La verdad es un cuchillo afilado,
la verdad es una llaga incurable,
la verdad es un ácido corrosivo.

Mika  Waltari (Sinuhé, el egipcio)

La noche me cuenta las historias más insólitas, la luna me muestra su belleza, después de un día aletargado, comienzo a despertar y me la encuentro, y la cojo en mis brazos y me lleva de paseo, por calles sinuosas, desiertas, escuchando el ruido del silencio, una vez más.

Esa noche me narró la historia de unos niños jugando en la plaza de un barrio, relacionándose, interactuando con un balón, con un tirachinas, una raqueta, al ajedrez, con muñecas, bicicletas, aprendiendo a tocar la guitarra en plena calle, o simplemente corriendo por la calle y como al caer la tarde después de unas horas de juego, desde la ventana de casa se escuchaba una voz materna que los llamaba a cenar.

Hace años que paseo por las plazas de los pueblos pensando en encontrar un grupo de niños divirtiéndose juntos, pero el individualismo nos has superado y ha llegado a la infancia, los padres se levantan de madrugada preparando la jornada laboral, los recogen de las camas, los recuestan sobre su hombro, los llevan a las guarderías, o casa de los abuelos que luego los llevaran a las guarderías, a los parvularios o a los colegios, comen en los comedores escolares, los que no, en casa de los abuelos. Después de una jornada laboral intensa, sus padres los recogen para llevarlos a casa y una vez allí, para que el niño no dé mucho la lata los meten dentro de sus cuartos, llenos de juguetes, que sustituyen a los amigos, a las carreras, a los juegos colectivos en la calle, a las riñas entre compañeros, a la fraternidad entre colegas…. Más tarde cenarán y a la cama, para empezar un nuevo día lleno de monotonía.

Con el tiempo los niños han sido absorbidos dentro de una burbuja, “donde no corren ningún peligro”, no se caerán y se rozarán el brazo en la calle, no llegarán llorando y su padres le pondrán mercromina, no irán al castillo, al vacie o a los conos a hacer travesuras y llegarán con los pantalones rajados, lo que sea por su seguridad, no jugarán al corro de la patata, ni a la comba, para cuando les llama su madre decir, “mama un ratito más”, lo que sea porque no se junten con la niña del cuarto, que la del segundo me ha dicho que tiene piojos.

Mientras tanto valores como la solidaridad, la amistad, el compañerismo, se diluyen y van dando paso al individualismo, el egoísmo, la hostilidad y aún nos extraña leer en los periódicos o ver en las noticias cómo un niño ha cometido vejaciones contra otro mientras un grupito lo ha grabado con un móvil, y posteriormente lo han colgado en youtube.  O como un niño ha pegado a un maestro porque le ha pedido las tareas, y además el padre se indigna, cuando no intenta asaltar al señor que instruye a su hijo, y alguno incluso lo consigue. El gesto se nos desencaja cuando oímos que una niña ha quedado embarazada con doce años, esto debió de ocurrir en el trayecto entre la casa de los abuelos y la de los padres por no pensar otra cosa.

No soy padre, no cargo con esa responsabilidad, y tal y como veo el panorama cada día se me quitan más las ganas de traer al mundo a un ser que en lugar de ser más libre de lo que lo fueron sus progenitores, tendrá las cadenas que ha marcado esta nueva sociedad tan avanzada y tan hipócrita en la que vivimos, en la que por lo más cotidiano, como puede ser que niños corran por una plaza y se caigan se hieran y se hagan un chichón, montamos un expolio, y las cosas más importantes, como la amistad o el compañerismo, pasan por delante de nosotros de manera indiferente.

Afortunadamente, no todo está perdido, la foto que precede a este articulo la tomé este verano, en un pueblecito no muy lejano, está retocada para no mostrar sus rostros, y sea que de esta me acusen de pederastia o algo similar, puedo asegurar que disfruté con la escena, una docena de niños corriendo por una plaza, riendo, gritando, jugando, confraternizando, ha sido mi imagen del verano. Por eso pienso que no todo esto está perdido, salgamos a las plazas de los barrios, juguemos con los niños, iniciémosles en los valores con los que nosotros crecimos, esa libertad de hacer, con la responsabilidad que ello conlleva.

José Pablo Cosano