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Uno de los pocos recuerdos que conservo de aquella vieja aula es la luz que se filtraba a través del ventanal detrás la mesa de la maestra y cuya figura agrandaba ante mis ojos de niña de cinco años. Junto a este retazo de la memoria de ese año se une el día en el que un fotógrafo vino a la escuela y nos colocó a todos los niños y las niñas en grupo para fotografiarnos. El sencillo atrezzo consistía en el viejo patio de entrada al Teatro Español, cuya escalinata nos sirvió de tribuna para colocarnos a distinta altura. Doña Dionisia en el centro, y detrás, sus hijas, que ejercían de maestras también.

En fila fuimos sentándonos en aquel improvisado escenario que completaba la cerrajería del pozo y el ramaje de una vieja acacia. No recuerdo la cara de aquel hombre, aunque sí su reiterada orden de sonreír ante la cámara, sin embargo, en esa foto, en mi cara, sólo destacaba la expresión de interrogante junto a mis trenzas deshiladas.

Ni el esfuerzo de aprender a reconocer las letras, ni el de empuñar el lápiz para plasmarlas en un trozo de papel se mantiene en mi memoria por lo que creo que fue placentero, sin embargo, sí que conservo la imagen de la cartera donde guardaba mis libretas y los lápices de colores. Los días se sucedían como calcos del siguiente y sólo destaca el hecho de que, durante ese curso, en plena clase, uno de mis dientes de leche se desprendió de la encía. Recuerdo que la maestra me felicitó y me explicó que aquello era signo de que comenzaba a hacerme mayor.