zona presbiteral de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol en la actualidad. En ello, el artista desplegará toda su sabiduría, desarrollando en sus cartelas, con destreza, los quince misterios del rosario, ornamentadas por una exuberante talla barroca llena de curvas, hojarascas, volutas y rocallas, resueltas con soberbios golpes de gubia, limpios y certeros, consiguiendo así solventar el horror vacui propio del barroco. Por su parte, en las esquinas del paso el maestro recurre a una imaginada sucesión vertical de nubes y querubines entrelazados a óvalos y hojas de acanto.

Al parecer, el paso estaba concebido para ser dorado, pero la falta de presupuesto impidió la realización de esta fase, lo cual no fue óbice para plantear una alternativa estética por parte de González Martínez, cual fue la cubrición de la talla con una base estucada en marfil envejecido y el realce de las cartelas iconográficas mediante su policromía. Finalmente, el paso fue estrenado en el año 1949.

Tras el éxito obtenido con aquel soberbio encargo, los trabajos de González para la cofradía mariana no cesarán en este punto, ya que, pronto, se le encomendará la restauración de su valioso camarín, joya dieciochesca del artista lucentino Pedro de Mena Gutiérrez.

Los trabajos de factura propia de su taller fueron alternándose con los de restauración que llevó a cabo en varias de las iglesias montillanas. Así pues, con motivo de la segunda venida de la Compañía de Jesús, recibe el encargo de Francisco de Alvear, conde de la Cortina, de la restauración y adecuación de los bienes muebles de la antigua iglesia, popularmente llamada de San Francisco, en 1943. Al concluir las obras del nuevo templo de La Encarnación –hoy basílica menor– le fue confiada la tarea de trasladar los retablos, imágenes, cuadros y demás moblaje a la nueva iglesia, que será consagrada en 1949.

Para los jesuitas también realizará el paso del Sagrado Corazón de Jesús, que después fuera adquirido por la hermandad de la Santa Cena, en el que aún sigue procesionando por las calles de Montilla.

En 1955 la antigua ermita de San Sebastián, que estaba cerrada al culto, fue rehabilitada integralmente para convertirla en parroquia. En este caso, Antonio González acomete la restauración de los retablos e imaginería, desmontó el retablo mayor y una vez saneado lo volvió a ensamblar. Entre tanto, su buen amigo, el pintor Ildefonso Jiménez Delgado, restauró las pinturas murales del presbiterio.

Antonio González también trabajó para el colegio salesiano. En la iglesia, acometió la decoración del camarín de María Auxiliadora y realizó la peana de la Virgen, tallada y sobredorada, a la que acompañan Foto 4dos ángeles de bulto redondo, donde dejó retratados a sus dos hijos mayores.

Como hemos señalado antes, Antonio González no sólo trabajó para Montilla pues su notoriedad en la restauración y en la talla le hizo recibir encargos de toda la provincia. En Aguilar de la Frontera, realizó para la imagen de Jesús Caído una de magnífica cruz totalmente tallada y calada, en 1945, donde da  muestra –una vez más– de su maestría y dominio con la gubia, y dos años después la misma cofradía le encargará el trono para su titular. Dado su éxito en la vecina población, le serán contratados los pasos de la Virgen de los Remedios en 1950 y de Nuestra Señora de la Amargura en 1953. Aunque carecemos de soporte documental, es probable que también interviniera en el trono del Cristo de la Expiración.56

«El Tallista», como era popularmente conocido, también llevó a cabo una importante intervención en la vecina población de Santaella. Allí acometerá en 1953 la restauración del retablo mayor del santuario de Nuestra Señora del Valle, donde  sufrirá una caída del andamio de la que milagrosamente sale indemne. Tan portentoso hecho, hizo que nuestro biografiado viese la intercesión divina en su favor, lo que le llevó, como gesto de desagravio, a bautizar a una de sus hijas -nacida días después- con el nombre de María del Valle, tal como se advoca la patrona de Santaella.

Además del ámbito religioso, Antonio González abordó numerosos trabajos de talla para carpinteros y ebanistas de toda la provincia, entre los que hay que destacar el ornato de muebles domésticos, así como para oficinas, bufetes y bibliotecas de aristócratas, abogados, médicos, etc… En este sentido, cabe recordar el despacho elaborado en madera de olivo por el ebanista Joaquín Salido y tallado por nuestro protagonista, que fue obsequiado por la localidad de Castro del Río al entonces Jefe del Estado, Francisco Franco.

Los años del desarrollismo fueron duros para el viejo gremio de artistas y artesanos, ya que el nuevo sistema económico y mercantil evoluciona hacia la fabricación industrial, donde la artesanía parece no tener cabida.

Como tantos andaluces, Antonio González y su familia se ven obligados a emigrar. De nada sirvieron los numerosos méritos y reconocimientos logrados en exposiciones y muestras de arte, industria y artesanía. En 1962 se traslada a Madrid, allí se instala y abre un nuevo taller en sociedad con el tallista Abel Díaz, en la calle Antonio López, donde llevará a cabo numerosos trabajos hasta su jubilación.

Sus últimos años los pasa en Madrid, ciudad en la que fallece el 21 de febrero de 1993. Sus restos mortales fueron trasladados a Montilla, y descansan en el cementerio de San Francisco Solano, donde recibieron cristiana sepultura tras el funeral oficiado en la Parroquia de Santiago al día siguiente de su óbito .

Agotada la vida del artista nos queda su legado, que aún forma parte del patrimonio de nuestra Semana Santa, principalmente. Dada su sencillez y humildad, el maestro no acostumbraba a firmar sus trabajos, aunque la mejor rúbrica está en la calidad y la personalidad de los mismos.

Sirva esta primera aproximación para abrir una ventana a la Historia del Arte y evitar que la extensa labor de Antonio González Martínez caiga en el olvido. Parte de ella ha sido aquí enumerada, pero es preciso ampliar su biografía, catalogar la obra dispersa y estudiarla en su conjunto, ya que este trabajo sólo pretende ser el proyecto de un gran edificio.

Esperemos que a la lectura de este breve andamiaje sobre el que se sustenta su memoria surja el interés de profesionales, especialistas e instituciones para recuperar la figura de este «oceánico» artista. La primera piedra ya está colocada.

Nota: Este breve artículo no está terminado sin dejar constancia de mi agradecimiento a los hijos del biografiado, Pepi y Antonio Manuel González Polonio, y asimismo a Manuel Leiva Ponferrada, José Galisteo Martínez y Antonio Maestre Ballesteros, por sus testimonios y el material gráfico cedido.