Érase una vez un país donde gobernaba la socialdemocracia, aunque a ellos les gustaba autodefinirse como “socialistas”. El gobierno de este país, con su Presidente a la cabeza, tenía por costumbre mentir a los ciudadanos. No era nada extraño oírles decir una cosa para, acto seguido, hacer todo lo contrario. Sucedió que, en la época en que gobernaba la socialdemocracia en este país, estalló una gran crisis económica mundial, producida por la avaricia sin límite de las grandes corporaciones capitalistas, que se habían dedicado a trapichear con el dinero ajeno como mangantes del tres al cuarto. Durante una legislatura completa y la mitad de otra, el gobierno de este país puso en marcha medidas económicas a las que podríamos calificar de excéntricas y demagógicas, tales como regalar a cada persona cuatrocientos euros, pagarles cien euros a cada mamá con hijos menores de tres años independientemente de cuál fuese su nivel de ingresos, comprar un ordenador a cada niño de quinto de primaria aunque ese niño fuese hijo de un multimillonario, etc., etc. Cada una de estas medidas, por sí sola, no suponía un coste excesivo, pero todas juntas, llevaron al Estado a una situación cercana a la bancarrota. Así pues, bajo la influencia de múltiples factores nacionales e internacionales, la economía de este país entró en una terrible recesión y la destrucción de empleo fue masiva, llegando a la nada desdeñable cifra de cuatro millones seiscientos mil desempleados. No obstante, el Presidente del Gobierno juraba y perjuraba que no habría recortes sociales, que la crisis no la pagarían los de siempre (léase las trabajadoras y los trabajadores). Mientras tanto, los sindicatos mayoritarios, que se habían vuelto conniventes con el poder y poco reivindicativos, eran incapaces de morder la mano que les había estado dando de comer. Pero resultó que el Gobierno de este país puso en marcha una serie de medidas encaminadas, según ellos, a sacarnos de la crisis. Las medidas eran, a todas luces, reaccionarias, conservadoras y antisociales. Hubo una gran oleada de recortes sociales y, desde el Gobierno, se impulsó una reforma laboral que abarataba el despido y precarizaba, más aún, si cabe, el empleo. La envergadura de las medidas adoptadas era tal, que los sindicatos mayoritarios, antaño sostén incuestionable de la paz social, de la concertación y del gobierno, se vieron obligados a convocar una huelga general. En el país donde tuvieron lugar estos acontecimientos, la huelga era un derecho reconocido por la Constitución, que también reconocía otros derechos, como el derecho a una vivienda, al trabajo, a la educación, a la sanidad, etc., etc. Pero todos los ciudadanos de este país sabían que eso eran sólo palabras escritas en un papel.
En torno a esa huelga general, se contaron muchas, muchas mentiras. Por ejemplo, se contó que la gente podía decidir libremente si iba o no iba a la huelga. Pero resulta que eso no era cierto. Porque muchos trabajadores y trabajadoras recibieron la consigna, por parte de su empresa, de que, si se apoyaba la huelga, “peligraba el puesto de trabajo”. Los medios de comunicación reaccionarios (es decir, prácticamente todos los medios de comunicación) pusieron en marcha la maquinaria pesada contra los sindicatos (se les acusaba de cobrar subvenciones, algo que en este país estaba a la orden del día. Un inciso: en el país de nuestro cuento, cobran subvenciones públicas desde la editorial Planeta al diario El País; desde la Duquesa de Alba a los equipos de fútbol, pasando por las empresas del carbón, la automovilística, la banca, etc., etc. No hay ni un solo sector que no tenga subvenciones). También se contó que aquella huelga general no serviría de nada. Pero el gobierno era consciente de que sí serviría, y de que, de su éxito o fracaso dependerían muchos de los próximos movimientos de aquel Gobierno errático y derechoso. También se contó que aquella era una huelga política. Y resultó que aquello sí era cierto, pues aquella era una huelga contra la política del Gobierno de la nación, una política encaminada a satisfacer el hambre voraz de los mercados financieros, y que, sin embargo, atacaba, sin miramientos, lo poco que quedaba del mal llamado “Estado del bienestar”.
El futuro de las trabajadoras y los trabajadores de este país, el de sus hijos e hijas, estuvo, por una vez, en sus manos. Si se apoyaba la huelga y esta era un éxito, las cosas, el día de mañana, podrían ser un poco menos malas para todos. Si por el contrario, la huelga fracasaba, y se dejaba el camino expedito para que el gobierno socialdemócrata y los próximos gobiernos conservadores hicieran y deshicieran a su antojo, el mundo sería un lugar peor. Sin lugar a dudas. Mucho peor.

Rafael Calero Palma