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Nunca me cansaré de decir que mi niñez ha sido una de las épocas más felices de mi vida, la recuerdo con mucho cariño y cuando pienso en ella la nostalgia me llena de momentos que en automático me dibujan una sonrisa en la cara.

Mi niñez estuvo llena de tardes eternas de juegos en las que recuerdo que, en compañía de mis amigos, nos alejábamos desde el Llanete, lugar habitual de reunión, hasta “los pinitos”, el  paraíso donde podíamos jugar y emular mil batallas guerreras.

Recuerdo las escaladas a las viejas murallas derruidas y el escondite en oscuras cuevas de las que decían -los viejos- que bajaban hasta el río. Recuerdo las tardes en las que  nos “tirábamos” por los escurrideros del terraplén, o las que subíamos al Peñón del Moro o la Torre de la Cadena.  Fue una niñez acompañada por la presencia de muchos niños  que lograban que el tiempo se detuviera cuando jugábamos libres de miedos y preocupaciones.

Tiempos que no volverán, pero que vuelvo a vividlos cada vez que contemplo imágenes como esta que refrendan que tuve una niñez llena de muchas risas, carcajadas y gritos, años de juegos eternos y complicidad entre chiquillos  que terminaba en algunas travesuras en las ruinas del Castillo.

Autor Foto: Teresa Postigo.