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¿Trenza o alarde artístico? Un enigma sin resolver de la escultura aguilarense de Jesús Nazareno

Antonio Maestre Ballesteros

  Los anales sitúan la eclosión del Barroco en el mundo cofrade allá por los siglos XVII y XVIII, periodo en que se humanizan los rasgos de las imágenes al colocarles aditamentos de carácter realista (ojos de cristal, pelo natural, pestañas…), además de ataviarlas con telas bordadas y engalanarlas con preseas y alhajas. Esta práctica no solo afectó a las nuevas esculturas realizadas, sino que transformó a otras muchas de siglos anteriores. Así, imágenes con ojos pintados o vestiduras y cabellos tallados fueron mutiladas para colocarles nuevos postizos acordes con el gusto del momento. Este nuevo concepto estético provocó que, a partir de entonces, las efigies pasionistas gozaran de devanaderas o bastidores para lucir tales ornamentos, sin necesidad de tallar el resto del cuerpo y vestiduras, y sólo se les policromase las partes visibles del cuerpo–rostro, manos y pies–.

En nuestro ámbito local, el gusto por el postizo de pelo natural alcanzaría a la totalidad de las imágenes de Jesucristo que procesionan en la Semana Santa de Aguilar. Así, gozaron de dicho sobrepuesto natural imágenes como Jesús de la Humildad, el Cristo de la Salud, Jesús Caído, el Cristo Yacente y Jesús Nazareno. Se desconoce cuándo se les colocó o si ya fueron concebidas para portarlo desde su origen. Por ejemplo, está documentado que a Jesús de la Humildad le colocaron ojos de cristal en el siglo XVIII, fecha en la que pudo proveerse también de peluca natural, aunque cabe la hipótesis de que la luciera desde su creación en el siglo XVII. También el Cristo Yacente, realizado en 1667,  pudo portar el pelo natural desde tan remotas fechas. No obstante, cuenta con una cabellera labrada con detalle artístico que completa su anatomía y desnudez. Además, en este último caso, el uso de la peluca permite, en parte, ocultar el resorte de los hombros necesario para su crucifixión y descendimiento de la cruz. Por su parte, tanto el Cristo de la Salud como Jesús Caído, imágenes de los siglos XVII y XVIII, respectivamente, presentan sendas cabelleras talladas, lo que avala que fuesen creadas sin postizos; aun así, los lucieron durante muchas décadas para dotarlas de mayor realismo y dramatismo barrocos. Por último, en el caso de Jesús Nazareno el uso de la peluca pudo ser consustancial a la creación de la imagen, pero no se ha podido probar fidedignamente este supuesto.

Estos complementos se mantuvieron, de forma generalizada, en las antiguas cofradías e imágenes hasta que, a inicios del siglo XX, se articula una nueva tendencia que acabaría desprendiendo a muchas de ellas de los mismos, sobre todo en las diversas iconografías y figuras del Salvador. En el ámbito hispalense, la nueva tendencia se originó en 1910 cuando una serie de hermanos encabezados por Gestoso, Muñoz y Pavón y González Abreu sugieren que Jesús del Gran Poder se vistiese con una túnica color púrpura lisa para conectar aún más con el sentir espiritual y humano de sus devotos, hecho que, en realidad, lo que vino a zanjar fue el desencanto relativo que había provocado entre los cofrades por el tornasolado que originaba el tejido de la «túnica persa» realizada dos años antes por Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Esta tendencia, que hablaba también de una época de secularización importante, incluiría también el reemplazo de las pelucas naturales por pelo tallado, supresión de faldellines, cambio de cruces de metal por arbóreas de madera, coronas de plata por naturales de espinas,etc.

Aquella decisión sevillana se convirtió en norma, por lo que se generalizó al resto de pueblos y ciudades de Andalucía a lo largo del pasado siglo XX. En el caso de Aguilar fue en los años centrales de la centuria cuando se retira el pelo natural a Jesús Caído y al Cristo de la Salud (década de 1940), y a Jesús de la Humidad una década después, a raíz de la restauración que le efectuó Martínez Cerrillo; por el contrario, las han conservado el Cristo Yacente –no consta intento alguno de suprimirle la peluca– y Jesús Nazareno, si bien en 1951 surgió una iniciativa, la cual originó una agria polémica que se saldó con la dimisión del hermano mayor, Luis Aragón Carrillo de Albornoz, y la reposición del pelo natural a la imagen. Entre los argumentos esgrimidos por los opositores al cambio, prevalecía una sola idea: de que Jesús Nazareno siempre llevó peluca por el cabello tallado tan «atípico» que posee.

Y es, precisamente, esa peculiaridad la que permite cuestionar que dicho postizo natural sea una característica esencial en esta imagen. La lógica indica que si fue concebida para portarla, tendría el cráneo solo desbastado y pintado, en similitud  a las otras partes del cuerpo destinadas a ser tapadas por la túnica. También es cierto que  hubo escultores que dotaban a sus imágenes de una somera talla en la cabellera, aun a sabiendas de que llevarían pelo natural. Asimismo, podría deducirse que el escultor del Nazareno aguilarense quiso plasmar su pericia tallándole el pelo tan ajustado que permite colocarle el complemento de pelo natural. Sin embargo, su voluntad fue más allá y le labró una curiosa «coleta» a la altura de la nuca del pelo esculpido.

Esta inédita y curiosa recogida de la melena, además de mostrar la destreza con que trabajaba el artista, prueba que la labor se realizó con detalle historicista y primor artístico, lo que carecería de sentido si estuviese destinada a permanecer oculta por el postizo. Tal es el enigma que encierra esta escultura nazarena, ignorando por ahora otra imagen de esta época que posea tal elemento singular. Tras la observación directa del mismo, nos preguntamos: ¿Porqué el imaginero resolvió la reunión del pelo con esta «coleta»? ¿En qué fuente literaria o artística se fijó o inspiró para tener en cuenta este detalle? ¿Se trata de una simple solución ornamental o trasciende a una alegoría/símbolo que encierre algún mensaje?

Desconocemos, por ejemplo, qué relación pudiera tener esta «coleta» con la naturaleza hebraica de Jesús, ya que este tipo de mechón o cola de pelo recogido en la cerviz es propio e identificativo de los judíos pertenecientes al jasidismo o hasidismo. Desde un punto de vista histórico, el hasidismo se distingue de los movimientos pietistas que se fueron alternando en la historia del judaísmo, como la corriente pietista «ashkenazi» presente en Alemania y en la Francia medieval (siglos XII y XIII). Por otra parte, si a este término se le confiere un significado amplio, el movimiento hasídico nace con la sublevación bíblica de los macabeos (siglo 1V a.C.). Por lo general, los varones jasídicos no se rasuran la barba y se dejan crecer mechones largos de pelo a los lados de la cabeza delante de las orejas (en hebreo: peyéh o, su plural, peyot), que se suelen arreglar como caireles o también se dejan crecer una larga cola de caballo. El resto del cabello lo llevan cortísimo.

¿Puede guardar la singular trenza de Jesús Nazareno de Aguilar de la Frontera analogía alguna con el jasidismo o se trata solo de una muestra de ingenio y virtuosismo del creador de la imagen? Por ahora, el misterio queda sin resolver. Como ya advertíamos, solo cabe indicar que el elemento en cuestión refrenda el valor historicista y artístico de la portentosa obra que realizó para nuestro pueblo el maestro José de Mora, su hermano Diego, los discípulos del mismo (José Risueño o Torcuato Ruiz) o el antequerano Antonio del Castillo, con quien también se ha relacionado últimamente su autoría, si bien nos inclinamos por las primeras atribuciones referidas.