Querida Amanda:

 Ya hace casi treinta años que desapareció Manuel. El dolor permanece vivo, pero nosotras hemos cambiado. Tú ya no eres aquella joven que, con el pelo mojado por la lluvia, ibas a la puerta de la fábrica a esperarlo. Ahora eres una mujer madura tronchada por su muerte, por no saber siquiera donde reposa su cuerpo.

 Parece mentira Amanda, lo que apenas dura un instante acaba marcándote para siempre. Por aquellas fechas, habían pasado casi cuarenta años desde que tuve que dejar mi patria. Salí sola, con la pena del marido asesinado y arrojado a la fosa común de la ignominia. Desde entonces, no dejé de pensar ni un momento en él, en esa muerte tan absurda. Y ya ves, luego lo volví a vivir todo contigo, a tu lado: el golpe de estado de un dictador sanguinario, una cruenta represión, la siega de miles de vidas por la sinrazón de los que no conocían ni la paz, ni la piedad ni el perdón.

 Y hoy, Amanda, al final de mis días vuelve a brotar la esperanza. Por fin, podré recuperar los restos de mi compañero; por fin, la tierra me devolverá a quien fue sepultado con las manos aprisionadas por el frío alambre, con la boca desencajada por el dolor del disparo fatal y por la incredulidad al no comprender lo que le estaba pasando. Por fin, daré sepultura a unos restos que no yacían en paz.

 Y, sin embargo, Amanda, esta vez junto a la esperanza crece también el abatimiento. No entiendo por qué tantas personas en mi país han querido impedir esta causa. Estoy segura que ninguna de ellas hubiera puesto objeciones a que tú recuperaras el cuerpo de Manuel. Estoy convencida porque nadie levantó su voz cuando el juez Garzón quiso investigar los crímenes del genocida Pinochet. Por eso, me extraña su posición ahora. No comprendo por qué tratan de crucificar a Garzón o por qué no permiten que yo pueda enterrar a mi marido; no comprendo cómo piensan que con ello trato de reabrir viejas cicatrices. ¿Qué cicatrices son esas? Ninguna es tan profunda como la de recordar minuto a minuto que una noche unos asesinos, invocando el nombre de Dios y el de la Patria, se llevaron a mi compañero para no volver a verlo más, ninguna es tan profunda como convivir con las murmuraciones y el desprecio de tu pueblo, como dejar a tus seres queridos para vivir trasterrada el resto de tus días.

 Pero, a pesar de todo, Amanda, siempre me ha  quedado el orgullo del que se sabe en posesión de la razón. Venceremos porque, por fin, la tierra abrirá sus entrañas orgullosa de haber acogido a quienes dieron su vida por la libertad. Venceremos porque los ojos de las nuevas generaciones brillarán inundados por las lágrimas y sus corazones latirán sobrecogidos porque esta España es la que todos quisimos, por la que muchos de los nuestros dieron la vida.

 Por eso, Amanda, por fin, vuelve a brotar en mí la esperanza. Por eso, espero que pronto lo haga en ti y en todas aquellas familias a las que arrancaron violentamente un trozo de su pasado.

 Diego Igeño Luque

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