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Documentos gráficos como este testimonian y constituyen una prueba fehaciente de cómo era la arquitectura popular de nuestras calles  en su estado último más auténtico. Digo estado último porque no se puede hablar de original o primigenio pues, como es natural, evolucionó en sus modelos, formas y detalles en función de los avatares de la historia, períodos económicos más o menos boyantes, necesidades habitacionales de las casas etc.

Y así había llegado la calle Villa a las décadas primeras del pasado siglo XX, antes de que esta tipología constructiva sucumbiera a los influjos de las modas urbanas. Siempre  se había construido con los mismos materiales elementales que la naturaleza del entorno proporcionaba, aplicando técnicas, sistemas constructivos y conocimientos heredados de nuestros antecesores, en perfecta adaptación al medio y con soluciones lógicas de forma que todo lo construido fuera imprescindible, útil, funcional y para siempre.

En ese estado de autenticidad más cercano en el tiempo se aprecia con claridad cómo las fachadas de las casas eran blancas. Color debido al revestimiento de mortero de cal, previamente cocida en los hornos, con un tono ligeramente tostado por efecto del sol y la intemperie. Este característico elemento  se empleaba simplemente por razones higiénicas y de ornato,  y era práctica habitual.