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Con las primeras claras del día partía el autobús lleno de ciclistas ilusionados y colmados por las ganas de disfrutar de la que se intuía podía ser una magnífica jornada en compañía de aficionados y amigos reunidos para cruzar toda la Campiña, de norte a sur, en una gesta épica de 80 kilómetros.

Gozo y entusiasmo rebosaba el pelotón reunido bajo el Arco del Triunfo para cumplir con el ritual fotográfico que inmortaliza cada año el inicio de un itinerario que atrae y enamora, porque se vive y revive de manera intensa y diferente  en cada edición. Una ruta con encanto que hechiza. Un camino con embrujo que cautiva. Será por la brisa del puente que nos da la bienvenida  a la ciudad. Por la visión sacra de la gran Mezquita Omeya. Será por la despedida de la Torre Calahorra  cuya sombra atravesamos como obligado ritual, o por la frondosa rivera que presta su verdor primaveral al colorista pelotón. O será por la corriente del Guadalquivir que nos sigue y persigue en los primeros pedaleos, pero la ruta de Córdoba – Aguilar es un veneno que seduce a todos por igual.

Y así de encantados marchamos los primeros kilómetros hasta que un inesperado e inaudito suceso nos congeló el ánimo y nos inquietó durante gran parte de la jornada, hasta que por fin las noticias llegadas del  Hospital  nos libraban de las preocupaciones. Todo quedó en un susto, y esto ha sido sin duda el mayor éxito de la Ruta de este año. Apaciguados los miedos, el pelotón transitó  muy agrupado en los primeros 50 kilómetros, disfrutando de unas vistas impresionantes de la campiña preñada de trigales y cementeras en plena madurez, con rescoldos de naturaleza viva del pretérito bosque Mediterráneo que  poblaba estos lugares en siglos pasados.

Panorámicas de ensueño dibujadas en el horizonte  azul de la clara mañana, delimitadas por la alta frontera que  traza  Sierra Morena en el  blanco caserío que  corona el esbelto castillo de Almodovar , o las tejas morunas que cubren las casas  que rodean la iglesia de Guadalcazar,  como si de un idílico decorado andaluz  se tratase, atravesado  por los ciclistas a horas  tempranas. Pero nada era simulado, sino la belleza real y real belleza  que atesora las tierras cordobesas.

Preciosidad confinada en las centenarias encinas que llenan las  dehesas y montes realengos sobre los que se erigieron las poblaciones carolinas de la Victoria y San Sebastián de los Ballesteros. Campos que  guarecen la ignominiosa historia de las repoblaciones reales del siglo XVIII. Tierras de cautiverio colonial  y de sueños violados por la esclavitud del poder Real. Labrantíos  de pasos perdidos y ecos dormidos que aún recuerdan a Pablo de Olavide y sus promesas incumplidas. Tierras en definitiva de colonos, que es lo mismo que decir tierras emancipadas por la lucha del hombre.

El abundante y merecido avituallamiento repuso las fuerzas físicas y el espíritu de los ciclistas cuando en la lejanía se advertía que el caserío de Montalbán, rematado por la  alta  y blanca cúpula del Calvario, tutelaba los largos 12 kilómetros  del camino de los Toriles, previos a la escalada al pueblo, sin duda uno de repechos más exigentes de la ruta.

Superadas las horas centrales del día, el pelotón se adentraba en los caminos de sembradíos de ajos y melones buscando el cortijo de la Monclova, punto de arranque del largo ascenso hasta el paraje de los Poyos, uno de los picos más escabrosos del recorrido. Tras bajar por las Veinticinco se reagrupó el pelotón en el Santuario de la Fuente Don Marcelo, desde donde, tras un breve descanso, se afrontaron los últimos cinco kilómetros de la ruta, una distancia que con el cansancio acumulado y la subida del Aljamil se hizo dura y larga para la mayoría de los participantes. Como remate de los 80 kilómetros se ascendió por la empinada cuesta de la calle Málaga para llegar al Cerro Crespo, y al restaurante Rocío, donde se celebró la comida de convivencia que puso el broche de oro a la VIII edición de la ya clásica ruta Córdoba-Aguilar.

Con un exquisito menú compuesto por excelentes aperitivos y tres platos distintos, confeccionados por el socio, y  cocinero profesional, Masterchef, se repusieron las exiguas  fuerzas con que llegaron los ciclistas tras siete horas de camino, y se remató una  jornada de camaradería, con grandes momentos de convivencia y amistad que constituyen el mejor premio al esfuerzo realizado.  Felicitaciones  al Club y a la directiva por el trabajo realizado.

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