Rafael Calero Palma

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Hace unos días iba yo caminando por una céntrica calle de Granada y me encontré con un conocido al que llevaba sin ver más de diez años. Era un chico con el que había coincidido en la Facultad de Filosofía y Letras cuando empecé la carrera. Si la memoria no me falla, íbamos juntos a una asignatura de literatura, aunque él estudiaba Historia y yo Filología Inglesa. Después de los saludos de rigor, de decirnos mutuamente lo cambiados que nos veíamos, y de señalarnos las devastaciones que el maldito tiempo había hecho en nuestros respectivos aspectos, le propuse tomar un café en una cafetería cercana. Mi amigo puso alguna excusa peregrina, pero tras mi insistencia, acabó aceptando.

Una vez en la cafetería y ante un café con leche, me interesé por su trabajo, pensando que mi amigo sería profesor de historia en algún instituto de la provincia, ya que lo recordaba como uno de los mejores alumnos de aquella clase. Pues nada chico, me contestó muy compungido, estoy en paro. Llevo más de dos años en paro, y por más que busco, no encuentro absolutamente nada. He perdido el derecho a todo tipo de prestación y estoy viviendo de lo que mis padres me dan. Estoy completamente desesperado. Ya ves, un tío con éxito, sonrió irónicamente.

Durante un rato me puso al día de su situación personal: Había estado casado y era padre de dos hijas de diez y seis años, respectivamente. Me contó que durante un tiempo había sido el hombre más feliz del mundo, tenía trabajo, una vida personal estable y dos hijas maravillosas a las que adoraba. Las cosas parecían ir bien, pero se quedó en paro y todo empezó a torcerse. Al final su mujer se largó, harta de la mala situación económica en la casa y de las broncas que eso conllevaba. Ahora, como él no tiene un euro, no puede pasar manutención a sus hijas. Como no pasa manutención a sus hijas, no puede verlas. En fin, una situación bastante delicada y sin solución a corto plazo.

¿Quieres saber qué es lo peor de todo esto?, me preguntó. A mí todo lo que me acababa de contar ya me parecía bastante chungo, así que si había cosas aún peores, no quería ni imaginármelas. El odio, dijo. Yo no acababa de entenderlo. Sí, hombre, no pongas esa cara. El odio que me corroe por ahí dentro. Eso es lo peor de todo. Me he convertido en una máquina de odiar. Odio a todo el mundo. Yo, que siempre me he tenido por una persona amable, que me he preocupado por los demás, que he procurado poner mi granito de arena para cuidar el medio ambiente, que he ayudado a las ongs con lo que he podido, que he intentado hacer el bien sin mirar a quien, que he votado en todas las elecciones, que no he defraudado a hacienda en mi vida, que he respetado las señales de tráfico, que he cedido el asiento en el autobús a las embarazadas, a los ancianos y a las monjas, yo, que era una buena persona, me he convertido en un cabrón que odia a todo el mundo. Odio a los políticos, a los sindicalistas, a los que trabajan en la oficina de empleo, a cualquiera que tenga un trabajo e incluso a los que no lo tienen pero cobran el paro. Odio a mi ex mujer, a mis vecinos, a mis padres, a muchos de mis antiguos amigos… Hay tanto odio circulando por mis venas que a la persona que más odio es a mí mismo.

Después del café, me despedí de mi amigo deseándole suerte y dándole ánimos, diciéndole que todo tenía solución, que ya vendrían tiempos mejores, que algún día tendría que pasar el chaparrón y todas esas frases hechas que se dicen en estas situaciones, pero pensando que por nada del mundo me gustaría estar en su pellejo.

Ahora te toca a ti, que estás leyendo esto al otro lado del ordenador, sacar conclusiones.