Relato Histórico.

Cuentan algunas personas que han cruzado la Silera en horas recónditas de la madrugada que han advertido una presencia que les anulaba la inercia de caminar, infundiéndoles un miedo atroz que perseveraba durante algunos instantes. Muchos vecinos creen haber oído en el sueño profundo de la noche el tañer lastimero de una campana que se iba apagando tenuemente, y haber observado siluetas humanas perfiladas sobre las viejas piedras de la fachada de la iglesia que se diluían con los rayos del sol.

 Me contaba una vecina de la Torre que estos fenómenos se producen desde hace poco tiempo, y que tienen que ver con los espíritus confinados en los sepulcros de la arruinada ermita, cuyos restos se han exhumado para llevárselos a Córdoba. Comenta que escuchó noches atrás lamentos que vagaban por la calle y que, asomada a la ventana, tan sólo divisó entre el celaje que envolvía la madrugada varia  luminarias que se elevaban hasta la bóveda del viejo campanario de la iglesia, fundiéndose con una luz incandescente e inmóvil.   

 Nadie se atreve a pronunciarlo, me dice, pero son las ánimas despojadas del descanso eterno que claman justicia por el destierro de los huesos custodiados en las tenebrosas sepulturas por siglos de oscuridad, protectora de las almas de quienes fueron regresados a la tierra en este lugar. Me han dicho, prosigue, que de entre los destellos de luz que se ven por las noches destaca uno que por su intensidad pudo pertenecer a un espíritu joven, a un ser que no vivió la madurez de la vida, un personaje que según dictan los pergaminos hallados en el osario, fue un hijodalgo de recias convicciones religiosas, un piadoso hombre que afanó su corta vida en la quimera de levantar un oratorio en el Cerro de la Silera para mayor gloria y veneración de una imagen de la virgen, que talló para él un viejo maestro de escultura afincado en el pueblo, al que llamaban “el dios de la madera” por su maestría en el manejo de la gubias.

  Dicen que este antepasado se llamó Joseph Paulett Muñoz Donaire,  y que invirtió toda su fortuna en dicha construcción, remediando la necesidad para concluirla con la celebración de dos festejos de novillos que acontecieron en 1734, con los que recaudó lo suficiente para colmatar el santuario mariano. Y que, en el año del Señor de 1735, el esclarecido personaje cumplió el anhelo de entronizar en la nueva iglesia a la virgen que tanto veneraba. Y cuentan, me susurra con voz tenue, que para mayor culto y veneración de la sagrada efigie se aventuró, junto con su mayordomo, en un larguísimo viaje hasta la ciudad de Roma donde imploraría ante su Santidad indulgencias plenarias para los devotos que rezasen  a la virgen de los Desamparados de Aguilar.

 Recoge la crónica, prosigue, que tras agotadoras jornadas de viaje alcanzaron la capital del Turia, en cuyo puerto buscaron embarque en los veleros que partían con rumbo a la ciudad Eterna. La espera se prolongó durante semanas, tiempo que el patricio aguilarense empleó en conocer la ciudad, dirigiendo sus primeros pasos hasta el Asilo de la Mare de Déu de los Desamparats, origen de la universal advocación mariana que él había arraigado en su pueblo natal. Pronto advirtieron los dos individuos –caballero y mayordomo- la penuria que sufrían los vecinos del lugar, acosados por la mortífera epidemia que había mermado la población y llenado los arrabales de carneros donde  enterraban los cadáveres tras ser rociados con cal, único antídoto contra la propagación de la epidemia.

 La Ribera del Río, la Malvarrosa, al Albufera, la ciudad entera exhalaba el hedor  desprendido de los crematorios cuyos humos viciaban el aire hasta hacerlo irrespirable. Todos estaban expuestos al mal que reflejaban las dantescas escenas que surgían en cada rincón, en cada suburbio, en cada calle de la noble ciudad, donde los muertos, olvidados y temidos, permanecían al sereno durante jornadas enteras, mientras los moribundos clamaban misericordia sin que nadie los amparase.

 Las zarpas del contagio alcanzaron al protagonista de nuestra historia, convirtiéndolo en una víctima  más de las miles que se cobró la epidemia. Tan sólo varios días después de manifestar los síntomas, el honorable hijodalgo murió envuelto en altas fiebres y delirios en los que clamaba volver a su tierra e iglesia. Nada pudo la misericordia divina  que imploraba el lozano joven, ni la protectora devoción de la virgen a la que dirigió sus plegarias, contra la letal peste negra. El destino le jugó una mala pasada y desamparó la vida de quien buscaba con la Fe el auxilio para los Desamparados.

  Apesadumbrado por la situación, el fiel mayordomo se dispuso a cumplir la última voluntad del finado y preparó un arca revestida de telas y un tiro de mulas con las que inició la penosa vuelta al punto de partida. A nadie comunicó lo sucedido por temor a que le impidiesen sacar el cuerpo sin vida, y aún así, tuvo que sobornar a los guardianes de las puertas que cerraban la ciudad para poder abandonarla sin que abriesen el fardo que ocultaba entre los cerones llenos de naranjas.

 Superados los controles, los largos y calurosos días de viaje hicieron mella en el ánimo del fiel sirviente, quien estuvo tentado a deshacerse del cadáver por temor al castigo que le acarrearía si le llegasen a descubrir la carga, y al riesgo de infección por el estado de putrefacción del cuerpo, señalado en el hedor que desprendía las manchas visibles en las telas que cubrían el féretro. Por fin, una luminosa mañana del mes de julio de 1739 divisó una mole de piedra que sobresalía en el horizonte. Con sólo advertir la silueta dibujada en la lejanía supo reconocer que se trataba del castillo de Aguilar, y aceleró el paso para acercarse lo más posible al pueblo antes de que cayese la noche. En la aproximación evitó transitar por los caminos, temiendo ser reconocido, y aprovechó la oscuridad para adentrarse en las solitarias calles hasta alcanzar la cumbre del despoblado cerro, donde se situaba la ermita que meses antes les vio partir llenos de anhelos e ilusión.

 El agotado y abatido mayordomo aporreó el portalón de la casa aledaña al templo,   donde habitaba el santero,  y éste se hizo presente bajo el dintel de la puerta iluminando el lugar con la triste llama del candil que portaba en la mano diestra. Inmediatamente reconoció la silueta del mayordomo a quien interpeló sobre su inesperada llegada. Éste se apresuró a entrar los jumentos en la casa para evitar sospechas de algún curioso que pudiera merodear por el lugar, mientras relataba al viejo acólito la causa de su regreso. Puesto en antecedentes, ambos dispusieron dar sepultura al cadáver en la iglesia, para cuyo acceso utilizaron el portillo de la sacristía que daba a la casa. Ante la insistencia del sacristán el mayordomo le reveló  la causa de la muerte del señor, haciéndole jurar que jamás  contaría lo sucedido. 

   En las primeras horas de la mañana siguiente el cansado viajero denunció ante el corregidor y Justicia de la Villa el fallecimiento del joven aristócrata, detallando en su “versión” los pormenores de la muerte y depósito del cadáver en uno de los carneros de la ciudad levantina. Asumida la historia por las autoridades, y tras cerciorase  éstas de que el mensajero no era portador del mal,  dispusieron la colocación de un catafalco funerario en el presbiterio la iglesia de los Desamparados para las solemnes honras que se celebrarían en memoria del artífice de la construcción del templo. Durante las mismas, el afligido asistente revivió la odisea sufrida y maldijo mil veces el infortunio que tomó su amo con aquel viaje al abismo. Sólo él  y el sacristán conocían la presencia del cadáver bajo las frías losas de mármol del templo, secreto que se llevaron a la tumba y que, trescientos años después, ha sido revelado con la apertura de la cripta de la iglesia.

 Ya no reposan los retos del joven Joseph Paulett en el cerro de la Silera, por haber estar  confinados en la fría sala de un museo cordobés, pero su ánima sigue merodeando  el lugar esperando el reposo imperecedero entre las vetustas piedras del edificio religioso. Si pasas por la Torre y sientes su presencia no tengas miedo, su espíritu sólo busca el descanso en la eternidad de los muertos.          

  Antonio Maestre Ballesteros