Leía días atrás una entrevista en prensa al torero retirado, ahora ganadero, José Miguel Arroyo “Joselito”, acerca de la vuelta a los ruedos de José Tomás, acontecimiento que tuvo lugar el pasado 23 de julio en Valencia. Decía el torero madrileño sobre el de Galapagar que “es ya una leyenda en un país en el que para serlo hay que palmar”.

No le falta razón al maestro “Joselito”. José Tomás es leyenda, mito viviente de la tauromaquia, siendo además el torero más mediático de las últimas décadas. No en vano, su anterior reaparición en Barcelona, en 2007, tras un lustro de ausencia y silencio (se retiró en 2002 sin dar ninguna explicación), fue seguida por medios de comunicación de todo el mundo, tanto especializados como generales. Por no hablar de la cornada que sufrió el pasado año en Aguascalientes (México), y que a punto estuvo de costarle la vida. Sus imágenes fueron apertura de telediarios y portada de periódicos, y el estado del torero, las horas y días siguientes a la cogida, protagonizó titulares en las jornadas sucesivas. En esos casi tres años, desde Barcelona hasta Aguascalientes, sus actuaciones, todas en plazas con un aforo superior a las 8.000 localidades, han agotado entradas en tiempo récord y han supuesto, para las ciudades en las que se producían, un aluvión de visitantes que llenaban, además de la plaza de toros, hoteles y restaurantes. Tanto es así, que un estudio reciente ha revelado que una actuación de José Tomás genera de media para la economía local 1,5  millones de euros, pudiendo llegar incluso a superar los 2 millones en ciudades grandes.

Esta nueva reaparición, más de un año después de debatirse entre la vida y la muerte, ha supuesto un nuevo hito, tanto a nivel mediático como económico, sobre todo para las arcas de la empresa gestora de la plaza de toros de Valencia, así como para los establecimientos hosteleros de la ciudad del Turia. Tras ella, otras ocho localidades (que totalizarán las 9 actuaciones que tiene previstas el torero en lo que queda de temporada) ya se frotan las manos, a la vez que imploran por que llegue sano y salvo a cada una de las citas.

Los números cantan. José Tomás mueve masas. Pero su grandeza va más allá de ser un simple ídolo. Lo suyo, como dice el maestro “Joselito”, ya es de leyenda. Su imagen lleva aparejado un halo de misticismo y enigma que tiene efectos magnéticos, tanto para su amplia legión seguidores como para los medios de comunicación, a los que apenas concede declaraciones y para los que nunca posa lejos del ruedo, ofreciendo escasos datos de su vida personal y profesional. Su silencio, su permanente mutismo fuera de la plaza, se traduce en feroz expectación, siendo la carga emocional que envuelve sus actuaciones el eslabón definitivo que engancha a miles y miles de espectadores ávidos de su presencia.

En este punto evitaré, en la medida de lo posible, entrar en tecnicismos taurinos, que me harán poco comprensible para el lector no aficionado a los toros. Así que, para que todos me entiendan, diré que las principales credenciales de José Tomás como torero son su impavidez y firmeza, que dan como resultado un valor de escalofrío, así como una interpretación del toreo de enorme pureza, dotada además de una gran y acentuada personalidad. Esas cualidades, que juntas son difíciles de encontrar en un mismo torero, son las que le hacen marcar diferencias en la plaza, las que calan en la sensibilidad del espectador y las que lo retratan como uno de los más grandes de la historia de este arte.

Otra faceta en la que José Tomás marca claramente la diferencia es en sus honorarios. Su caché por actuación ronda los 300.000 €, pudiéndolos superar de manera sensible en según qué plazas (se habla de que por dos actuaciones en Madrid, en 2008, percibió más de 700.000 €). Sin embargo, este aspecto no es obstáculo para que la demanda por contratar al diestro de Galapagar supere ampliamente las actuaciones que éste desea tener en cada temporada, normalmente bastante limitadas. Por tanto, y a pesar de su elevado coste, estamos de hablando de un torero sobradamente rentable para las empresas gestoras de las diferentes plazas.

Al hilo de la cuestión económica, cabe señalar que desde hace años preside una Fundación que lleva su nombre, destinada a obras sociales y educativas, colaborando también con importantes sumas económicas en favor de diversas causas benéficas (donando en alguna ocasión de manera íntegra sus emolumentos por una actuación), por lo que parte de sus ganancias van a parar a la gestión de su Fundación, así como a diversas ONG. No obstante, supongo que para muchos la pregunta es obligada con la que está cayendo. ¿Es excesivo el caché de José Tomás?

Lógicamente, dado el importe que supone su contratación, y para asegurar su rentabilidad, las empresas deben gestionar acertadamente todos los demás ingredientes que conforman la corrida en la que actúa José Tomás. Esto es, precios de las localidades, honorarios de los otros dos toreros, coste de los toros, etc. En cuanto al precio de las localidades, ya imaginarán lo que ocurre. Pero no es todo. Una vez las entradas salen de taquilla, multiplican su precio de forma estratosférica, llegándose a pagar en reventa hasta más 3.000 € por una entrada de 150 € (la más cara) y entre 1000 y 1.500 por otras más “asequibles”, existiendo toda una trama, un autentico negocio, alrededor de esta cuestión en cada actuación del torero.

Después, vienen los otros dos toreros actuantes, que también deben de cobrar, claro. Aunque, obviamente, muchísimo menos que José Tomás. Para empezar, es condición sine qua non que uno de los otros dos toreros sea más veterano (en años como torero de alternativa) que JT, ya que es ese torero más veterano el que, por obligación del reglamento, actúa siempre en primer lugar. Vamos, lo que viene a ser un “telonero”, dicho para que me entiendan y con el mayor de los respetos hacia quienes visten de luces y ponen en juego su vida. El tercer actuante es, en muchas ocasiones (salvo contadas excepciones), un torero joven, con cierta proyección, pero lejos de suponer una figura de competencia directa con el torero de Galapagar. En alguna otra ocasión, este tercer actuante es un torero local, para el que supone todo un lujo verse anunciado con José Tomás. Así, para todos los que actúan junto a él, ese festejo supone un inmejorable escaparate, sabedores de que todas las miradas se dirigirán esa tarde hacia ese lugar y, si hay suerte y tienen una buena actuación, el calado y repercusión de la misma será mucho mayor. Esto, lógicamente, lo saben las empresas gestoras de las plazas, y juegan con esa baza a la hora de negociar los honorarios de los “actores secundarios”, previamente impuestos o supervisados por el apoderado de José Tomás. La pregunta cae por su propio peso. ¿Será posible ver, en un mismo cartel, a José Tomás junto a dos grandes figuras del momento en competencia directa? Ciertamente, se antoja muy difícil. En eso pierde el espectador y pierde la fiesta. Pero al empresario, por razones obvias, le trae sin cuidado. Sus ganancias están a salvo, aseguradas, ponga a quién ponga junto a JT. ¿Para qué arriesgar?

En cuanto a los toros que se lidian,  normalmente pertenecen a ganaderías de prestigio y cierta garantía para el espectáculo (lo que equivale a mayor coste), aunque siempre el “factor toro” es el de mayor incertidumbre para una corrida. Esta cuestión, la de los toros, también viene impuesta y/o negociada de antemano, siendo ésta una práctica habitual desde siempre en la mayoría de figuras de peso en el panorama taurino. Sin embargo (he aquí otra diferencia), hay que destacar que en la actualidad el poder del diestro de Galapagar en los despachos supera al de cualquiera de las otras figuras del momento.

Por último, la televisión. Un tema en el que José Tomás siempre ha mantenido una postura reticente desde que irrumpió con fuerza en la fiesta, pero mucho más, llegando ser inflexible, desde que se produjo su reaparición en 2007. Dice el torero, o en este caso los que hablan por él, que sus derechos de imagen deben ser negociados directamente con las televisiones, y no a través de terceros, como son las empresas que gestionan las plazas desde las que se retransmite el espectáculo. Con su ausencia televisiva (en directo) es cierto que su leyenda se acrecienta, que sus actuaciones adquieren más aún la etiqueta de “únicas”, pero no menos cierto es que se resta oportunidad a quienes no la tienen de pagar una entrada en taquilla, previo viaje, con todos sus gastos, al lugar donde el torero actúe. ¿Sería bueno “sacrificar” alguna vez esos derechos de imagen negociados directamente con televisión (aunque cobrados, como no podía ser de otra manera, por encima del resto) para satisfacer a multitud de aficionados en todo el mundo? ¿No sería un gesto por el bien del espectáculo, por el bien de un arte tan atacado y puesto en entredicho?

Son varias de mis preguntas, o más bien las respuestas que ante ellas mi entendimiento genera, todas las sombras que en mi visión “adornan” la luminosa figura de José Tomás Román Martín. Grandísimo torero, que aún brillaría más en competencia directa con las grandes figuras actuales. Con todas. Genial artista, que sin embargo, y a más, se halla recluido en un hermetismo casi sectario, que si bien para muchos añade mayor atractivo al personaje, creo que resta todo aquello que, además de lo que demuestra en la plaza, podría aportar en favor de la tauromaquia, pues su imagen, su palabra y un poquito más de cercanía, darían mayor realce y gancho a un arte necesitado de protagonistas que lo den a conocer (de verdad) más allá de las fronteras de los cosos taurinos.

 

Juan Jesús Espinosa Prieto

Foto: Sánchez Pulido