Con ocasión del tiempo de Cuaresma, dedicamos nuestra III Página de Historia a un relato con marcado carácter cofrade, en el que revelamos la atribución de dos de las imágenes de nuestra Semana Santa a uno de los grandes imagineros de la escultura neoclásica sevillana.

Relato histórico

El tañer lastimero de la vieja campanilla de bronce fue rompiendo el silencio monacal como rayo de luz que escapa a la oscuridad. La tenue llama que desprendía del candil portado por el guardián Carmelita fue iluminando el estrecho pasillo del claustro alto como relámpago inesperado en noche de tormenta. Un rosario de avemarías se fue engarzando entre las centenarias paredes del cenobio mientras los sigilosos frailes bajaban las escaleras envueltos en un alborear de plegarias. El chirriar de las viejas puertas de madera advertía la llegada de los últimos monjes al tétrico y taciturno cortejo. Como testigos mudos de la escena, por siglos repetida, el esbelto ciprés del arcado patio y la luminosa redondez de la luna colgada sobre la espadaña de la iglesia.

Ya en el coro, las letanías marianas marcaban el rezo de Maitines con el que los frailes santificaban cada madrugada de sus vidas. Las celosías de madera sólo dejaban entrever la tenue luz que desprendía la torcida ahogada en aceite de la lámpara del sagrario y alguno de los cuadros que adornaban el Presbiterio. Situados en sus escaños de madera  y revestidos por la solemnidad que les confería la amplia capucha que cubría sus rostros, los frailes desgranaban sus jaculatorias observados por el Prior, quien se mantenía absorto en sus pensamientos, consiente que el nuevo día traía para él un desafío importante. Corría el año del Señor de 1790, y con el clarear del nuevo día se inauguró la primera jornada el mes de junio.

Fray Martín de San José, así se llamaba el  Superior, había permanecido en duermevela toda la noche ante la inquietud que le producida el viaje que emprendería aquella mañana. Le aturdía el miedo al cansancio en las duras jornadas de camino que le esperaban y la impaciencia por asistir al Capítulo de la Orden que se había convocado en Sevilla. Pero sobre todo, su desasosiego obedecía a sentir próximo el día que tanto había esperado, en el que cumpliría el anhelo de contemplar las imágenes encargadas años atrás al General de la Orden en Andalucía, y que había realizado para el convento   aguilarense uno de los más afamados imagineros de capital andaluza.

Tras los Maitines, volvieron los frailes al reducto claustral de sus aposentos, dirigiendo  sus pasos el Prior hasta la capilla de San Andrés, en cuya pared lateral reposaba el cuerpo incorrupto del venerable Agustín de los Reyes, un frailecillo amigo de Santa Teresa que vino a Aguilar a fundar el convento Carmelita, allá por el año de 1590.  Rodeado de oscuridad y silencio, el anciano fraile encomendó el viaje al fundador del convento, recordando el periplo vivido por éste en las ocasiones que, varios siglos antes, transitó por esos caminos  de Dios cuando partió a fundar los conventos de Écija y Sevilla.

Aún no había roto la aurora la oscuridad de la noche y ya estaba abierto el angosto portillo de la huerta del convento por donde salieron las bestias que montaron el venturoso fraile y el santero de la casa, quien le acompañaría hasta la ciudad de Écija para tomar las postas que le llevase hasta Sevilla. Despedidos por la Comunidad junto a la Cruz del cercado que señalaba el emplazamiento de la antigua ermita de la Veracruz, los dos personajes, religioso y lego, tomaron dirección al Vado de las Carretas, por donde cruzaron el río, tomando el camino de la Vega hasta la venta de Zamacón donde realizarían el primer alto en el viaje.

Cuando alcanzaron este lugar, el astro rey  iluminaba ya el firmamento, aunque sin la energía suficiente para evaporar la escarcha que empapaba los renovados pámpanos de las viñas. Con un “buenos días” que retumbó en la baja techumbre del inmueble, traspasaron fraile y santero la puerta del ventorrillo, atestado a esas horas de jornaleros que avivaban el espíritu con someros tragos de “ligadillo” de Rute. Poco tiempo permanecieron en el lugar los dos pasajeros, quienes,  tras avituallarse de pan y queso,  prosiguieron su marcha por los polvorientos caminos de la campiña, ensimismados en conversaciones que derivaban siempre en el convento y sus necesidades.

-¡No le parece padre que el agua de las Minas podríamos recogerla en una alberca en las Eras del Tostado, y así agrandar el huerto desviando el sobrante hasta  la fuente de la Membrilla¡-

-¡Lo miraremos a mi vuelta¡-

-¡Se me olvidó contarle padre que ayer estuvo visitando las obras de la nueva capilla don Alonso Valenzuela y preguntó por usted¡-

-¡Ya lo sé Manuel – así se llamaba el santero-, me lo dijo el hermano Rafael¡-

-¿Y que Quería padre?-

-¡Saber cuándo llegaría la imagen que presidirá la capilla¡-

-¿Esa es la que usted va a recoger de Sevilla?-

-¡Sí Manuel¡

-¡Esa y otra para la capilla de los Carmona¡-

-¡Sabía Padre que el torno nuevo……¡-

Con estas cavilaciones les alcanzó el medio día y decidieron cobijarse bajo la sombra de un centenario chaparro donde alimentar el estómago y recrear el cuerpo con una aletargada siesta mientras los animales retozaban entre restrojos viejos.

Con la fresca de la tarde retornaron a las cabalgaduras y,  -cual  hidalgos caballeros  transitando por la estepa manchega-, eran perseguidos por las corpulentas sombras que proyectaban sus cuerpos en los márgenes del camino. Pronto alcanzaron a divisar en la honda vega del Genil las altas torres que sobresalían entre el blanco caserío y las verdes alamedas del río.

-¡Ya estamos cerca Padre!-

Advirtió el sirviente, mientras el penitente fraile fungía el ceño como expresión del dolor acopiado tras la larga jornada. Pronto se hallaron ante el enorme portalón que enmarcaba el atrio del convento  de los Descalzos de Ecija, donde fueron recibidos con muestras de cariño por la Comunidad.

 

El cansancio acumulado fue colmado en parte por la “comodidad” del camastro que acogió las horas de descanso del fraile. Aquella noche fue excusado de asistir al rezo de Maitines, evadiendo así el tener que interrumpir el sueño.