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Los tiempos corren inexorables en el mudo cofrade local, y cofradías que fueron primicia en el resurgir manantero, que alcanzó sus mayores esplendores en la década de los Noventa de la pasada centuria, van cumpliendo años y transitando  Semanas Santas, atesorando así el valor que la historia otorga a una conmemoración que cuenta con siglos de tradición. La cofradía de la Virgen de la Paz cumple veinte y cinco primaveras en el 2018, y por ello el año que acabamos de inaugurar va a ser muy celebrado por los devotos de la dolorosa que tallara el loable imaginero Juan Ventura .

Un cuarto de siglo de vida en hermandad condensa muchas  vivencias y emociones, alegrías por los logros conseguidos, y también pesares y decepciones -que de todo hay en la viña de Señor y de la Virgen-. Pero seguro que en estos momentos en los que los sentimientos afloran marcando el recuerdo de lo vivido y caminado, emergen sobre todo los de aquellos duros y difíciles años en los que la divina locura de un grupo de jóvenes logró el sueño de fundar una  nueva cofradía en Aguilar.

En el tiempo trascurrido son muchos los hitos alcanzados por la joven hermandad, pero sobre todos descuella el más añorado en el recuerdo, la bendición de la Paloma Blanca del primitivo Carmelo aguilarense, que desde tan memorable día reina en el corazón de  sus hermanos y brilla con luz propia en la  noche que antecede a la luna llena del Paresceve (la noche de la Paz).

Y la Paz ha colmado de luz y belleza las blancas paredes de la calle Granada bendiciendo el retablo que le han ofrendado sus cofrades como signo  imperecedero de amor devocional. La Virgen de la Paz está ya bajo el arco en un sueño eterno de Miércoles Santo,  gracias a la maestría de un notable ceramista local, Antonio Ruiz Varo,  que ha labrado un artístico azulejo para perpetuar la pertenencia de este espacio al sentir cofrade.

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