El fin de semana pasado estuve en Aguilar. Llevaba un par de meses sin ir por allí y, en la medida de lo posible, no me gusta que pasen más de cuatro o cinco semanas sin hacer una visita a mis padres y a mis hermanos. Últimamente, siempre que voy por Aguilar me invade una cierta sensación de pesimismo, a mí que soy una persona optimista por naturaleza, y que no me dejo vencer con facilidad.

Desde hace unos meses, Aguilar de la Frontera es un pueblo abierto en canal. Obras por todos sitios, zanjas, aceras levantadas, más zanjas, calles cortadas, los caminos rurales destruidos por completo, etc. Esta vez ha sido aún peor, pues a tanta obra hay que añadir el barro provocado por las lluvias y una sensación flotando en el ambiente de miedo, debido en gran parte a la tormenta de este verano. Las obras en sí no me parecen mal. Siempre y cuando estén bien planificadas, y conduzcan a una situación de mejora. No dudo que la obra que se está realizando en la travesía de la antigua carretera Córdoba-Málaga esté planificada para convertir esa travesía en un bulevar moderno y funcional. No lo dudo, repito. Sin embargo, viendo lo visto, cuesta trabajo pensar que eso será así. La sensación que da ver esa obra es que todo se hace por azar, sin planificación, improvisando metro a metro. Ya sé que no es así. Pero esa es la sensación que produce. Por poner un ejemplo ilustrativo: la mañana del lunes me di un paseo hasta la calle San Cristóbal y era prácticamente imposible entrar allí. El responsable de la obra se había olvidado (¿?) de asfaltar el pedazo de tierra que habían dejado para poder acceder a la calle. Después de las lluvias de toda la noche, simplemente por allí no se podía caminar. Al ver aquello me pregunté cómo se las apañaría alguien que estuviese en silla de ruedas o una mamá con un carro de bebé. Presos en su propia calle.

Por otra parte, el desempleo está pegando fuerte en Aguilar. Y claro está, eso es motivo más que suficiente para que los ánimos estén encrespados. Hay mucha gente que lo está pasando bastante mal, familias enteras en las que no trabaja nadie. Más o menos como en el resto de Andalucía, pero con el añadido de que en Aguilar, el tejido industrial es prácticamente inexistente. La agricultura, por otra parte, gracias a las políticas neoliberales de la Unión Europea y de los distintos gobiernos de la nación, está en una situación de suicidio permanente. Al borde del colapso. Y la impresión que da es que desde el ayuntamiento, con su alcalde a la cabeza, no saben ni pueden articular políticas que solucionen los problemas de la gente y del municipio. Más bien todo lo contrario, que los dirigentes municipales están allí para provocar problemas. En fin, todo esto son apreciaciones personales y tal vez sea yo quien esté equivocado. Pero mucho me temo que no.   

Rafael Calero Palma