De todos es bien conocida la atracción que España en general, y Andalucía en particular, ha ejercido sobre los intelectuales europeos y norteamericanos de diferentes períodos históricos. Por ejemplo, los poetas románticos alemanes y británicos del siglo XIX sintieron una gran fascinación por las tierras andaluzas, en las que, según ellos, cohabitaban mitos y leyendas inmemoriales con bandoleros, terratenientes, cante y baile, etc. Muestra de ello es la famosa novela Carmen, del escritor francés Prosper Mérimée (1803–1870) publicada en 1845, en la que se relataba la pasión incontrolada que un soldado francés llega a sentir por una gitana de Sevilla. Otra muestra interesantísima de escritor internacional fascinado por Andalucía y sus gentes, sus monumentos, sus costumbres, etc., lo constituye el norteamericano Washington Irving (1783–1859), quien en dos magníficas obras tituladas Crónica de la conquista de Granada y Cuentos de La Alhambra, dejó patente su amor por Granada y Andalucía, fruto de una estancia en nuestra tierra que se prolongó durante diecisiete años.
Pero no sólo los escritores del siglo XIX sintieron esa atracción por Andalucía. También numerosos intelectuales del siglo XX pasaron largas épocas de su vida en nuestro país, estudiando nuestra literatura, nuestra música popular o determinadas cuestiones sociológicas y políticas. Me atrevería a afirmar, sin miedo a equivocarme, que el más famoso de todos ellos, el más riguroso en su trabajo y, quizás, el más importante, es sin duda, Gerald Brenan (1894–1987).
Este hispanista británico —aunque nacido en la isla de Malta— dedicó la mayor parte de su carrera profesional a viajar, estudiar y vivir en España, estableciendo definitivamente su residencia en el pueblo malagueño de Alhaurín el Grande. Entre las obras más interesantes escritas por Gerald Brenan encontramos ensayos como El laberinto español, en el que lleva a cabo un profundo análisis de las circunstancias sociopolíticas que condujeron a la Guerra Civil; Al sur de Granada, La literatura del pueblo español, San Juan de la Cruz —un estudio biográfico sobre el poeta místico— y La faz actual de España.
Es precisamente en este último libro, La faz actual de España, donde se narra el viaje que Gerald Brenan y su esposa, la escritora estadounidense Gamel Woolsey realizaron desde el centro de la Península Ibérica hasta las tierras del sur, a finales de la década de los años cuarenta, justo en el punto álgido de la posguerra.
El profesor Juan Antonio Díaz López, en un excelente libro en el que hace un repaso exhaustivo de la obra de Gerald Brenan, explica sobre La faz actual de España que

se aparta un tanto del libro de viajes tradicional, ya que aunque personalmente (Brenan) estaba cansado de la política española, se vio obligado a transcribir lo que las gentes españolas que encontraba y con las que hablaba estaban ansiosas de contar, casi siempre referido a la situación interna del país.

Durante este viaje, y a su paso por la provincia de Córdoba, Brenan y su esposa, Gamel Woolsey, pasaron unos días en Aguilar de la Frontera, lo que queda recogido con todo lujo de detalles en dicho libro. Aquellas personas jóvenes que deseen acercarse a esta obra, descubrirán en ella una gran fuente de información sobre nuestro pueblo que la mayoría de nosotros desconocemos por completo, debido a nuestra edad. Pero también a las personas que ya habían nacido en aquella época les puede ser de gran ayuda, ya que, al estar escrito por un autor extranjero, expresa la realidad de la época desde otro punto de vista, y con la libertad que le permitía publicar su obra en un país, el Reino Unido, donde la libertad de expresión era una realidad y no simplemente un deseo colectivo, como sucedía en el estado español.
Así pues, en el capítulo tercero de La faz actual de España, titulado “Pueblos de la Sierra de Andalucía”, Gerald Brenan narra su paso por Aguilar, Cabra, Lucena y Priego, poniendo de manifiesto las impresiones y sensaciones que experimentó en nuestro pueblo.
Su relato comienza con una breve descripción de Aguilar:

Aguilar es un pueblo de unos 15.000 habitantes que se levanta sobre una baja estribación que sobresale sobre la campiña. Sus casas son blancas con tejados de color marrón, y parecen gaviotas con sus alas rojizas, y a su alrededor hay claridad y luminosidad. En la cima de dicha estribación se encuentran los restos de una fortaleza, el Castillo de Poley. Poco queda de él, pero desde su emplazamiento, se ven unas vistas amplísimas hacia el norte, el sur y el oeste.

En opinión de Gerald Brenan, en el Castillo podemos encontrar la aportación histórica de Aguilar:

Tras la reconquista de Córdoba en 1236, se convirtió en una de las principales fortalezas que protegían las tierras cristianas de las incursiones que llevaban a cabo las caballerías moriscas. Por esta razón, el nombre del pueblo se puede encontrar en numerosas canciones populares, mientras que sus Condes ocupaban el segundo lugar en el rango de la nobleza andaluza, tras los Condes de Cabra.

Tras esta breve pincelada histórica, Gerald Brenan cuenta lo que va encontrando por el pueblo y la opinión que le merece todo ello:

En la taberna donde fuimos a almorzar —tenía el extraño nombre de Fonda de las Moscas— una anciana de cara triste estaba sentada en una mesa redonda que tenía debajo un brasero de orujo.

Cuando el escritor y su esposa le preguntan a la dueña de la taberna cómo van las cosas por el pueblo, ésta contesta:

Muy mal. No hay comercio, ni trabajo, ni pan. Nos estamos pudriendo. No hay nada que hacer sino esperar a que los enterradores vengan a enterrarnos. (…) Todo el mundo se muere de hambre. El racionamiento que nos dan no es suficiente para alimentar a un perro. ¿Y quiénes sino los ricos se pueden permitir el lujo de comprar en el estraperlo? Incluso cuando hay trabajo, mire los sueldos que nos pagan. ¡Doce pesetas! ¿Cómo puede un hombre dar de comer a su familia con eso? Lo que yo le diga, la gente de este pueblo, se está muriendo poco a poco.

De la misma opinión que la dueña de la taberna se muestran otras personas con las que habla el escritor. Por ejemplo, el conductor del autobús, mientras toma un café con los dos visitantes, les comenta:

Sí, las cosas aquí van muy mal, dijo. Hay una sequía terrible, así que no hay nada que hacer en el campo. Hace dos semanas el ayuntamiento proporcionó trabajo en los caminos, pero ahora los fondos se han terminado. No sé lo que va a ocurrir.

El conductor del autobús les sirve de guía por el pueblo y les aclara detalladamente todo aquello por lo que los dos extranjeros muestran interés:

Pasamos junto a un convento donde las monjas criaban a los hijos de los fusilados (…) Había diecisiete y cada uno recibía un plato de sopa al mediodía.

Tras el paseo por Aguilar, Gerald Brenan llega a la conclusión de que el pueblo está sumido en la pobreza:

Volvimos por la parte más pobre del pueblo. Sus calles eran limpias y agradables pero sólo había que echar un vistazo a los harapos que vestían las mujeres para darse cuenta de la pobreza.

Sirvan estos breves ejemplos que acabamos de ver para darnos cuenta de que Gerald Brenan nos ofrece una visión de Aguilar que muchos de nosotros desconocíamos, y de la que sólo teníamos referencias por las historias que alguna vez nos han contado nuestros abuelos y nuestros padres. Dos magníficas razones, a mi modo de ver, avalan la lectura de esta obra. Por un lado, su gran calidad literaria; por otra parte, el hecho de que la memoria colectiva de un pueblo no debe desaparecer nunca. Por el bien de todos. Estoy convencido de ello.

Rafael Calero Palma