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Diego Igeño.

La vinculación y el apoyo de la Iglesia Católica al golpe de Estado de julio del 36 fue innegable. El sostén que luego ejerció del régimen de Franco, también. La religión y sus ministros volvieron a tener el protagonismo en el contexto nacional que tanto habían echado de menos durante la República. Se convirtieron otra vez en pieza esencial de la vida de todos los ciudadanos, a los que la presencia de la institución eclesiástica en su cotidianeidad llegó a ser asfixiante. La comunión entre la iglesia y el poder local en Aguilar de la Frontera se dejó ver bien pronto, incluso durante la propia guerra (ya conocemos la imagen de un sacerdote bendiciendo el local de Falange, la antigua Casa del Pueblo); la importancia de los sacerdotes en la vigilancia de la ortodoxia se extrema por lo que Antonio Galisteo, Rafael Espinosa, Pedro Benítez, Rafael Madueño, Casimiro Dueñas, Pedro Fernández Rubio se convierten en veladores de la obediencia al nuevo estado nacional-católico y de la estricta moral a él ligada.

En estos años, vemos, por ejemplo, cómo las autoridades municipales procederán a la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en el salón de plenos, ceremonia que se extiende por la mayor parte de las casas consistoriales del país y que viene a suponer un acto de sacralización del recinto, infectado por los efluvios marxistas que allí se habían respirado durante el quinquenio republicano (no debió parecer suficiente el tamaño del la escultura adquirida pues poco después a instancias del gestor Llamas Villar se aprobó la compra de otra mayor que sufragarían los propios concejales). Al propio tiempo, se organizó una novena de exaltación en el Carmen a la que se invitó a todas las autoridades locales y provinciales. Las fiestas habidas se saldaron con unos gastos de 1744.50 pesetas. No bastaba con la presencia de la imagen en tan señalado sitio, sino que Antonio Galisteo creyó conveniente que también figurara en la hornacina de la torre de la Parroquia del Soterraño, en la parte que mira al pueblo, para que desde allí presidiera “nuestro diario vivir” (creemos que no llegó a confirmarse esta iniciativa por el pronto fallecimiento del sacerdote). Del mismo modo, se gastaron 700 pesetas en un crucifijo con destino al cementerio –que, recuérdese, había sido secularizado por el régimen anterior-.

Luego los actos se suceden en un ambiente en que, sin solución de continuidad, se confunden la exaltación de lo divino y de los valores del nuevo régimen. En octubre de 1938, se celebra una misa para recordar el aniversario del segundo bombardeo que será presidida por la imagen de Jesús Nazareno (de las víctimas del primero –el perpetrado por la aviación franquista- no se acordaron). Sendas misas se oficiarán también para festejar el Día del Caudillo, el día de los caídos, o en memoria de Calvo Sotelo y José Antonio. Incluso una festividad como la del Pilar, entonces también Día de la Raza, se aprovechará para organizar una función religiosa en la Parroquia del Soterraño “para pedir a Dios por los heroicos voluntarios españoles que integran la gloriosa División Azul y que en Rusia combaten contra el comunismo”. Para contentar a los muchos monárquicos, en la parroquia del Soterraño en marzo de 1941 tuvo lugar una misa por el reciente fallecimiento de Alfonso XIII. Igualmente, se colocaron unos lienzos en los muros de las iglesias parroquiales con el nombre de los “gloriosos caídos feligreses de las mismas” (en algún momento se aprueba sustituirlos por lápidas de mármol, aunque el acuerdo no llegó a ejecutarse).

En estas fechas, se retoman algunas de nuestras festividades religiosas tradicionales como la Semana Santa, con el consabido sermón del paso desde un balcón del Ayuntamiento, la fiesta de la Patrona, la de San Roque, la del Corpus –entonces asociada a una feria-, etc. En la mayoría de estas, cuando era preciso, el Ayuntamiento se hacía cargo de abonar los gastos de cera, los de las Palmas del Domingo de Ramos, el estipendio por el sermón, etc. Respecto de la Semana Santa en 1944 se realiza desde el Consistorio una llamada a los hermanos mayores de las diversas cofradías para pedirles que se les dé el máximo realce. Ese año llega a editarse, como es sabido, una revista temática.

El Ayuntamiento siempre está presto a ayudar en las necesidades de nuestras iglesias. Así, atiende la petición del párroco del Carmen, Rafael María Espinosa, para sufragar los gastos originados en “refundir una de las campanas con ocasión de los repiques que se efectuaron con motivo de los triunfos de Nuestro Glorioso ejército, durante la pasada Cruzada”.

Nuestros templos, a pesar de no haber sufrido las contingencias habidas en otras localidades, sí precisaron actuaciones. A instancias de una comisión creada “ad hoc” se produjo una restauración del Sagrario del Carmen para lo que el Ayuntamiento aportó 1.000 pesetas. O se solicitó por parte del gestor Alfonso Berlanga –incombustible, ya lo he dicho en otras ocasiones- una urgente actuación en la Iglesia del Hospital dado su estado ruinoso.

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Continuará…

Foto 1. Grupo de militares del ejército sublevado acogidos por el sacerdote de la parroquia del Soterraño.

foto 2. Inauguración del cuartel de Falange en la Casa del Pueblo (calle Carrera) presidida por el clero local y la imagen del Beato Nicolás Alaberca.