La variable e inevitable climatología determinó la jornada principal  de la Semana Santa e hizo   aflorar las dos caras de los sentimientos cofrades: por un lado la alegría y el regocijo de las dos cofradías –Nazareno y Amargura-, que realizaron con toda brillantez sus desfiles procesionales, y por otro, la de los hermanos del Cristo de la Salud, Santo Entierro, y Soledad, a quienes el agua impidió realizar su estación penitencial.  

La fría y húmeda madruga no doblegó la voluntad ni mermó la expectación en  la masa de  personas que, al clarear el día, acudían ávidos de emociones a contemplar la salida de Jesús  Nazareno. Como rito que se renueva cada año, la Real cofradía recorrió con lento y solemne caminar las calles de Aguilar envuelta en una radiante luz que enaltecía aún más un cortejo procesional en el que todo va de sobrado.   

¿Dónde buscar las palabras que describan los sentimientos desbordados en los corazones de quienes habiendo nacido en Aguilar contemplan al Nazareno en una mañana de Viernes Santo?; nadie como Él concita mayor unanimidad en este pueblo. Solo cuando Él sale se desatan las pasiones. Su Poder remueve las conciencias y abre los corazones.

Todo es eternidad en la mañana preñada de primavera en la que la devoción heredada, que no aprendida, brota como el azahar en los viejos naranjos de la Cuesta. En la descalces de las pisadas penitentes se encadena cada año la fe de mi gente.  

Es inconcebible la mañana del Viernes Santo en Aguilar sin contemplar el universo de afectos  que desencadena la Amargura – ensimismada en su dolor-  durante su cadencioso caminar por las calles tras la estela devocional que deja Jesús. Nadie como el poeta ha cantado a la Virgen Nazarena.

En la avidez de un rostro.

Tas la levedad de un palio.

Con el corazón partido

 por una espada de raso.

Bajo el sol que abre delirios                                                  

en tu plaza, el Viernes Santo.

Como Reina de las Lágrimas

que llora entre cera y ramos

Como una Rosa Afligida

Desde la Cuesta hasta Llano

Frontera de mi Amargura

Camino del Soterraño.

El contrapunto al gozo cofrade de la mañana se vivió durante las primeras horas de la tarde cuando la cofradía decana del Barrio Bajo tuvo que asumir la realidad y volver sobre sus pasos hasta la iglesia de la calle San Cristóbal cuando ya había alcanzado su estandarte guía la cima de la Candelaria. Un fuerte aguacero lleno de resignación a los hermanos del Cristo de la Salud obligándolos a suspender su estación de penitencia.

Mientras tanto,  los salmos misereres estremecían las arcadas góticas del templo mayor de Aguilar al ser desenclavado de la cruz el Señor del Santo Sepulcro. El estruendo de la tormenta, no simulada, que ensordeció la tarde, hacía presagiar malos augurios para la procesión del Entierro y la Soledad que, finalmente, con acertada decisión, fue suspendida.