El Alborear de palmas doradas en la mañana resplandeciente del Domingo de Ramos marcó el inicio de una nueva Semana Santa. Tradición y liturgia reunidas en el magno cortejo que trascurre desde Parroquia a Parroquia abriendo la Carrera por la que momentos después pasaría la  popular cofradía de la Borriquita, iniciando así la Pasión según Aguilar de la Frontera.

Como todos los años, el renacido sol de primavera llenó  de luz la Plaza del Carmen cuando el sereno semblante del Señor en su Entrada Triunfal cruzaba a lomos del divino pollino el umbral de la  Iglesia, ante la expectante e ilusionada mirada de la chiquillería, protagonistas de tan sublime momento. Como un coro de hosannas, los gritos de los niños saludaron la llegada del Rey de reyes a las calles de Aguilar y lo acompañaron en su cansino caminar por la Jerusalén aguilarense. En su recorrido, la travesía por el palmeral de las Coronadas  brinda las estampas más bellas del Señor que legara al patrimonio cofrade de Aguilar  el imaginero Juan Martínez Cerrillo.

Tras Jesús, siempre su madre. María presente en todos y cada uno de los días que saturaron de pena y dolor los trágicos momentos del Calvario. Colmada de dulzura y belleza, Madre de Dios de la Palma compite en hermosura cada Domingo de Ramos con las retoñadas flores que desde el balcón de las Coronadas se asoman expectantes para contemplar el primor con que la llevan sus costaleras, mostrando en el esfuerzo renovado de cada chicotá que Ella es la Gracia que llena los corazones de quienes soportan en sus hombros tan divina carga.

Cuando el sol de media tarde traspasa los vidriados colores del rosetón gótico del Soterraño, los labios de Jesús orante musitan  bajo el olivo de Getsemaní la entrega para el sacrificio del Cordero Divino  ¡hágase tú voluntad, Señor, y no la mía¡. Esfuerzo renovado de costaleros que,  en una excepcional proclama devocional han llevado por primera vez a costal al Señor del Huerto en una iniciativa que será premiada, Dios mediante, si toman la experiencia de quienes le precedieron en este que hacer.

El azahar roto por la primavera tardía embriagaba de olor la Cuesta de la Parroquia mientras el verdor renacido de sus naranjos contrastaba, un año más,  con el encarnado palio de la virgen del Rosario. Maestría en el andar costalero y serena tristeza en el rostro de la virgen cuyas lágrimas reflejaban el dolor  de  toda una  hermandad  apenada por la señalada ausencia en el llamador del paso. Un rosario de silenciosas plegarias marcó durante toda la noche su recuerdo.

Desde el barrio más moderno, la cofradía más joven. En una fría noche de lunes Santo que presagiaba lo que estaba por venir, Jesús Cautivo congregó  a cientos de luminarias que siguen cada año los pasos del Señor del Cerro, envuelto en el silencio impuesto por la rigidez  penitencial de sus cofrades,  ejemplo a seguir para muchas hermandades modernas y antiguas. Todo es hermosura en este singular Misterio de la Semana Santa de Aguilar que tan magistralmente tallara, hace ya una década, el cordobés Paco Romero. La Caridad llenó de devoción las silentes calles de un arrabal que espera anhelante el día, que llegará,  en el que su cofradía transite por el barrio entre redobles de tambores y quejidos de cornetas.

Ascendido sobre un calvario de claveles rojos, la penetrante mirada de Jesús Preso  proclamaba en la noche fría y lluviosa del Martes Santo la condena más injusta de la historia. Tras los escarnios sufridos en el palacio de Pilatos, los textos Sagrados muestran al ECCE-HOMO, el hombre- Dios que acepta con resignación los designios del Padre. Joya  de la Semana Santa de Aguilar, esta imagen nos remite a los grandes escultores del barroco andaluz, como Alonso de Mena,  cuyas gubias pudieron labrar  este prodigio de arte.

Reminiscencias monjiles escoltan  por siempre a la Virgen que trajeron hasta el Asilo de la calle Ancha las hermanitas de la Caridad en las primeras décadas del siglo XX. Bajo el palio resplandeciente de luz se acopia todo el amor que derraman sus costaleras en el andar alegre, de costero a costero,  que mueve con soltura las bambalinas de maya que cobijan a la Virgen que es  Reina y Madre de los Desamparados. Sólo la solera que otorga el ser la cuadrilla decana de las costaleras de Aguilar permite mecer un palio como lo hacen cada año ese ramillete de mujeres que amparan la devoción de la que dicen que es,  “la señorita de la Veracruz”.

La meteorología dio una tregua en la jornada que marca el pórtico de los días grandes de la Semana Santa de Aguilar. La emblemática noche que la tradición nombra del “Cuello Sucio”  y los hermanos del Caído revisten de azul y morado, se cubrió de estrellas para que la primera luna llena de primavera prestase el embrujo de su luz a los momentos álgidos en los que la cofradía acede por la estrechez de don Teodoro hasta el arco que, eliminado por los arbóreos candelabros, proyecta la sombra del nazareno Carmelita sobre la blanca cal de las paredes, diluyéndose posteriormente en la oscura  inmensidad  que cubre el  ochavado recinto de la Plaza de San José.

Tras el Caído, la Paz recubierta de albores blancos. Blanco palio, saya blanca. Todo se torna claridad cuando sale la virgen del Miércoles Santo. La Plaza se hace templo a su paso  y como  una novia presumida luce la virgen su toca de sobre manto. Con que mimo la mecen los costaleros para restarle  dolor a su quebranto, con que mimo la acunan para que la brisa seque  las lágrimas de su llanto.

Y en el jueves más solemne del año, la incertidumbre de la lluvia dio tregua para que las tres cofradías realizasen su estación penitencial llenando de fervor cofrade las calles de Aguilar.

Desde la ermita  de la Candelaria, el Amor de Cristo y la Esperanza de María arriban hasta la Placilla Vieja  en un firmamento de sombras  proyectadas sobre la blanca estrechura de las calles Moros y Moreno. Perfiles de un Stabar Mater soñada  en el que la Virgen  procesiona  junto al Cristo vivo del Amor, elevado sobre  un calvario de claveles encarnados. Sueños que el tiempo determinará si algún día se tornan realidades.

Humilde, el más  humilde, sobre una peña sentado, con la mano en la  mejilla Cristo espera para ser crucificado. Que hermosa lección impartes cada noche de jueves Santo Señor,   colmando de Humildad y Paciencia las calles de tu pueblo. Lección magistral desde la alta peña donde proclamas el Amor al prójimo  que sentencia  tu Mandamiento. Con el mutismo de tus labios vas gritando  la verdad de tu  mensaje, mientras las rojas capas enarboladas al viento proclaman la devoción de los humildes al dolor reposado de tu imagen.

Desde la ermita de la Veracruz, cátedra de la historia cofrade, un Cristo chiquito  guía cada Jueves Santo la  tradición de la Semana Santa de Aguilar. Cuatrocientos cincuenta años  han transcurrido desde que salió por primera vez a nuestras calles entre disciplinas y azotes, instaurando una costumbre que el pueblo hizo suya para siempre. En tu leño verde, Santísimo Cristo de la  Veracruz, se custodia los siglos de devoción de la que es, por derecho propio, la más antigua, la primitiva cofradía de los nazarenos de Aguilar.

Cristo abraza la Cruz, y con ella su destino, cuando atardece el Jueves Santo  en el altozano de la Veracruz tiñendo de rojo púrpura la túnica del Calvario. Nadie como Tú, nazareno de la Veracruz, puede presumir de destreza costalera, ni  sentir esa chicotá eterna cuando subes por  Lorca llenado con tu divina humanidad la  estrecha angostura de la calle. Nadie como Tú, Nazareno del Jueves Santo, puede sosegar su pena entre costales de pasión que miman el costero para aliviar  el dolor que descarga sobre tu hombro ese pesado madero.

Nadie duda de tu realeza, Remedios, cuando el cielo azul de la tarde se vuelve palio para cobijarte. Nada  impide que te veneremos como reina si las estrellas se desprenden una a una para coronarte. Porque tú, reinarás por siempre en nuestro corazones y serás la Señora  que prende amores entre varales de plata con las últimas luces de la tarde. Nadie como tú, Remedios, que lloras  y ríes tu pena, levanta clamores a su paso y despierta fervores entre lutos de mantillas  y plegarias  de tambores. Nadie como Tú, Remedios.

En la madrugada, la luna de parasceve jugaba al escondite con los negros  nubarrones que planeaban por la cúpula estrellada del firmamento,  mientras una lúgubre agonía desprendía su rudo tañer desde el  campanario del Carmen. Cristo expiró un año más en la recoleta plaza  cubriendo de oscuridad y silencio la noche. Un reguero de luz marcaba el camino de la penitencia más sobria,  mientras  la severa rigidez de la muerte era izada sobre la blanca fachada de la iglesia.