La semana pasada estuvieron en nuestro país, de viaje oficial, el Emir de Catar, Hamad Bin Jalifa al Thani, y su esposa, Moza Bint Nasser. La pareja fue recibida con todos los honores habidos y por haber (y más aún, si ello es posible) por las más altas instancias del Estado español, léase el Rey y la Reina del Reino, los Príncipes de Asturias, el Señor Presidente del Gobierno, la Ministra de Asuntos Exteriores, el jefe de Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), el Líder de la Oposición, el Alcalde de Madrid, etcétera, etcétera.

En honor a estas dos insignes figuras, el Emir y su esposa, digo, se han desarrollado numerosos actos protocolarios, tales como recepciones reales, con bailes de gala y cenas opíparas incluidas (eso sí, sin una gota de alcohol, faltarías más), desfiles de la guardia real con pase de revista a una compañía de dicho cuerpo, etc. No obstante, el acto central de este viaje, el acontecimiento sobre el que ha pivotado todo este derroche de amistad y buenas intenciones, de sonrisitas y besamanos, de desfiles de modelitos por parte de la sección femenina de los mandamases, no es otro que el almuerzo en el Palacio de la Moncloa con el simpar Presidente del Gobierno de España, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero.

Tras el almuerzo, Zapatero y Hamad bin Khalifa Al-Thani firmaron varios acuerdos de carácter económico, básicamente. Porque Catar se ha convertido, por arte de birlibirloque, en uno de los países con más intereses económicos en nuestro país, después de comprometerse a llevar a cabo una inversión en torno a los tres mil millones de euros en los próximos años. Algunas de estas inversiones van dirigidas a recapitalizar las cajas de ahorro; otras, a la compra por parte de Catar, de una parte de Iberdrola.

Otro de los momentos estelares de este encuentro bilateral, ha sido la entrega, por parte del Alcalde de la Ciudad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, de las Llaves de Oro de la Ciudad de Madrid al Emir del Estado de Catar, con una recepción en la Plaza de la Villa. Un acto repleto de palabras vacuas y frases grandilocuentes, que a más de dos, ha arrancado una lagrimita y no precisamente de emoción, más bien de asco y amargura. Por cierto, que esta entrega de las Llaves de Oro, ha sido muy similar a la que ya tuvo lugar cuando se le entregaron dichas llaves al Coronel Gadafi allá por dos mil siete, cuando el coronel libio aún no había caído en desgracia y los países aliados no bombardeaban los parques y plazas de su país.

Y es que como todo el mundo sabe, Catar es una de las grandes Democracias (con D mayúscula, que inspira más respeto) del mundo mundial. Este pequeño estado del golfo Pérsico es una Monarquía absoluta, como si el tiempo se hubiese detenido en la Edad Media. Allí no existe el sufragio universal, los partidos políticos o sindicatos están totalmente prohibidos, y el Emir, este personaje al que han entregado las Llaves de oro y al que el Rey de España cuenta chascarrillos ocurrentes, si hemos de hacer caso a las imágenes de la televisión, dicta las leyes. En Catar los derechos humanos brillan por su ausencia, las mujeres no valen ni la mitad que los hombres, y la pena de muerte es legal y está a la orden del día. En este estado la homosexualidad es un delito castigado, en el más benévolo de los casos, con cien latigazos, pero que puede costarle a alguien incluso la vida (a finales de dos mil diez, veintisiete personas consumían sus días esperando a ser ejecutadas). En fin, una muestra más de la hipocresía que se gastan los gobernantes europeos, a los que en casa se les llena la boca de democracia, de derechos humanos, de libertad y pacifismo, pero luego no tienen ningún reparo en llevar a cabo sus oscuros negocios con todo tipo de sátrapas. Lo cual da mucho que pensar.
Rafael Calero Palma


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