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Septiembre llega siempre con el aroma de los nardos que desprende el trono de la Patrona en su procesión del día 8, la fragancia del mosto recogido en los trujales tras la temprana vendimia  y se despide con la esencia de la tradición perpetua que se renueva cada día 29 con la subasta de gallos que pone colofón a la Feria de San Miguel  y a los ancestrales cultos al Cristo de la Salud.

Como todas las costumbres, la evolución que ha experimentado esta, a lo largo de los años, ha arraigado su continuidad en el tiempo. Hasta mediados del pasados siglo XX lo que se subastaba era la espada o sable que se usaba para cortar el cuello a los gallos que colgaban bocabajo de un largo cordel que se situaba en la puerta del templo.

Quien conseguía abatir el cuello del animal se lo quedaba. Esta forma, inconcebible hoy día, se mantuvo hasta los años cincuenta, en los que, un percance sufrido por uno de los participantes obligó a variar las formas antiguas, dando origen a la subasta de los gallos que conocemos en la actualidad.

En esta fotografía, fechada en aquella época, se inmortalizó un momento de la subasta que, como se aprecia claramente, por carecer el gallo del apéndice, se desarrollaba  todavía a la antigua usanza, advirtiéndose  también que se celebraba con luz diurna.