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“Antonio era muy dicharachero. Llegaba y lo resolvía todo hablando. Convencía a la gente. Arreglaba las cosas de forma pacífica”. Así definía ayer un policía nacional a Antonio Reyes, el agente originario de Aguilar de la Frontera que el domingo por la tarde falleció tras ser atropellado por un vehículo cuando prestaba auxilio en un accidente en la ronda oeste de Málaga, cerca del falso túnel de Carlos Haya. Las palabras de Antonio Alhama, que ya se encuentra en segunda actividad, reflejaban la rabia que sentía por la muerte de este funcionario de acento cordobés y 60 años que deja viuda, dos hijas y había sido abuelo hace ya varios años.

Le conocía, aseguraba, “desde que tenían uso de razón”. Ambos nacieron en la localidad cordobesa de Aguilar de Frontera, aunque Antonio había estado fuera gran parte de su vida. “Como persona se le quería en todos los sitios; como policía, era bienvenido siempre. Cuando nos morimos, parece que todos éramos buenos, pero él lo era de verdad. Un tío abierto y legal. Sabía dialogar. Ese día descansaba pero cambió el turno”, recordaba ayer el hombre, convencido de que para ser “un buen policía hay que pisotear mucho la acera”. Antonio, afirmaba, lo fue. “Tenía mucha clase. Hay que calmar sin violencia, llevarse a la gente al huerto”, subrayaba. Le vio por última vez el martes de la semana pasada para tomarse una cerveza.

El agente, en palabras de este compañero, tenía previsto marcharse a su tierra natal una vez que terminara de reformar la casa de sus padres y era vecino de la barriada de la Luz. Tomó posesión en la Policía Nacional en 1978 y entre sus destinos figuraron ciudades como Badalona, Cataluña y Algeciras. En 1997, llegó a la Comisaría Provincial de Málaga, en la que desempeñó sus funciones hasta el momento del accidente.

Para otro efectivo, Antonio Reyes será recordado como un “compañero entrañable, la clásica persona que siempre estaba de buen humor”. “Gastaba bromas que gustaban. Siempre tenía una sonrisa. La primera vez que hablé con él me dio la impresión de que lo conocía de toda la vida. Estuvimos intercambiando anécdotas”, señalaba el agente, que resaltaba además su buena “predisposición para ayudar”. “Amaba la patrulla. No cambiaría su puesto de trabajo. Podría haber optado a un servicio más cómodo, a no tener que hacer noches. Se ha muerto haciendo lo que le gustaba”, expresaba.

Y como prueba de ello, precisaba el efectivo, murió al bajarse del vehículo policial para auxiliar a un conductor que había tenido una salida de vía al colisionar con otro coche, cuando circulaba por el carril izquierdo.

El silencio de los cientos de agentes y familiares que ayer acudieron al último adiós del policía dio paso a un emotivo aplauso en el Pabellón Deportivo de la Comisaría, donde fue instalada la capilla ardiente. El momento más emotivo tuvo lugar cuando la esposa y las dos hijas del fallecido recibieron la bandera nacional y la gorra de su uniforme. Durante la homilía, el sacerdote agregó que los caídos “no supieron vivir de otra manera” y que tampoco “quisieron morir” de forma distinta, mientras que también resaltó que el espíritu policial estriba en la “dignidad, entrega, generosidad y lealtad”.

El Día de Córdoba