Amanece el Jueves Santo. Abro los ojos y siento que ya ha llegado el día. Después de un año esperando, voy a sacar en mi hombro a mi bendita Imagen, a Nuestro Padre Jesús de la Humildad. Aquella imagen que desde que tengo uso de razón me llamó la atención, no sé si por su mirada que transmite candidez, si por su tranquilidad aun sabiendo que va a ser crucificado, ya que sabe que va a ser crucificado porque Dios, nuestro Padre, así lo ha dispuesto, no sé por qué, pero Él me da fuerza en mi caminar diario cuando surge algún bache.

            Por la mañana, con toda la ilusión del mundo, me visto para ir a la Parroquia, para ver como preparan a mi Jesús de la Humildad, y para pedirle que me vaya bien por la noche, y que su caminar por las calles de Aguilar sea aliviador para el alma de las personas que más lo necesitan. Allí, mientras lo preparan entre lirios morados y le colocan los últimos detalles, pienso “¡Qué bonito es!”. De camino a mi casa voy contento, simplemente contento.

            La tarde es un descansar pensativo; estoy deseando que lleguen las 9. Descanso entre sones de trompetas, cornetas, tambores, redobles e Imágenes. ¡Qué envidia sana tengo de las Hermandades que ya están en la calle en otras ciudades y pueblos que veo por la televisión! Ellos ya están haciendo estación de penitencia y mi reloj va muy lento.

            Empiezo a prepararme temprano, porque ya no aguanto más. Me visto con la túnica blanca y el fajín y capa rojos, con la medalla al cuello y los guantes blancos cogidos al fajín. Ya en la calle no puedo dejar de ver a las demás Hermandades que se unen a nosotros el Jueves Santo de nuestra Semana de Pasión: Jesús en el Calvario, Virgen de los Remedios, Cristo del Amor y Virgen de la Esperanza. Ellos me impregnan ya de incienso y azahar y me dan todavía más fuerza y ganas de las que ya tenía. Voy subiendo la cuesta hacia la Parroquia.

            Al entrar en la Iglesia, todo son capas rojas: viendo a nuestra Imagen, comprando cera, moviéndose de un lado a otro… Ya está cercana la hora, por fin va a llegar el momento que llevo esperando tanto tiempo.

            Llega el momento de la salida, un pellizco en el estómago y un nerviosismo propio de la responsabilidad de hacerlo bien se apodera de mí. Cada uno en su lugar, llevamos sobre los brazos el peso de la humildad. A las órdenes del capataz, enfilamos el trono, que hoy volverá a pasear su mensaje de cada año por las calles de nuestro pueblo, hacia la puerta de la Iglesia. Poco a poco avanzamos hacia la salida. Cuando el primer toque de corneta anuncia que va a salir el mayor de los humildes, un escalofrío me recorre el cuerpo, ya estamos en la calle.

            Durante el recorrido cada marcha lo hace más bello si cabe. Al pasar el trono, como una ola, la gente se santigua y pienso: “Ellos también lo sienten como yo, también ven en Él ese mensaje de humildad, paciencia, amor, solidaridad, perdón, ternura, tranquilidad…”. Ese santiguar continuo, esas miradas absortas en el rostro de Jesús, esos comentarios, tales como “Luego tenemos que verlo otra vez” o “¡Qué bonito está!”, te hacen sentir que el mensaje llega a cada uno de los paisanos de Aguilar. Todo el recorrido está lleno de encanto: Arrabal, Moralejo, Vicente Núñez, Llano de la Cruz, de las Coronadas…  Todo este encanto se siente con cada marcha, con el sonido de los pies de los costaleros arrastrando por el suelo, con el crujir, ese crujir tan característico de las maderas del trono, ese “Vamos p’arriba” de algún compañero cuando las fuerzas flaquean… Pero, de todo el recorrido, la calle Carrera, sobre todo, tiene un encanto especial. Allí, el amor hacia Jesús de la Humildad se expresa en el desgarro de una garganta que rompe el silencio en forma de saeta. Cuando ya pasamos esta calle y llegamos al Llano de las Coronadas pienso que ya queda poco, pero, precisamente por eso, vamos a hacerlo bonito, vamos a llevarlo como Él se merece. Al llegar arriba, de nuevo a las puertas de la Iglesia, el mismo toque de corneta que me alegró a las 9, ahora me entristece, aunque sé que todo ha transcurrido como debía.

            Nuestro Padre Jesús de la Humildad ha terminado su estación de penitencia. Cansados y tristes pero contentos al mismo tiempo, de nuevo a pulso, lo colocamos en su sitio. ¿Otro año he de esperar para volver a sacarte a la calle para que todo el mundo te contemple?

 

            Yo sé que tú también sentías algo muy parecido, si no igual, a lo que yo siento cuando lo veías. Yo sé que, desde el cielo, sigues estando con nosotros cada Jueves Santo, y todos los días del año. En nuestra penitencia siempre estará tu recuerdo. Lourdes, un abrazo de todos tus hermanos. Nunca te olvidaremos.

 

 

Cristóbal Jiménez Jiménez