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Alguien puso en Facebook una foto del “Mellizo”, mi barbero de toda la vida. Me sobresaltó un poco la foto: lo vi muy joven. Pero enseguida comprendí que era lógico: en los recuerdos de mi infancia  él ya era una persona  adulta que  yo consideraba  como a mi padre una persona mayor. En el mundo de la memoria, obviamente, no se envejece a la misma velocidad que en el mundo concreto. “El Mellizo” de mi recuerdos seguía siendo —sigue siendo, de hecho— el hombre simpático, conversador y mucho más joven de aquellas mañanas de sábado en que mi padre nos llevaba a mi hermanos y a mí a  pelarnos. La barbería sigue en el mismo lugar, cerrada,  porque el maestro barbero se jubiló hace ya décadas.  Aún sí sigue siendo Antonio Fernández Bonilla   el “Mellizo”, el barbero para todos los que lo conocemos y lo vemos  pasear  en su ámbito natural (El Llano de la Cruz).

Me he puesto un poco melancólico, recordar todo eso me hace pensar en todo lo que se ha perdido en “cultura de barbería”.  Aquellas  barberías y barberos que marcaron en gran medida  la vida cotidiana de nuestro pueblo. Barberos anónimos que aprendieron el oficio de los más viejos y supieron trasmitirlo a las generaciones siguientes.  En esa línea de barberos  viejos que antecedieron  al “Mellizo” podemos remontar la memoria hasta los años de posguerra en los que ejercía el oficio en la calle Monturque un barbero conocido como “Urbano”.  Con él aprendió  Mariano  el “Conejo”, otro barbero  de la época, que se desligaría de su maestro  instalando su propia barbería en el Llano de la Cruz (Junto a la Capacha). Ya en este local tuvo sus propios aprendices, entre ellos Antonio Jiménez Jiménez,  quien ejerció como maestro algunos años antes de emigrar a Barcelona.

Fue Antonio Jiménez (el Pelao) quien enseñó el oficio a el “Mellizo”, quien a mediados del siglo XX contaba ya con barbería propia abierta en la calle la Ancha. Posteriormente se pasaría al local del Llano de la Cruz, donde ha ejercido  durante más de cincuenta años. Tiempo en el que  su barbería constituía uno los espacios  emblemáticos del Llano de la Cruz por ser  el lugar de encuentro, “el cabildo”, por allí pasaban a diario numerosos vecinos a visitar al maestro barbero, o  simplemente a echar la tertulia y tomarle el pulso a la actualidad de un pueblo eminentemente agrícola