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Diego Igeño.

Ante la involución que vivimos en ciertos sectores de la vida española, conviene ahora manifestar de forma clara e inequívoca nuestro compromiso al grito de “No pasarán”.

No pasarán los corruptos, los que por su desmedido afán al dinero han robado y esquilmado no solo las arcas públicas, sino el futuro de nuestra sanidad, de nuestras carreteras, de nuestras educación, de nuestros parados; en definitiva, los que han llevado al pozo de la miseria a cientos de miles de conciudadanos y los que, sin embargo, sonríen satisfechos porque son conscientes de su inmunidad y se pavonean ufanos porque aún siguen teniendo la consideración de ídolos entre los bobos y los aduladores –tengo en mente varios nombres que no voy a citar por lógica prudencia-. Es cierto: no debería haber pan para tanto chorizo.

No pasarán los homófobos que quieren construir una sociedad en la que queden al margen los que se salen de su “uniformidad amatoria”, es decir, aquellos que sin distinciones ni rechazos quieren construir su vida basándose en su propia identidad sexual y en el valor de sus sentimientos, los que quieren afianzar su compromiso con el sello del matrimonio, los que desean culminar su amor con la creación de una familia, tenga los componentes que tenga.

No pasarán los xenófobos y racistas, aquellos que tratan de teñir lo perverso de sus opiniones camuflándolas al socaire de la realidad económica, los que al grito de “España para los españoles” o “vienen a robarnos el pan” emprenden cruzadas contra los que no han nacido en nuestro país o contra los que, habiéndolo hecho, tiene un color de piel distinto, unos nombres de otras latitudes…

No pasarán los machistas que, además de con sus comportamientos cotidianos, niegan la violencia doméstica y consideran que la existencia de un “lobby” femenino impone una política de género bastarda, fomentadora del odio.

No pasarán los beatos que se empeñan en hacer comulgar con ruedas de molino al resto de la sociedad, imponiéndoles su fe y sus dogmas, actuando con una intransigencia propia del Medievo. Son como “sepulcros blanqueados”, hipócritas presos de una religiosidad vacua que “ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”. Cuando abren la boca algunos de sus rectores, su voz resuena como llegada de un pasado muy, muy lejano.

No pasarán los negacionistas, los que, a pesar de haberse camuflado en el paraguas de partidos democráticos, siguen negando que el régimen de Franco fue dictatorial y represivo, asentado sobre una cruenta guerra civil, que segó la vida de miles de personas que no habían cometido otro delito que el de aceptar el régimen republicano existente. Son los que impiden el legítimo deseo de sus familiares de hallar los cuerpos secuestrados de sus padres, abuelos, bisabuelos para enterrarlos con la dignidad que se merecen.

No sé si se habrán dado cuenta de que casi todas las “cualidades” que arriba se enumeran –salvo la primera, tal vez-, son patrimonio de la extrema derecha. Por lo tanto, el grito final debe de ser precisamente ese: No pasarán los que defienden un regreso al pensamiento único, a la imposición del nacional-catolicismo, los que manipulan a través de campañas falaces y desaforadas en las redes sociales, los que buscan la crispación y el enfrentamiento, los que se arropan en el concepto eterno de patria y en la rojigualda para justificar su patriotismo de charanga y pandereta y la intemporalidad de sus rancios ideales, se hallen donde se hallen.