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Ya en la estación, subimos al tren  con la misma ilusión que sentimos al abrir el regalo de Reyes y encontrarnos los coches pintados de rojo  y una máquina de negro metalizado. Al otro lado de la ventanilla corren los árboles, las casas, los  pueblos apiñados en un llano o una ladera y cuando oscurece, las pequeñas luces en lo alto, parecen estrellas.  Alguna vez llegamos tarde y  en el andén no queda nadie. Aquel lugar se vuelve extraño. Desconcertados y en medio de la más absoluta soledad, contemplamos impotentes como el tren se va alejando y  el último vagón se pierde entre la niebla. Ha sido una mala noche.

Una hilera de vagones con ruedas de hierro,  por caminos de hierro. Una serpiente con cabeza y cola que nace en la primera estación y muere en la terminal. Esa es la imagen recurrente.

El tren como los caminos de la tarde, de Antonio Machado; como los ríos /que van a dar a la mar, de Jorge Manrique.

El tren como la vida.

Poesía de los trenes. También los ferroviarios son poetas. Saben de despedidas tristes y de alegres llegadas, de  aventuras del viaje contadas como lo haría cualquier héroe griego o aquel arrogante caballero medieval a su vuelta de la serranía.

El tren símbolo del  incesante vivir. Los expertos en la interpretación de los sueños ven él la materialización de las ilusiones, de los fracasos, de los propios anhelos de cada día. La vida, ese tren al que un día subimos- o nos subieron- y del que un día, inevitablemente, hemos de bajar.

Pero para los que nacimos entre los raíles, saltamos por las traviesas, subimos a los “coches”, colocamos chapas en la vía para ser aplastadas y veíamos vagones de carbón bajo la ventana en un incesante ir y venir de la mina al lavadero, entonces, para nosotros el tren tiene otro sentido.  Era real, formaba parte de nuestra vida, respirábamos su humo y quitábamos la carbonilla de los ojos. Nos despertaba cada día el sonido estridente de sus pitidos. Esta experiencia  es algo más que cine o literatura. Ni ficción de sombras y luces, ni metáfora. El ferrocarril convivía con nosotros, formaba parte de nuestro particular paisaje, un escenario de juegos de la primera infancia, sólo que el juguete ya no es imitación. Los trenes eran una realidad viva y vivida.

Una maraña de vías, agujas de cambio y un trajín de vagones recorrían el valle. En aquel núcleo minero más duro vivíamos  con la misma naturalidad  que un leñador  habita  en el bosque o el pescador se mueve entre las barcas. Aquellas imágenes  debieron quedar bien grabadas en la memoria infantil recién estrenada. Afloran por cuadernos escolares maquinitas con el humo de su chimenea y viajeros asomados por las ventanillas diciendo adiós con el pañuelo. Una y otra vez se repiten y cuando surge la ocasión propicia, esas representaciones cobran vida y activan la memoria.