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Como si de un deshielo cíclico se tratase, llegados los meses de invierno las aguas del río Cabra se vuelven turbias y negras. Parece que  la licuación que ocasiona esta lobreguez nada tiene que ver con el avance natural de las aguas por el cauce, sino, más bien, con los vertidos que le llegan. Hoy bajaba ya el río negro como la noche y maloliente como un lodazal.

Pronto, tal como ocurre cada año, aparecerán cientos y cientos de peces muertos en sus orillas y  como siempre,  nada ni nadie será responsable de ello. Pretenden hacernos creer – nos toman por tontos-   que se trata de una plaga bíblica de la que nadie es responsable, aunque todos sabemos, y la administraciones públicas las primeras, quienes provocan esas plagas. Probablemente no sirva para nada que denunciemos estos siniestros naturales y,  a sabiendas de que somos cansinos, no pararemos de denunciarlos, al menos para no convertirnos en cómplices.