El Parlamento de Cataluña ha prohibido, por fin, las corridas de toros en esa Comunidad. Digo por fin porque el asunto lleva coleando más tiempo del necesario, fracturando la opinión pública de un país que no está para muchas zarandajas.

Recientemente, también había leído en la prensa la noticia de que un grupo de personas había solicitado al alcalde de Puente Genil que prohibiera las atracciones de ponis en la feria.

Ambos temas, sin ser estrictamente comparables, sí nos llevan a una misma reflexión: la utilización de los animales para el entretenimiento del hombre.

Tengo que manifestar rotundamente mi rechazo a esa práctica. Al ser humano se le supone la inteligencia necesaria para encontrar la diversión sin aplicar la crueldad a otros seres vivos. Cuando observo “espectáculos” como los del toro embolado, el emplumado con dardos, el ensogado o el famoso de la Vega de Tordesillas, cuando veo imágenes de un circo en las que se empeñan en mostrarnos las habilidades de chimpancés, leones o elefantes o cuando contemplo entretenimientos como el de cargarse una escopeta al hombro para asesinar animales no puedo dejar de pensar que hemos perdido el norte.

Pero tanto como los “espectáculos” en sí, me revienta uno de los argumentos que se utilizan para su defensa: la tradición. Reconozco que la palabreja me pone nervioso ya que, amparándose en ella, parece ser que cualquier tipo de barbarie está permitida.  El argumento es siempre el mismo: el mero hecho de que algo se realice desde tiempo inmemorial, le otorga validez en la actualidad. En mi modesta opinión, creo que eso es una gran falacia. Entiendo que hay valores que prevalecen por encima de la tradición. Una sociedad moderna como la española debe estar lo suficientemente preparada como para adaptarse a los nuevos valores y rechazar las tradiciones que atentan contra ellos. Y qué duda cabe que uno de los más interesantes desarrollados en los últimos tiempos es el del respeto a la naturaleza y a los animales.

Por tanto, me alegro de que los catalanes hayan optado por la prohibición. Y animo al resto de las autonomías a que hagan lo mismo, porque si es cierta la afirmación de Gandhi de que la cultura de una nación se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales, entonces España vuelve a no estar a la altura de las circunstancias.

Procedencia de la imagen: linde5-otroenfoquenoticias.blogspot.com


Diego Igeño Luque