Así, ortográficamente correcto, solíamos encontrar un cartelito con ese aviso en algunas tabernas de nuestros pueblos. Seguramente se entendía que esa manifestación popular, propia de jornaleros, gitanos y capas bajas de la sociedad desacreditaría al local en cuestión que oportunamente se adelantaba a la tentativa de los parroquianos. No sabemos los resultados en épocas pretéritas, pero por lo que conocemos muchos de nosotros, desde los 60 en adelante, tal medida preventiva no era totalmente respetada y podíamos disfrutar en nuestra niñez y desde la calle, de aquellos cantes que acompañaban o protagonizaban los momentos de expansión de nuestros mayores.

Además del infame cartelito, por entonces había una larga retahila de prohibiciones-restricciones no siempre lógicas o necesarias, que tácita o veladamente, de continuo coactaban nuestra sencilla vida. A la vez constituían la motivación para alumbrar una toma de conciencia y actitudes en una lucha personal por sacarse a uno mismo y mostrarse ante los demás como individuo. En ese afán por desligarse de aquella atmósfera opresiva uno incurría en situaciones, a menudo, lamentables (hay que reconocerlo)

Ya todo pasó, y del “no, pero bueno, vale” hemos pasado al “sí, vale, pero ya veremos”. Ahora nos encontramos con más campo de acción del que quisiéramos o necesitáramos (por esas paradojas o leyes incontroladas de la vida). Ante tanta permisividad, por un lado, y la multitud de nuevas situaciones planteadas ahora la briega está en establecer qué cuestiones son tolerables o cuáles ¡prohibir¡ y no se da abasto: el “burka”, la marihuana, las chuches, los toros, fumar, las estatuas de Franco, ir sin cinturón de seguridad, la prostitución … En algún momento, probablemente, tendremos que afrontar la poligamia o el atuendo de los bosquimanos. Atentos.

Como norma, tendríamos que observar que la evolución (o sea, desarrollo sano y natural) de la sociedad conlleva la asimilación de nuevas situaciones

de manera fácil o poco conflictiva y, por contra, la involución (o sea, pa’trás) es lo difícil de aceptar porque atenta seriamente nuestra idiosincracia. Es lo que hemos de evitar por duro que sea, pues, ya se sabe, por la caridad vino la peste.

Quizá la prohibición no sea un instrumento del que se deba abusar para establecer conductas sociales más allá de los diez o menos mandamientos. Afortunadamente, disponemos del amplio campo de la alegalidad y la amoralidad por el que cómodamente poder transitar sin atentar demasiado al espacio de los demás y que no está reñido con el sentido del orden y el derecho. A la vez, cultivar el sistema de valores basados en la observación de la condición humana (como tradicionalmente se ha hecho) y relativizar las convenciones del momento.

Creo. Porque a la vista de algunos resultados, no estoy muy seguro de que lo correcto es lo efectivo y qué debe de prevalecer sobre qué. Ni nuestros padres (con todos aquellos nohagas-nodigas) lo hicieron tan mal, ni nosotros (tan abiertos y tolerantes) lo hacemos tan bien.


Francisco Flores