Como dice el refrán, bien está lo que bien acaba, y todo  acabó bien en una de las aventuras que no olvidaremos nunca los que tuvimos “la suerte” de vivirla. El título de esta crónica no es ningún eufemismo, sino que responde a la realidad más rigurosa de lo que sufrimos el grupo de veinte ciclistas que participamos en la ruta de Sierra Morena.

   Más de cuatro horas perdidos en medio de la nada, bajo un sol de justicia, sin agua ni alimentos, sin direcciones ni caminos, sin coberturas de móviles; solo un horizonte de  encinas y matorrales y encaramados cortafuegos por donde avanzar sin rumbo, se convirtió en un tenebroso escenario de supervivencia que llegó a  “acojonarnos” a todos, jóvenes y mayores.  

Peligro y riesgo en situación extrema que tuvimos que afrontar con la valentía que da el no tener más opciones (cojones). Sin orientación y sin conexión con el mundo y agotados físicamente, asumimos el trance de tener que adentrarnos en un cercado de “toros” amenazantes, porque era imposible volver sobre nuestros pasos.


Por suerte los animales nos miraron y acecharon pero no se arrancaron, aún así, a más de uno se le mojó el culoté y no era de sudor. Esta difícil decisión fue, al postre, la que nos salvó de una situación de mayor riesgo todavía, ya que el destino se puso de nuestra parte y el cortijo del cercado lo habitaba una persona que, además de suministrarnos el agua que nos devolvió la vida, nos guió por el camino correcto que nos llevó de nuevo a la civilización.   

Ahora, a toro pasado, nunca mejor dicho,  posiblemente nos alegremos de haber vivido una experiencia de supervivencia tan extrema, y la adrenalina quemada nos produzca satisfacción, e incluso no sonriamos al recordar esta aventura entre los que fuimos su protagonista, pero no debemos  olvidar jamás la lección aprendida: no adentrarse en la sierra sin un guía que conozca cada palmo de la misma.


Antonio Maestre Ballesteros         

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