“…Ya ves, como si yo fuera malo: no bebo, ni fumo ni me voy de juerga”

El otro día tuve una conversación con un joven conocido que se quejaba de que su parienta nunca estaban contenta con él, y para ilustrar que no era una mala persona me soltó la frase de la cabecera. Claro está que no es la primera vez que la oigo y en la cultura en la que me he criado todavía es fácil escucharla de boca de algunas personas mayores, sobre todo mujeres, cuando se refieren a los maridos modelos que para ellas eran los que trabajaban y si era posible no frecuentaban bares ni gastaban dinero en vicios que mermara la economía doméstica, tan precaria por aquel entonces. Hay que puntualizar también que ellas no fumaban, no bebían y lo de irse de juerga ni se les pasaba por la imaginación. Estoy hablando de la época de mi madre que en la dimensión histórica es, por así decirlo, ayer mismo.

Es curioso cómo sin darnos cuenta vamos transmitiendo los valores, creando una moral colectiva que juzga lo que a la mayoría le parece mal o bien.

La sociedad define los roles, los transmite, les pone límites y castiga de multitud de maneras a quienes se salen del guión. La sociedad sin embargo somos todos y cada uno de nosotros y como parte integrante de la misma me voy a rebelar contra la frase de marras por muchos motivos, pero sobre todo porque estoy oyendo cada vez más opiniones en personas jóvenes que se parecen mucho a las que creíamos que estaban superadas con los últimos avances sociales.

  • Soy mujer: fumo, bebo y el día que me voy de juerga con mis amigos me siento feliz.
  • Soy madre: cuido, alimento, educo y amo a mis hijos.
  • Soy esposa: respeto, admiro, me divierto y comparto la compleja vida con mi pareja.
  • Soy ama de casa: procuro mantener mi hogar en las mejores condiciones posibles.
  • Soy profesional: me gano el pan dignamente cumpliendo con las exigencias de mi empresa.

Sin embargo para determinadas mentalidades mi primer “soy” descalifica a los demás. Yo abogo por defenderlo y dignificarlo como parte esencial de la calidad de vida de las personas. Apelo a la conciencia femenina para que pruebe a romper los esquemas y salga a divertirse sin complejos de culpa (lo de beber y fumar que lo decida cada cual). Apelo también a la conciencia masculina de los que todavía creen que si trabajan, han cumplido con sus responsabilidades y que sus parientas deben sentirse contentas porque no tienen vicios añadidos; y apelo a los jóvenes de ambos sexos para que sean libres, responsables y conserven las conquistas que tanto esfuerzo cuestan a generaciones enteras.

¡Lo que da de sí una frase!

“Contramaestre”

Imagen: “El secreto de Atenea”