Desde hace meses observo cada mañana al salir de casa un hecho que no deja de sorprenderme y admirarme aunque se repita todos los días. Un gesto lleno de ternura hacia los indefensos animales, digno, según mi opinión, de ser elogiado, aunque como todo en esta vida también tiene sus detractores. 

Me cuentan que esta fábula comenzó en una fría noche del mes de febrero pasado, cuando una joven gata anduvo de amores por el laberinto de tejados de la iglesia del Carmen. En la vieja techumbre encontró a un gato peludo y gigantón con el que compartió una intensa madrugada de maullidos bajo la luna llena, siendo abandonada por el escurridizo lince cuando los primeros rayos del sol despuntaban en el horizonte.

 Entristecida y desolada, la gata de pelo azabache permaneció días y noches rastreando su amor entre las bocatejas del templo, esperando la vuelta del felino rufián. Desde entonces tiene su morada en los tejados de la capilla mayor junto a la balaustrada del viejo campanario, al que se sigue asomando, madrugada tras madrugada, esperando el regreso del gato que le prometió amarla eternamente y nuca más volvió.  

Todas las mañanas bajaba hasta los contenedores de la “callejuela” para conseguir el sustento de ella y los tres mininos que nacieron del amor compartido con el gato sin nombre. Poco a poco su docilidad le ganó el apego de personas cercanas al lugar, quienes le agradecían su mansedumbre depositando algunos alimentos junto al solar de la iglesia.

 En dicho auxilio destaca la protagonista de esta historia. Una mujer desconocida que, día tras día, llueva o ventee, acude a su cita mañanera con los gatos del Carmen. Un morralito de comida en la mano y un frasco con agua constituyen el reclamo para que la  negra gata y su prole la sigan cual flautista de Hamelin por la acera de la calle, componiendo una entrañable escena, incluso para quienes como yo, no somos muy dados a tratar con este tipo de animales.

 En ocasiones, durante los meses transcurridos, me he preguntado el porqué me resultaba tan familiar esta suceso, y he encontrado la respuesta escudriñando en las vivencias más ancestrales de mi niñez. Unos recuerdos que se avivan cada mañana cuando los gatos “carmelitas” salen al reclamo de la comida que le ofrece la anónima mujer, a la que he otorgado el sobrenombre de “Manuela”. Nombre que quedó grabado en los primeros escenarios de mi vida y conservo imperturbable en los entresijos más recónditos de mi existencia.

  Como diría el universal poeta andaluz, mi infancia son recuerdos de una casa de vecinos de la calle Cuestezuela; de un corral enlucido de cal; de sábanas blancas colgadas al viento en tendederos de cuerda y tranca con las que jugábamos al escondite los chiquillos; de un viejo granado bajo cuya sombra lavaban la mujeres en lebrillos y estregaderas desgastadas por el refriego de nudillos encallados; de un pozo lleno de desconchones y del chirriar de la vieja carrucha en el subir y bajar de la soga que sujetaba la cubeta de latón.     

 Un corral que era, además, claustro de acceso a los muchos “cuartos” donde moraban las familias que componían una típica colectividad vecinal de la época. Personas cuyos nombres y apodos quedaron grabados en el universo de mis afectos y en él permanecen  por siempre: Pepa “la juanea”, “el balalo”, Frasquita “la de las lentes”, “el quemaito” “la Frasquita Prieto”, y cómo no, Manuela “la de los gatos”.  

 Esta última vivía en la habitación de la entresala baja del viejo caserón; tenía entrada por la casa y ventana al corral. Era una mujer de menudo cuerpo curvado por los años, enlutada de cabeza a pies, arrugado el rostro y ennegrecidas las manos. Vivía acompañada por sus gatos, no sé cuántos, pero muchos, de todos los colores y tamaños.  Andaban por la habitación; se subían y bajaban a la esquelética cama de hierros torneados, a la vieja mecedora del rincón de la escalera, a la cocinilla de leña, a la silla baja de enea….., tras los ensortijados flecos de la colcha amarillenta se divisaban los platos niquelados que servían de comederos a la camada gatuna.

Se llamaba Manuela y le decían “la de los gatos”, porque para ellos y por ellos vivía. Nada más conozco de su biografía. No sé si tenía familia o no, si estuvo casada o era soltera, si tenía hijos……sólo recuerdo que vivía sola con sus gatos, a los que cuidaba y acariciaba, alimentaba y regañaba cual bebés faltos de cariño, sentimiento que ella generosamente les regalaba a cambio sólo de su compañía, sin duda, el tesoro más preciado en la soledad de la vida.

 Sirva este pequeño recuerdo de homenaje a aquella enigmática  Manuela de mi infancia, y de reconocimiento a la “Manuela” que cada mañana acude al solar de la iglesia  cargada de cariño para estos  animales sin importarle lo que diga la gente.    

 Antonio Maestre Ballesteros