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Diego Igeño

El pasado sábado 9 de febrero asistí como espectador a una representación teatral en el coliseo Victoria de Priego de Córdoba. Nada más habría que añadir si los protagonistas de la actuación no hubiesen sido los miembros de la Compañía del Preso de Aguilar de la Frontera. La obra en cuestión, El tonto es un sabio de Adrián Ortega; su directora, Manoli Cosano. Lo importante, ver cómo el nombre de nuestro pueblo es paseado con orgullo y con solvencia por un grupo de amigos en otros municipios (Manolo Reina, Pino, Agustín Aranda, Rafa Alberca, Raquel, Sonia, Tere y Manuel Diana). Lo destacado, el espectáculo que todos ellos nos ofrecieron, lo que permitió que el público que abarrotaba los asientos, disfrutara como enanos. Lo sustancial, que hemos presenciado la consolidación de un ACTOR, así con mayúsculas. Me refiero a Rafa Córdoba Ruiz. Los que lo conocemos bien, hemos saboreado su buen hacer en representaciones y ensayos de la Media Luna, en Testigos de la Pasión, siempre dotado de un toque dramático que ponía el vello de punta al espectador. Los que lo conocemos mejor, sabíamos de su vis cómica, por eso no deberíamos de habernos sorprendido por el nivel que ha alcanzado en su encarnación del personaje central de la obra representada, Don Justo Mateos Ruiz. Sin embargo, lo ha conseguido, nos ha dejado boquiabiertos con todo un repertorio, solo al alcance de los profesionales, de gestos, de matices en su voz, de movimientos, de soliloquios –ná más qu’eso-, de recursos que salen muy de dentro y que solo unos cuantos privilegiados como él saben hacer aflorar. Ha sabido transmitirnos la impresión de encontrarse sobre las tablas como en una tertulia familiar, donde uno sabe expresarse con la naturalidad que da la confianza. Tanto él, como cualquiera de los que alguna vez nos hemos subido a un escenario, sabemos que eso no es fácil. Los nervios se te meten en el estómago, el sentido de la responsabilidad por el respeto hacia quienes van a venir a vernos, pero también por los compañeros que nos acompañan en escena, nos carga las pilas, aunque, a veces, también, nos cortocircuita. Por todos esos caminos, hemos transitado; por esos mismos, ha paseado Rafa en muchas ocasiones. Sin embargo, ha sabido trascenderlos, transcenderse a sí mismo para mutarse en muchos personajes a los que transmite su pasión, su buen hacer y su gran corazón. Todo actor, aficionado o profesional, sueña con ese personaje que le hace viajar a otra dimensión, que se le mete bajo la piel para acabar de confundirse sin solución de continuidad. Por eso, a partir de ahora, Justo Mateos será siempre Rafa Córdoba y Rafa Córdoba llevará en un rinconcito de su ser un trocito de Justo Mateos. Y Rafa también atesorará muy dentro la experiencia única de verse subido en el escenario de un teatro de verdad –qué envidia nos da eso a los aguilarenses- y la de contemplar cómo cientos de personas le aclamaban desde la platea, desde el anfiteatro, puestos en pie valorando y recompensando su lección magistral como actor.

Enhorabuena amigo.