La salida de Jesús Caído en la noche del Miércoles Santo concitó el interés de una ingente multitud de personas que, como cada año, llenaron a rebosar la recoleta placita del Carmen, anhelantes por contemplar bajo la portada del viejo templo carmelita a la cofradía que marca la línea divisoria entre lo moderno y lo antiguo en nuestra Semana Santa, la cofradía que antaño nombraban del “Cuello Sucio” por ser la primera en procesionar por las calles del pueblo,  seguida por  labriegos y jornaleros redimidos  de las faenas agrícolas del día.

Señera y añeja resulta  la imagen  que ofrece la cofradía nada más abandonar la plaza del Cristo de los Faroles y emprende su discurrir  por la calle Carrera  camino de las Coronadas. Como estampa antigua que se renova  cada año parece el transitar del Caido en su largo recorrido, imágenes de momentos culminantes y definitorios de la Semana Santa de Aguilar, que tienen su  cenit en la primeras horas de la madrugada cuando la portentosa  talla del meritorio escultor, valenciano de nacimiento y sevillano de adopción, Don Blas Molner, nos muestra en toda su crudeza la angustia del hombre Caido y  sobrepasado por el peso del dolor  y la cruz, enmarcado en el monumental escenario urbano de la Torre del Reloj y la iglesia de los Desamparados, camino del ochavado recinto de la Plaza de San José.      

Tras el Caído, la Virgen de la Paz, bajo el airoso  palio que la cobija,  va traspasada de lozanía rivalizando en clasicismo con la cofradía maestra que la guía. Todo es candor y blancura cuando Ella surge bajo la nube de blanco incienso que envuelve  el atrio de la iglesia. Todo es hermosura cuando la blanca paloma Carmelita  va derramando destellos de blancura por la estrechez de la calle Sillera. Todo es Luz cuando su luz acaricia  la  cal renacida que blanquea el viejo arco de la Plaza.  Y es en la Plaza, donde Ella, la más pura azucena rebosante de hermosura,  tiñe su mirada de iluminada blancura y enamora a todo aquel la mira.